HABLEMOS DE LUCHA DE CLASES-3-B

Por Adriano Erriguel– El Manifiesto

¿Marxismo cultural?

Impugnación de la familia, impugnación del amor “romántico”, impugnación del instinto maternal… asistimos a una obsesión macabra por destruir todas las relaciones verdaderamente humanas. ¿Es esto una forma de “marxismo cultural”? No lo creemos. La ingeniería social posmoderna no tiene nada que ver con el “marxismo” ni mucho menos con la obra de Marx. La etiqueta de “marxismo cultural” surge como reflejo pavloviano de cierta derecha acostumbrada a designar como “marxista” o “comunista” todo lo que no le gusta.[9] Pero todo ese nihilismo terminal tiene mucho más que ver con Foucault que con Marx. La French Theory, la deconstrucción, la corrección política y demás sífilis mentales de los campus americanos no son “marxismo”, sino neoliberalismo cultural. La primera condición para actuar sobre la realidad es la de llamar a las cosas por su nombre.

Sin embargo, se insiste en vincular a Marx con fenómenos que ni por asomo habrían sido tolerados en ningún país oficialmente “marxista”. ¿Por qué persiste este equívoco?

Sin duda la propia obra de Marx se presta a la confusión, desde el momento en que se presenta como un proyecto universal para la “emancipación” humana. En esa vena utópica han parasitado todas las corrientes de extrema izquierda occidentales –trotskistas, anarquistas, libertarios– para orientarla en un sentido cada vez más individualista. Con un resultado final: la promoción del hedonismo de la sociedad de consumo y la apología de la agenda neoliberal. No tiene nada de extraño que la amalgama emancipación-globalización-movilidad de las personas sea hoy uno de los fetiches del discurso político de Enmanuel Macron.[10]

Otro factor concurrente en este equívoco ha sido la Escuela de Frankfurt, cuyos pensadores principales –originariamente marxistas– realizaron una lectura “humanista” de Marx que tendría gran incidencia en el nacimiento del liberalismo libertario durante los años 1960.

Finalmente, un elemento no desdeñable es la persistencia del “comunismo de salón”, esa mezcla de falsa conciencia e hipocresía progre tan habitual en el circo mediático y sus cortesanos-payasos (aquí entrarían la “izquierda divagante” y la “izquierda extravagante” de las que hablaba Gustavo Bueno).[11]

Pero por mucho que se empeñen los comunistas de salón, nada tienen que ver el neofeminismo, el antirracismo, el multiculturalismo, el antiespecismo, la agitación LGTBIQ y los “Social Justice Warriors” (SJW) con Karl Marx, y sí tienen mucho que ver con los centros simbólicos y financieros de Wall Street, Hollywood y Silicon Valley. Al contrario, es precisamente la obra de Marx (o, mejor dicho, los elementos tradicionalistas y comunitaristas que se encuentran en la obra de Marx) la que –como señala Carlos Javier Blanco– “podría haber servido de muro de contención y resistencia (Katehon)” frente a ese “neoliberalismo incontrolable” y ese “individualismo feroz y laminador”[12]

El llamado “marxismo cultural” es, junto a la precariedad laboral, la destrucción de la familia y la multiculturalidad impuesta, un vector concurrente en un mismo proceso de fragilización de las clases subalternas. El resultado final es la sustitución de la clase trabajadora organizada por un conglomerado pintoresco que no es más que “la manifestación del colapso cultural de una época” (Constanzo Preve).[13]

¿Marx tradicionalista?

¿Un Marx tradicionalista? Presentar a estas alturas a Marx como un filósofo “reaccionario” sería tan ridículo como imposible. No se trata de “apropiarse” de Marx ni de hacerle decir lo que nunca dijo. De lo que se trata más bien es de admitir que, si lo que caracteriza a un clásico es su capacidad para inspirar múltiples lecturas, eso debe aplicarse también a Marx, y para eso habrá que despojarlo antes de la cáscara podrida del “marxismo”.

Tampoco se trata de descubrir al “verdadero Marx”; porque no está nada claro que exista un “verdadero Marx”, sobre todo teniendo en cuenta que dejó una obra inacabada. Pero, sepultados en la historia los regímenes del “socialismo real”, se hace urgente reivindicar ese enfoque “marxiano” que incrusta la comprensión de los fenómenos sociales y culturales en una indagación rigurosa sobre el desarrollo de las fuerzas productivas y las condiciones materiales de la existencia. Esta capacidad de amarrar el análisis abstracto a las realidades más groseras y prosaicas es, sin duda, lo más fascinante de su obra, y es lo que la convierte en un referente insoslayable para todo aquél que intente seriamente aclarar su propia visión del mundo.[14]

¿Significa todo esto abonarse a una visión filosófica “materialista”? Para empezar, el autor de El Capital no es más materialista de lo que ya lo son el capitalismo y sus profetas neoliberales. Pero además esta etiqueta de “materialismo” es injusta, porque no tiene en cuenta que la obra de Marx se presenta precisamente como una “crítica de la economía política”, y lo hace así porque lo que pretende es liberar al hombre de la hegemonía de lo económico; o dicho en términos marxianos, liberarlo del “fetichismo de la mercancía”. Por eso podemos afirmar –siguiendo a Constanzo Preve– que Marx es un filósofo idealista clásico, un “continuador egregio de la tradición aristotélica-hegeliana, que acomoda su defensa de la comunidad ante las pretensiones disgregadoras, individualistas, anticivilizatorias del capitalismo en estado creciente de industrialización”.[15] Es en ese sentido que podemos considerarlo también como un pensador tradicionalista, en cuanto conecta con la tradición comunitaria de la filosofía europea que se opone a la novedad del individualismo moderno atomizado (Hobbes, Locke, Hume, Adam Smith et alii).[16]

Un Marx idealista, comunitarista, tradicionalista… Éste es “nuestro” Marx. ¿Qué dirán de ello los “marxistas” de estricta observancia?

No podemos ocuparnos aquí del “marxismo”, ni siquiera de la forma más comprimida posible. No podemos ocuparnos en unas líneas de este corpus construido tras la muerte de Marx por Engels, Kautsky, Plejanov, Lenin y otros. No podemos detenernos en su visión economicista de la sociedad, en su visión determinista de la historia, en su concepción mecanicista de la dialéctica, en el materialismo histórico, en el materialismo dialéctico, en el positivismo, en el cientifismo, en el papel salvífico del “proletariado”, en el comunismo como fase final de la historia y en los demás dogmas de cartón piedra. No podemos ocuparnos de esa pseudorreligión con “final feliz” mesiánico asegurado (y con catástrofe social, económica y política también asegurada). Bástenos con concluir afirmando, –junto a Constanzo Preve– que el pensamiento de Karl Marx no forma parte del “marxismo” y que la gran mayoría de los que se creen marxistas son en realidad “engelsianos”.[17]

Dicho todo lo anterior, frente a los penosos intentos del sistema por presentarnos un Marx pasteurizado –un Marx adelantado de la globalización o un proto-hipster moralista precursor de “Occupy Wall Street”–, a los marxistas “vieja escuela” los encontramos más simpáticos.[18]

Contornos de la lucha de clases

“La lucha de clases es un mito del pasado”, eso afirman las narrativas oficiales. “Lo que toca hoy es hablar de las luchas feministas, postcoloniales, ecologistas, LGTBIQ”, eso es lo que afirma la izquierda posmoderna. Hablemos de la “sociedad civil”, hablemos de los “ciudadanos”, hablemos de la “gente”. No hablemos de “los trabajadores”, no hablemos del “pueblo” (hablar del pueblo es populista, fascista…).

Pero la lucha de clases existe y en eso Marx tenía razón. Son los dominadores los que la están ganando, mientras los dominados pierden el tiempo en contradicciones artificiales u obsoletas. La lucha de clases existe y no hay más que seguir sus metamorfosis. ¿Dónde podemos encontrarla?

La lucha de clases se encuentra hoy en las mil y una prerrogativas que los de arriba organizan en perjuicio de los de abajo. Hay lucha de clases en la precarización del trabajo, en las burbujas especulativas, en las deslocalizaciones, en las fortunas que crecen más rápido que la economía general, en la evasión de impuestos, en las desigualdades que no permean en el bienestar general, en la secesión de los ricos respecto a sus países de procedencia. Hay lucha de clases en los desahucios por los fondos buitre, en la privatización de beneficios y en la socialización de pérdidas, en la gentrificación de las ciudades, en la flexiseguridad y en las “reformas”. Pero no sólo ahí se encuentra la lucha de clases. También se encuentra en otros aspectos.

Cuando las patronales importan mano de obra barata de otros países, ahí hay lucha de clases.

Cuando se impone el multiculturalismo a las clases populares autóctonas, ahí hay lucha de clases.

Cuando las ayudas a los foráneos se hacen en detrimento de los autóctonos (que son siempre los más humildes) ahí hay lucha de clases.

Cuando los financieros internacionales apoyan a la migración ilegal (y las ONGs hacen un negocio de ello), ahí hay lucha de clases.

Cuando una casta burocrática impone un Pacto Global de Migraciones sin consultar ni a los parlamentos ni a los pueblos, ahí hay lucha de clases.

Cuando las elites que predican la “diversidad” viven en barrios segregados y con seguridad privatizada, ahí hay lucha de clases.

Cuando se permite la proliferación del lumpen, la delincuencia y las okupaciones en los barrios populares, ahí hay lucha de clases.

Cuando se solicita la abolición de las fronteras, se atenta contra la cohesión social y ahí hay lucha de clases.

Cuando se rechaza en referéndum la adopción de un Tratado europeo (Tratado de la Constitución europea) y las élites lo reintroducen por la puerta de atrás (Tratado de Lisboa) ahí hay lucha de clases.

Cuando un pueblo vota su salida de la Unión Europea y una elite política, económica y mediática boicotea el resultado, ahí hay lucha de clases.

Cuando la élite hace votar a un pueblo dos veces sobre el mismo tema para que “corrija” su voto, ahí hay lucha de clases.

Cuando la élite se niega a hacer referéndums sobre las cuestiones más esenciales, ahí hay lucha de clases.

Cuando las burguesías locales fomentan secesionismos para eximirse de la solidaridad con las regiones más débiles –como está sucediendo en una de las más viejas naciones de Europa–, ahí hay lucha de clases.

Cuando se crean impuestos para las clases medias y trabajadoras que serán inocuos para las multinacionales y las grandes fortunas, ahí hay lucha de clases.

Cuando se practica la denigración cultural de franjas enteras de la población (medios rurales, poblaciones autóctonas, votantes “populistas”), ahí hay lucha de clases.

Cuando se presentan propuestas para limitar la democracia porque “los problemas son demasiado complejos y la gente demasiado ignorante”, ahí hay lucha de clases.

Cuando los medios de comunicación ocultan los problemas, tergiversan y mienten para “no alimentar el populismo”, ahí hay lucha de clases.

Cuando se destruye a la familia, se ataca la cohesión entre las clases trabajadoras y ahí hay lucha de clases.

Cuando se destruye la autoridad de los profesores y se arruina la educación de los alumnos, ahí hay lucha de clases.(Continuará)

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