HABLEMOS DE LUCHA DE CLASES-3-A

Por Adriano Erriguel– El Manifiesto

La tercera edad del capitalismo

Según el informe anual sobre la desigualdad en el mundo publicado por una conocida ONG, 62 personas poseían en 2016 la misma riqueza que la mitad del planeta. El mismo informe reducía en 2017 ese grupo a ocho personas. ¿Tremendismo? ¿Demagogia?

El capitalismo es el sistema que más ha hecho por acelerar la expansión de las fuerzas productivas a nivel global, y eso ha conducido a resultados ambivalentes. Por un lado, es evidente que ha contribuido a paliar las situaciones de pobreza extrema en amplias partes del mundo, así como a asegurar mejoras espectaculares en las condiciones materiales de la existencia. Los beneficios que el capitalismo ha aportado a la humanidad son, en este sentido, indiscutibles. Por otro lado, al regirse por un principio de acumulación ilimitada, el capitalismo ha situado al mundo ante un escenario de degradación ecológica y natural sin precedentes. Pero es en materia de desigualdades donde el capitalismo se encuentra hoy cada vez más cuestionado. La brutalidad de los datos presentados por la ONG refleja una realidad contrastada: las desigualdades no sólo se multiplican, sino que el capital tiende a concentrarse en una elite cada vez más reducida. Son datos que se pueden asumir sin caer por ello en enfoques conspiranoicos.

La financiarización de la economía es el multiplicador de la desigualdad, y la economía numérica es el acelerador de este proceso. Sometido a los intereses del accionariado, el capitalismo se organiza hoy como una gigantesca sociedad anónima. Es lo que los sociólogos franceses Boltanski y Chapiello llamaban “la tercera edad del capitalismo”: la del predominio de los mercados y las elites financieras. Si por algo se caracterizan esas élites es por su carácter transnacional y por la acumulación inédita de capital e influencia política que ha desplazado a las viejas burguesías nacionales. Los Estados, por su parte, tienden a reducirse a zonas de contención de población, mientras el verdadero poder reside en quienes controlan el capital global. El “mundo sin fronteras” de John Lennon es un sueño elitista al alcance de unos pocos.[1]

La avería del ascensor social y la polarización entre ricos y pobres son datos evidentes para casi todo el mundo, excepto para los bonzos de Hayek, Von Mises y Thatcher, que con sus econometrías de encargo y su ideología en ecuaciones no cesan de recitar el curso acelerado de neoliberalismo para tontos: “dejemos que los individuos se ocupen de sus propios intereses, que de los intereses generales ya se ocupará el Mercado”. Un axioma que pasa por ser “de derechas”, y eso es algo que a nosotros nos parece injusto, porque pensamos que es la izquierda la que, de facto, lo aplica con mayor celo sectario. Porque la izquierda –nos referimos a la izquierda posmoderna, liberasta y foucaultiana– ha entendido perfectamente que la expansión del mercado a todos los órdenes de la vida es lo que mejor favorece la emancipación y la autonomía individuales, más allá del Estado y su poder disciplinario.

¿Qué pretendemos al decir todo esto? Simplemente señalar que, en la presente lucha de clases, las clases subalternas deben identificar de qué lado caen sus intereses. Y hoy por hoy, éstos no caen precisamente del lado de la izquierda, ni mucho menos del lado de eso que se ha venido en llamar “marxismo cultural”, con sus minorías empoderadas, sus revoluciones arcoíris y sus “multitudes” empujadas por “flujos de deseos” más o menos irresistibles.

Extrema izquierda y lucha clases

El auge de los populismos de izquierda, las formas intolerantes de la corrección política y la proliferación del activismo radical –con la violencia “antifa” en primera línea– hacen que algunos crean asistir a un retorno del comunismo. Desde estas líneas queremos (modestamente) tranquilizarles: ni estamos en el umbral de una revolución bolchevique, ni el comunismo ha resucitado con cuernos, rabo y culo de escamas. No al menos en Europa. Lo cual no quiere decir que no haya muchos y sinceros comunistas que estarían dispuestos a retomar las faenas del siglo pasado, si les dejaran. Al fin y al cabo, en esta vida cada uno se ilusiona como puede, y uno se puede sentir revolucionario comunista, hoplita espartano, jefe Sioux o druida del bosque de los Carnutos, pero lo más probable es que la cosa concluya no con la revolución, sino con un selfi. No estamos ante una espiral de agitación comunista, sino ante una sociedad cada vez más fracturada, escindida, atomizada, una sociedad a varias velocidades que corre en paralelo a procesos de concentración oligárquicos. Si la cosa al final derrapa, no lo hará probablemente del lado de una revolución socialista, sino más bien hacia un caótico y turbocapitalista proceso de descivilización, un escenario más cercano a “Mad Max” que al Gulag de Stalin (y no estamos seguros cuál de las dos opciones es peor).[2]

Claro que para ver todo esto es necesario ir más allá de la espuma de los días, intentar comprender la lógica de los acontecimientos y descifrar la dinámica a la que sirven. Por lo que se refiere a la izquierda –y aun a la extrema izquierda– esas lógicas y dinámicas son, a nuestro juicio, más conservadoras que revolucionarias.     

Veamos un botón de muestra (tomado de la extrema izquierda). En la web de la organización Torch Antifa Network (una de las principales coordinadoras “antifa” de Estados Unidos) se pueden leer los siguientes objetivos: combatir el sexismo, la homofobia, la transfobia, la islamofobia, las ideas antiinmigracionistas, el nativismo, el antisemitismo, el antiabortismo, la discriminación contra los incapacitados, jóvenes, viejos y contra todos los grupos oprimidos en general. Es decir, los mismos objetivos de la UNESCO, de las Agencias especializadas de Naciones Unidas, de la Comisión Europea de Bruselas, de los gobiernos e instituciones públicas y privadas occidentales, de las ONGs y sus financieros filántropos, de los grandes bancos, de las multinacionales y en no pocos puntos también de las iglesias cristianas, incluida la Iglesia Católica. Un programa más próximo a Paolo Coelho que a Lenin. A no ser, claro está, que debajo de tan nobles banderas los antifas escondan algo más. Por ejemplo, sus servicios como soplones y como fuerzas de intimidación parapolicial contra “populistas” y otros elementos potencialmente incómodos. El antifascismo en ausencia de fascismo permite así que cualquier analfabeto o imbécil se sienta empoderado para decidir quién tiene o no derecho al espacio público. La “alerta antifascista” –decía Constanzo Preve–   se ha convertido en una alcantarilla que se asemeja al cuento de “que viene el lobo”, y por eso será inútil cuando un lobo de verdad tenga a bien aparecer.[3] Su única función real, hoy por hoy, es la de ser una fuerza al servicio del Sistema.

Que la agitación violenta de la extrema izquierda no tiene nada que ver con la auténtica lucha de clases, eso es algo que han comprendido instintivamente los jóvenes de alta burguesía que juegan al lumpen en las filas “antifa”.  Pero ya se sabe que el flirteo con el lumpen forma parte del Bildungsroman de los jóvenes de alta burguesía y eso siempre ha sido así (aunque hoy en forma de activismo bobó con pasamontañas, pañuelos palestinos y zapatillas de marca).  

¿Dónde se manifiesta entonces la lucha de clases? La izquierda posmoderna tiene una respuesta: codo con codo, hombro con hombro con las reivindicaciones de feministas, transexuales, migrantes, animalistas, antiespecistas, ecologistas, vegan@s, senderistas, macrobiótic@s y virtuos@s del timbal. Es la conocida “cadena de equivalencias”, la clave de bóveda del edificio teórico de Ernesto Laclau, padre intelectual del populismo de izquierdas y personaje con méritos propios para tener su nicho en el panteón de enterradores del marxismo, a la sombra de Milton Friedman, Karl Popper, Ronald Reagan y otros gurús de la “sociedad abierta”. Que semejante esquema teórico sea hoy moneda corriente entre los sucesores de los partidos comunistas de antaño, es la prueba más evidente de que el progresismo es la enfermedad terminal del izquierdismo.[4] Pero los izquierdistas actuales consideran que con las minorías han encontrado un sustituto cool para el viejo proletariado, que era demasiado racista, machista y heteronormativo. O peor todavía, consideran que si a las demandas de los trabajadores les vamos añadiendo indignaciones sectoriales de todo tipo –como quien al cocinar va añadiendo sal, pimienta, mostaza y todo tipo de especias de forma compulsiva– componen con ello el perfecto menú progresista, sin darse cuenta de que lo que están haciendo es arruinar el guiso.

Feminismo y lucha de clases

Con su apuesta por las políticas de género y los sagrados derechos de las minorías, la izquierda no sólo no ha reforzado a la clase trabajadora, sino que ha contribuido a desagregarla. Centrándose en el caso del feminismo, Constanzo Preve lo explica perfectamente en un texto de título provocador: El feminismo es orgánico al capitalismo. El filósofo italiano pone el dedo en la llaga al escribir lo siguiente: “el feminismo nos trae una reacción furiosa contra todo el universo social y comunitario (necesariamente compuesto por hombres y mujeres). Como ocurre con todos los mitos de origen de tipo diferencialista, el feminismo presenta una naturaleza extremadamente individualista”.[5]

Acabáramos: al igual que el resto de las ingenierías sociales posmodernas, el nuevo feminismo lo que hace es atacar la dimensión propiamente comunitaria del ser humano, para sustituirla por la antropología individualista del liberalismo. Porque es precisamente en esa dicotomía entre individualismo-comunitarismo donde se sitúa la pugna entre la lógica capitalista y las resistencias a la misma. Algo que los sedicentes “comunistas” de hoy en día son incapaces de ver.

Sin embargo, el feminismo es orgánico al capitalismo y el enfoque “marxiano” nos ayuda a entenderlo. Si la mercantilización absoluta de la existencia es la verdad última del capitalismo, entonces es preciso quebrar toda resistencia “comunitaria” a la misma. Pero ocurre que las mujeres han sido, históricamente, las principales correas de transmisión del sentimiento comunitario. “El sexo femenino –escribe Preve–, aunque oprimido y discriminado de varias maneras, a menudo ha desempeñado el papel de custodio simbólico de la comunidad contra las derivas individualistas. Esto no puede reducirse a la explicación de que los hombres ‘obligarían’ a las mujeres a cuidar de las cosas de la comunidad, (…) sino a que el ejercicio del papel de la comunidad por parte de las mujeres ha sido el resultado de una sabiduría autónoma de la especie, que el historicismo no puede entender y no entenderá nunca”. De esta forma la consecución de la igualdad legal y simbólica entre ambos sexos había podido coexistir, durante los últimos dos siglos, con unos contextos comunitarios en los que las mujeres seguían jugando un papel destacado.

¿Y por qué se produce ahora –justo cuando la necesaria emancipación femenina parecía culminada– la irrupción agresiva del “feminismo de cuarta generación”? “La lucha contra el “heteropatriarcado” –continúa Preve–  tiene toda la lógica desde el momento en que éste es completamente incompatible con una dominación integral de la Forma-mercancía, que no toleraría los tabúes que habían surgido en una época anterior”.[6] Entre otras razones, porque el modelo autoritario de familia burguesa y patriarcal choca con la estructura del mercado juvenil, donde los hijos deben ser soberanos para la adquisición de productos y “marcas”, y los padres deben ser “desposeídos de todo residuo de soberanía ética” para ser reducidos al papel de cajero-pagador.[7] La crisis de ese modelo familiar –y la irrupción concurrente del neofeminismo americano–  encuentra su explicación en el contexto de esta “tercera fase del capitalismo”, en la que el modelo andrógino de la posmodernidad sustituye al modelo fálico del paterfamilias.[8] Liquidación de la familia tradicional y victoria total de la mercancía.

Mienten por tanto (o no se enteran de nada) quienes ubican el feminismo en el grupo de los “movimientos anticapitalistas”. El feminismo actual y la lucha de clases son fenómenos opuestos. Y ello es así porque la vieja lucha de clases se nutría también de toda esa dimensión comunitaria que la izquierda ha contribuido a arruinar: familias estables, colaboración entre mujeres y hombres, solidaridad entre padres e hijos. La combatividad de los trabajadores y trabajadoras se resiente de la erosión de esa dimensión comunitaria. No es extraño por tanto que el capitalismo intente sustituir la lucha de clases por la guerra de sexos, porque si la primera le preocupa mucho la segunda no le preocupa nada.

(Continuará)

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