HISTORIA: INFIERNO EN CAEN: EL REVERSO OSCURO DEL DESEMBARCO DE NORMANDÍA. El rostro oculto de la invasión francesa bebe de un agua bien conocida: los bombardeos contra la población civil para diezmar los objetivos industriales del enemigo

07 1944: Las tropas canadienses patrullan a lo largo del destruida Rue Saint-Pierre después de que fuerzas alemanas fueron desalojados de Caen

Por, Jordi Corominas i Julián

Hace setenta y cinco años Europa empezó a vislumbrar el ocaso del nazismo gracias a la apertura del prometido segundo frente. De este modo Stalin vio cumplidas las promesas estipuladas en la Conferencia de Teherán. El desembarco de Normandía marcó un antes y un después simbolizado a nivel icónico por la liberación de París el 25 de agosto, pero toda victoria borra las sombras de su labranza, y este caso no se libra de la máxima, pues una guerra nunca es un camino de rosas y las espinas permanecen pese a la importancia de tantos triunfos y la explotación de su recuerdo para la posteridad.

El rostro oculto de la invasión francesa bebe de un agua bien conocida en España, no en vano Guernica, Barcelona y Madrid abrieron la despiadada maquinaria de los bombardeos contra la población civil como estrategia con múltiples prismas para diezmar objetivos industriales del enemigo, desmoralizarlo y propiciar facilidades para la infantería en su avance a lo largo y ancho del frente bélico.

Durante muchos decenios el grueso culpable para con estas operaciones recayó en la Luftwaffe, algo muy matizable desde el apabullante ‘Sobre la historia natural de la destrucción’ de W.G. Sebald, donde el malogrado escritor alemán exponía a las claras el efecto demoledor de las incursiones británicas en cielo germánico para arrasar con ciudades como Hamburgo, Colonia, Berlín o Dresde; su análisis sobre la devastación ejecutada por la RAF es de gran hondura poética, y quizá por eso cala más al remarcar con pavorosa precisión la crueldad manifiesta e indiscriminada de esas acciones, en más de una ocasión absolutamente innecesarias para definir el curso de los acontecimientos.

Durante el desembarco de Normandía dos urbes quedaron como paradigma de la irracionalidad auspiciada por los poderosos. Caen y Le Havre cambiaron su suerte y debieron refundarse como consecuencia de tácticas carentes de cualquier consideración con la ciudadanía.

Caen o el infierno en la puerta del paraíso

Caen, con menos fortuna literaria que Rouen, ha sido durante siglos la capital de Normandía. Quien la pasee hoy en día dará con una tranquilidad donde aún puede apreciarse su legado medieval y cierta impronta moderna entre su magnífica universidad y la aceptación de su inevitable pequeñez, bella y pausada como sus cementerios durmientes, metáfora de un pasado enterrado para siempre jamás. Los aliados habían previsto tomarla el mismo día D tanto por su cercanía con las costas donde irrumpieron centenares de miles de soldados como por su valor de encrucijada para desatascar el tapón y proseguir la ofensiva hacia París una vez sometido tan esencial nudo comunicativo.

En Caen intervenían muchos factores demasiado denostados por cierta historiografía, entre ellos una lucha de poder tripartita, con las tropas anglosajonas enfrentadas a los líderes de la Francia Libre, molesta compañía no sólo por sus intromisiones, sino por algunas ideas descabelladas, como la de evacuar la población a Gran Bretaña para impedir la previsible masacre. En tercer lugar de la pugna, con los alemanes firmes en su comprensible obcecación defensiva, estaba el gobierno de Vichy, responsable de la municipalidad hasta el 20 de julio de 1944, jornada del ingreso de las Forces Françaises d’Interieur en el interior de la ciudad en función guiadora de ingleses y canadienses, si bien la pugna prosiguió en los alrededores hasta el 13 de agosto.

Caen, bombardeada en 1944

A este contexto debe unirse el debate entre la comandancia aliada sobre el tipo de bombardeo a consumar. Por una parte, cabía la opción selectiva, consistente en centrar los raids hacia elementos estratégicos; la otra estribaba en lluvias totales e intensivas de obuses, como a la postre acaeció, con el resultado de seiscientas mil bombas sobre Caen y la pérdida de tres mil de sus habitantes, el 3,5% de su grueso demográfico, cifra menor hasta cierto punto y aliviada por el caos generado durante esas seis semanas, con infinitud de personas a la fuga, desesperadas en su restringida libertad a causa de la nula previsión de las autoridades a la hora de evacuar el perímetro urbano, error debido según varias fuentes a la imposibilidad de calcular la duración de los bombardeos, magra excusa cuando el infierno sacudía cimientos medievales e instalaba un trauma colectivo aún presente en sus edificios más representativos y en la mente de los escasos supervivientes de ese mes y medio de incertidumbre en la superficie por el delirio emanado desde las alturas. Si se pretendía allanar el tormento sólo se logró llenarlo de escombros y complicar la travesía hasta límites insospechados desde una torpeza criminal, presuntuosa y superlativa.

Le Havre o la tabula rasa

En julio, una vez la fisionomía de la batalla viraba y la debacle nazi era patente en casi todos los frentes, Eisenhower, Churchill y Montgomery retomaron sus conversaciones sobre el rumbo a seguir para consolidar la victoria. El primero, comandante supremo de las fuerzas aliadas en Europa, aguantó las embestidas de la pareja británica. El premier quería dirigir amplios contingentes hacia Italia y los Balcanes para cumplir, al fin, su viejo sueño de la Primera Guerra Mundial con el cometido de asegurar Europa Central, amenazada por la vertiginosa marcha del ejército rojo. Su general favorito pretendía asumir el control táctico de las fuerzas terrestres, a lo que se negó el norteamericano, quien no confiaba en su carácter excéntrico y un gusto demasiado pronunciado por sensacionales improvisaciones.

Como contrapartida le concedió continuar en el mando del 21er grupo del ejército británico, cuya principal misión era cortar la cuenca del Ruhr del resto de Alemania, pero a finales de agosto la ausencia de repostaje en carburante y municiones empezó a ralentizar el avance aliado, y así fue como se hizo sentir la urgencia de un puerto en aguas profundas. La imposibilidad de Amberes hizo decantar la balanza hacia Le Havre, con la premura por aprovechar los pocos días favorables para desarrollar operaciones dadas las precarias condiciones climatológicas de la región.

Imagen panorámica de Le Havre tras el bombardeo

Ello no fue impedimento para ir a por todas sin ambages desde un primer instante por razones de carácter sentimental. En 1940 la 51 división perdió la mayoría de sus hombres en Saint Valery en Caux, a sesenta y cinco quilómetros del mítico puerto, cruce del Océano Atlántico y el Mar del Norte. Para vengar la humillación de cuatro años atrás los Highlanders actuaron con presteza y liberaron la población el 2 de septiembre. Al día siguiente se desarrollaron sondeos, demostrándose harto complicada la toma de Le Havre a causa de sus fortificaciones defensivas. Aun así, la 51 división tomó posiciones en el sector norte y se habilitaron los preparativos para iniciar el asalto.

En ese momento la ciudad tenía cortadas sus comunicaciones con el exterior, haciendo inútil el bando de evacuación total, más difícil si cabe por el duelo de artillería establecido el mediodía del 5 de septiembre entre les baterías alemanas y los cañones ingleses. A pocas horas del instante decisivo más de cuarenta mil ciudadanos se encontraban bloqueados, sin escapatoria, sobre todo ante la cerrazón nazi a claudicar y entablar negociaciones para la rendición.

Fue entonces, poco antes de las seis de la tarde, cuando se desató el más terrible bombardeo de esa fase de la Segunda Guerra Mundial. Efectuado por la RAF significó, según el informe de su máximo responsable, el mariscal del aire Sir Trafford Leigh-Mallory, un ejemplo supremo de reducción de plazas fuertes a partir de acciones aéreas. Tenía toda la razón del mundo. En dos horas quinientos bombarderos lanzaron cinco mil toneladas de explosivos y doscientas mil bombas de fósforo. Diez mil inmuebles fueron reducidos a la nada, fenecieron dos mil personas y más de ochenta mil se vieron afectadas por la destrucción del 82% de la urbe cantada entre otros por Guy de Maupassant, Gustave Flaubert, Jean-Paul Sartre, Henry Miller o Raymond Queneau e inmortalizada por los pinceles de Claude Monet en ‘Impression, soleil levant’, lienzo fundador del Impresionismo desde el fiel reflejo del sol al alba, naranja como el órdago padecido en esos minutos con tintes de eternidad.

El viento agravó la tragedia. La liberación del 11 de septiembre tuvo todas las componendas de un funeral. Por eso no sorprende el testimonio del capitán Martin Lindsay, donde narraba una acogida poco calurosa con un rotundo rechazo, faltaría más, a la organización de un baile para los oficiales. Las plazas devinieron cementerios. El puerto lejano al frente era una realidad envuelta entre fuego, polvo y cadáveres despedazados entre las ruinas.

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