CÓMO ESPAÑA CONQUISTÓ EL OESTE (AMERICANO)

‘Washington cruzando el Delaware’ de Emmanuel Leutze (1851). (Metropolitan Museum of Art). Durante la Guerra de la Independencia, España llegó a tener más de 20.000 efectivos en el flanco sur de los actuales EE.UU luchando contra Inglaterra y apoyando a Washington

Por, Álvaro Van den Brule

“Si no hay bronce ni piedra, ni océano ni tierra, cuyo poder supere la triste mortandad / ¿Cómo con esta furia, luchará la belleza, cuyo obrar no es más fuerte, que el hacer de una flor?”

William Shakespeare (Soneto 65)

Ya en el siglo XVIII la incipiente teoría económica decía que la ley de la oferta y la demanda, sobre la que se sustenta la economía de mercado, tiene un principio básico tal que es que, si un bien escasea y hay mucha demanda, los precios suben. Pero claro, ese bien puede tener muchos nombres y el precio puede ser pagado en ríos de sangre. Los actuales EEUU eran un inmenso territorio poblado por infinitas tribus amerindias caso todas panteístas o animistas o ambas cosas a la vez. No intuían ni remotamente la que se les venía encima.

¿Pero qué pasa si la teta es muy grande? Pues que se forman unas colas tremendas. Eso y no otra cosa, fue lo que pasó con el continente americano tras el descubrimiento por Colón del mismo.

Bernardo de Gálvez fulminó con su espada flamígera a los británicos que en el momento álgido de la guerra tenían del orden de cien bajas diarias

Hay que rendir memoria a gentes de un valor inusual como Cabeza de Vaca, que exploró la costa sur de Norteamérica desde Florida hasta California, Juan de Oñate, otro ilustre vasco que se hizo con Nuevo México y Texas sin confrontaciones destacables y con mucha mano izquierda, Pedro de Alvarado, el conquistador de casi toda América central, y un innumerable etcétera como el enorme Pizarro o Cortés. Etcétera realmente mareante y que daría para un artículo exclusivo sobre este tema. Después del Tratado de Paris en 1763 tras la Guerra de los Siete años el apogeo del imperio español era un mosaico de arterias comerciales incontestables. Pero el territorio a controlar era tan inmenso, tan colosal que por momentos se conjugaban el esplendor y la decadencia a la par.

Durante la Guerra de la Independencia Americana, España llegó a tener más de 20.000 efectivos en el flanco sur de los actuales EEUU luchando contra Inglaterra y apoyando al general George Washington. Bernardo de Gálvez fulminó con su espada flamígera a los británicos que en el momento álgido de la guerra tenían del orden de cien bajas diarias de media, que se dice pronto. Gálvez en la famosa batalla de Pensacola les aplicaría una durísima y severa derrota que los dejaría cavilando para los restos.

Durante la conquista del oeste norteamericano, con su particular épica cinematográfica, se produjo uno de los mayores genocidios que ha conocido la humanidad a manos de los, primero, británicos, luego de sus hijos, nietos y biznietos desembarcados en la costa este, expulsados previamente de Inglaterra por marginales, y que no eran precisamente unos angelitos ni les redimía tanto rezar hipócritas plegarias, pues las atrocidades cometidas sobre la población indígena se convirtieron primero en las secuelas propias de una guerra de invasión con todo su manto de horror y después, en un genocidio en toda regla y legalizado. No hay que olvidar aquella lapidaria frase que dice que el estado es el que ejerce el monopolio de la violencia legítima (Max Weber).

Cínico cambio de cromos

Aunque hoy los historiadores norteamericanos en su ansia de dotar a la nación de más lustre secular y por ende, de una antigüedad metida –desde mi particular punto de vista– con calzador, remontan su nacimiento como nación, no a la articulación administrativa y política de las trece colonias por George Washington, sino antes, al año 1600, un año por cierto bastante críptico pues no se sabe la razón de esta elección ya que los primeros peregrinos que huían de la represión religiosa en la isla europea llegaron hacia 1620 en el Mayflower a lo que hoy es el estado de Massachusetts. La reactivación del Acta de Supremacía (la primera fue idea del orondo Enrique VIII) por Isabel I hizo que los cuáqueros, baptistas, calvinistas y luteranos salieran a toda pastilla de esta isla que está entre Pinto y Valdemoro.

Entre los siglos XVI y XIX, la Corona Española abarcaba prácticamente las tres cuartas partes del territorio ocupado hoy por Norteamérica

Dicho esto, cuando tras el motín del Té en Boston en 1773 y hasta el moño de la punitiva y sangrante fiscalidad inglesa, se echaron al monte las primeras milicias de rebeldes, los españoles ya llevábamos más de 250 años por aquellos pagos con una relación más que correcta con todos los pueblos indios, salvo con los comanches que eran muy dados a tocarnos las partes pudendas.

Norteamérica siempre ha sido un pueblo de mala memoria y muy dado a olvidarse de los buenos amigos dejándolos en la estacada. Solo tienen intereses, y así les va. Son temidos, pero para ellos es el argumento suficiente. En un histórico giro copernicano de la política geoestratégica, resulta que quienes les ayudaron en el crítico momento de su independencia (España y Francia), en ese cambio de cromos tan cínico al que la historia juega a veces, hoy los británicos son colegas de toda la vida.

Entre los siglos XVI y XIX, la Corona Española abarcaba prácticamente las tres cuartas partes del territorio ocupado hoy por Norteamérica. Desde Oregón y el actual estado de Washington (tocante con Canadá) a Florida, y desde California hasta Alaska (cerca de media docena de factorías pesqueras) además de grandes extensiones de la Columbia Británica (al oeste de Canadá y entre Alaska y el estado de Washington), el Virreinato de España llegaba hasta la actual Costa Rica, pues el área de la actual Panamá (que formaba parte del Virreinato de Nueva Granada) seria enajenada a Colombia a través de una guerra impuesta por los EEUU para patrimonializar los futuros beneficios del Canal de Panamá, en ese momento en quiebra por el colapso financiero y la enorme mortalidad de la ciclópea empresa liderada por Ferdinand de Lesseps, autor a su vez del famoso Canal de Suez.

En 1565, Pedro Menéndez de Avilés fundo la ciudad más antigua de los EEUU, San Agustín de la Florida (foto encima de este párrafo), aunque Ponce de León ya había ramoneado por aquellos lares años antes. Cuarenta y dos años después se fundó Jamestown y cincuenta y cinco más tarde, Plymouth por los peregrinos del Mayflower. Vamos, que cuando el resto de europeos buscaban una porción de gloria, nosotros estábamos tomando el postre. España ocupaba la friolera de veinte millones de kilómetros cuadrados en el conjunto de sus dominios, esto es, cuarenta veces más de lo que hoy es nuestro hábitat geográfico.

En fin, que cada uno saque sus propias conclusiones y deduzca si acaso, que en la actualidad el talento es un bien exótico en este país; como sigamos con estas escaramuzas de parvulario, igual cualquier día tenemos que volver a la casilla de salida. Debemos de pensar si en la semilla de la memoria, la de aquellos hombres y mujeres que fuimos antaño, el mensaje que dejaron para las generaciones futuras, se marchitará o florecerá.

Un esfuerzo mínimo de coste cero podría ser el de acostumbrarnos a sentir colectivamente España sin despertar a los demonios automáticos y abisales de nuestra intensa historia y no usar su nombre como un moquero; menos pulseritas y banderitas y más compromiso, pues la generosidad es una forma de poder que se retroalimenta cuando es solidaria y participada. Podemos fijarnos en otros países que han sabido perpetuarse frente a las adversidades, por eso el hecho de usar munición ajena puede ser instructivo, otras referencias nos pueden mostrar el camino.

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