CINE. “LOS DOS PAPAS” DE NETFLIX: NI RATZINGER ERA TAN MALO NI BERGOGLIO TAN BUENO

‘Los dos Papas’- La película estrenada en Netflix relata un encuentro ficticio en 2012 entre Benedicto XVI y el futuro Francisco en el que sobra brocha gorda

Por, Paula Corroto- El Confidencial

Dos cardenales se lavan las manos en el aseo. Uno de ellos silba un soniquete bastante conocido. “¿Qué himno es ese?”, le pregunta el otro. El cardenal le mira sorprendido: “Es ‘Dancing Queen’”. El otro enarca las cejas: “¿De quién es?” “¿Cómo de quién? ¡De ABBA!”, responde ya del todo asombrado el silbador. “ABBA…”, se marcha el cardenal musicalmente analfabeto rumiando la respuesta; mientras, el otro continúa con su “dancing queen, Young and sweet, Only seventeen” y una medio sonrisa burlona. Fin de la escena.

Este encuentro sucede en los primeros minutos de la película ‘La dos Papas’, dirigida por el brasileño Fernando Meiralles -director, entre otras, de ‘Ciudad de Dios’ y ‘El jardinero fiel’- y que se acaba de estrenar en Netflix. Los dos protagonistas son Jorge Bergoglio, interpretado por un Jonathan Pryce, que podría ser su hermano gemelo -de hecho hasta su hijo le preguntó si le habían nombrado Papa cuando fue elegido Bergoglio-, y Joseph Ratzinger, a quien pone cara y voz Anthony Hopkins. Los dos han acudido a Roma al cónclave para elegir al sucesor de Juan Pablo II en 2005. Adivinen quién es el fan de ABBA y quién ni siquiera los conoce.

La película, que narra el encuentro ficticio entre ambos próceres de la Iglesia desde ese 2005 hasta la dimisión de Benedicto XVI y el nombramiento de Francisco en 2013, busca trazar desde el principio un enfrentamiento dialéctico entre tendencias en la Iglesia católica. La rama más conservadora, representada por el cardenal alemán, y la más progresista, en manos del argentino. Sin embargo, también desde los inicios cae en el brochazo grueso. Bergoglio es amable, hablador, simpaticón, bebe mate y es futbolero, seguidor del San Lorenzo y la selección argentina. Ratzinger, por su parte, tiene el gesto rudo, sólo conoce música clásica alemana que toca al piano, no sabe hacer chistes y bebe… ¡Fanta naranja! Ambos están demasiado caricaturizados porque, como ya se ha contado en libros y crónicas, ni Bergoglio es el nuevo Iggy Pop de la Iglesia ni Ratzinger es el ‘pastor alemán’ ni ‘el ortodoxo guardián de la Fe’. Y los dos, al fin y al cabo, son eso: Papas de la muy apostólica Iglesia católica.

Cuando Ratzinger era el moderno

Desde que fue elegido como sucesor de San Pedro en 2005, Ratzinger, ya como Benedicto XVI, ha sido retratado como el representante del ala más dura, viejo amigo de Juan Pablo II -que tampoco fue precisamente un reformista- incluso cómplice de haber mirado para otro lado ante las denuncias de abusos sexuales a menores dentro de la Iglesia y hasta directamente ‘nazi’. Pero se puede rascar algo más en su trayectoria y no quedarse en este cliché abrumadoramente facilón.

El filme traza un enfrentamiento dialéctico entre las tendencias conservadoras

Es cierto que con 14 años perteneció a las Juventudes Hitlerianas -te inscribían desde el colegio- que fue llamado a filas en la II Guerra Mundial; pero también que desertó, que después empezó a estudiar Filosofía y Teología y era seguidor del neokantismo. Y que como alumno y profesor estaba considerado como una persona de ideas progresistas. De hecho, en el Concilio Vaticano II, celebrado entre 1962 y 1965, estaba en el lado de los reformistas, de aquellos que querían abrir más la Iglesia y establecer un diálogo interreligioso. En 1968 publicó el libro ‘Introducción al Cristianismo’ en el que señalaba que el Papa debía de oír diferentes voces dentro de la Iglesia antes de tomar decisiones. Cierto, no estaba lanzando adoquines en París, pero eso era también un buen adoquinazo dentro de la Iglesia de entonces. Y no hay que olvidar que en aquella época, Ratzinger era un treintañero que, aunque en la película se le trata como analfabeto de la cultura pop que tampoco conoce la canción ‘Eleanor Rigby’, parece imposible que no conociera a Los Beatles.

Anthony Hopkins como Ratzinger y Jonathan Pryce como Bergoglio

Los setenta ya sí revelan otro personaje. Un hombre que va escalando puestos en la Iglesia, nombrado arzobispo de Munich en 1977 y poco después cardenal, muy crítico con la Teoría de la Liberación de América Latina, y que se hace amigo del polaco Karol Wojtyila. Efectivamente, ninguno de los dos eran los Andy Warhol de la Iglesia: contrarios al matrimonio homosexual, al aborto, a los anticonceptivos y ni hablar del sacerdocio de las mujeres. Pero… ¿algún cardenal ha hablado abiertamente de esto y se ha postulado en público a favor de todas estas cuestiones? Ninguno, ni siquiera el propio Bergoglio.

En el filme Benedicto XVI confiesa a Bergoglio que su renuncia como Papa se debe en parte a haber callado ante las denuncias de pedofilia en los Legionarios de Cristo del mexicano Marcial Maciel. La realidad, como han contado periodistas que conocen bien la información del Vaticano es que, si bien tanto Benedicto XVI, pero sobre todo Juan Pablo II, protegieron en los ochenta y noventa a Maciel, cuando Ratzinger fue nombrado Papa fue el primero en abrir la espita de los abusos sexuales dentro de la Iglesia, inició una investigación de los Legionarios de Cristo y conminó a Maciel a una vida de penitencia y oración. Sus críticos señalan que podría haber cancelado esta Orden religiosa y haber sido mucho más duro con Maciel, que murió en 2008 sin siquiera haber pedido perdón, pero su postura fue mucho menos laxa que la de su amigo Wojtila. El filme pasa más de soslayo por problemas que sí atenazaban a Ratzinger en sus últimos años de papado: la corrupción dentro de la Iglesia y los papeles secretos que filtró su mayordomo Paolo Gabriele y que le llevaron a la cárcel.

Bergoglio y su oscuro pasado

Reformista, progresista, supuestamente a favor de las relaciones civiles entre homosexuales… Jorge Bergoglio fue elegido Papa en marzo de 2013 siendo recibido como la gran esperanza blanca de los cardenales más abiertos dentro de la Iglesia. Ya había sido un duro contendiente de Ratzinger en el cónclave de 2005, pero ahí se impuso la rama conservadora. El filme compra esta tesis y presenta a un hombre campechano, que si lleva el nombre de Francisco es por su cercanía con los más pobres y marginados destacando su lucha por la justicia social.

No obstante, aquí también se puede rascar más allá del estereotipo, puesto que desde que fue nombrado Papa tampoco Bergoglio ha emprendido unas reformas verdaderamente profundas dentro de la Iglesia. Cierto que ha puesto en marcha una comisión especial para la protección de los menores víctimas de abusos sexuales y para la lucha contra los curas pedófilos; incluso ha eliminado el secreto pontificio para los casos de pederastia, lo cual es un gran avance; también ha puesto en marcha otras tres comisiones para los asuntos económicos; y ha creado una Secretaría de Economía para coordinar las finanzas y controlar las ayudas destinadas a trabajar con los más pobres.

Pero al mismo tiempo: se ha postulado en contra del aborto y de la eutanasia; ha rechazado el uso de anticonceptivos; está a favor del celibato y tampoco está de acuerdo en que las parejas homosexuales puedan adoptar niños. Un progresismo un tanto acartonado.

Las mujeres ni aparecen

¿Y sobre las mujeres? Bergoglio no se ha movido ni un ápice de la postura de la Iglesia católica desde que fundada hace 2000 años. Las mujeres no pueden ejercer el sacerdocio y su papel prácticamente está conminado al de meras ayudantes. En la película se puede ver: las pocas monjas que aparecen son las criadas tanto de Ratzinger como de Bergoglio. Y ninguno de los dos se queja.

Donde sí dispara el filme es al pasado de Bergoglio durante la dictadura argentina, un episodio del que no se ha hablado demasiado y sobre el que hay fuentes contradictorias. El director Meirelles ha escogido para su relato la más dura, aquella que de alguna manera implica al actual Papa con prácticas un tanto turbias.

Según se relata, cuando era el superior de los jesuitas en toda Argentina, época que coincidió con la dictadura, tuvo varios contactos con Emilio Massera, de la junta militar de Videla, y dejó a su suerte a algunos sacerdotes de la Compañía de Jesús que eran contrarios a la dictadura. Curas compañeros como Orlando Yorio y Francisco Jalics fueron detenidos y torturados. En la película se incide en que Bergoglio sí puso a salvo a otras personas que estaban siendo perseguidas y vigiladas, pero deja caer que en 1990, cuando fue trasladado a la provincia de Córdoba, fue una especie de exilio al que le sometió el nuevo gobierno democrático por haber adquirido posiciones de extrema derecha.

En definitiva, ‘Los dos Papas’ vadea demasiado por el terreno de los estereotipos. Ahora bien, como pura ficción, esta especie de ying y yang funciona, ya que al final consigue mostrar que Ratzinger también tiene su corazoncito y su sentido del humor-¡hasta se anima a bailar un tango!- y Bergoglio esconde algo más detrás de esa sonrisa seductora y su bufanda de hincha argentino. Y tiene otro punto a favor: ver el mano a mano entre Jonathan Pryce y Anthony Hopkins es una gozada cinematográfica.

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