LA CARA OSCURA DE LA LIBERACIÓN: ROBERT BRASILLACH, EL ESCRITOR FASCISTA EJECUTADO

El literato francés fue un meteorito demasiado ardiente consigo mismo, calculó mal sus tiempos de aterrizaje y se difuminó tal como emergió. El escritor Robert Brasillach, a la izquierda, posando con Jacques Doirot y Claude Jeanet en torno a 1943

Por, Jordi Corominas i Julián-El Confidencial

Los períodos de interregno son de emoción, incertidumbre y riesgo. El 17 de agosto de 1944, París vivía bajo el manto del miedo y la esperanza. La cercanía de los Aliados presagiaba la inminencia de la libertad tras cuatro años de ocupación alemana, pero el horizonte aún estaba repleto de los habituales negros nubarrones. Algunos se atrevieron a desafiarlos. Al cabo de dos jornadas, la capital francesa se vería sacudida por una rebelión contra el invasor. Durante demasiado tiempo, la represión había sido un muro de contención demasiado poderoso como para expresar cualquier tipo de sentimiento contrario al statu quo y cualquier gesto era un acicate para cancelar la pesadilla y avanzar hacia un giro radical de los acontecimientos.

Esa mañana, el conservador del Jardin des Plantes colgó una bandera tricolor, la ‘bleu blanc rouge’, en la cancela del recinto. Muchos habitantes del barrio se agolparon en las inmediaciones para cantar al unísono la Marsellesa, entre ellos los vecinos de un inmueble de la rue Geoffroy Saint-Hilare propiedad de Jacques Isorni, admirado por la voz su inquilino Jacques Reboul, famoso en los juzgados por sus dotes oratorias y un temple sólo al alcance de unos pocos elegidos. Al cabo de dos meses ambos hombres romperían su relación al enfrentarse en los tribunales durante el juicio al escritor Robert Brasillach, condenado a muerte y ejecutado por sus escritos colaboracionistas.

El niño prodigio de la extrema derecha

Brasillach (Perpignan, 1909- Fort de Montrouge, 1945) fue un producto tarado del sistema educacional de la Tercera República para generar élites dispuestas a servir a la causa del Estado. Durante toda su vida recurrió a sus orígenes para justificar sus tendencias. Su padre, una medianía militar, murió durante una refriega en el sector francés de Marruecos a principios de noviembre de 1914, y la fecha dio pie a confusiones, pues la acción no estaba vinculada con la Primera Guerra Mundial pese a tantas tergiversaciones a posteriori.

El futuro escritor estudió en el prestigioso Liceo Louis-le-Grand, antes de ser admitido en la ‘École Normal Supérieure’, pistoletazo de salida para una carrera fulgurante en el universo letrado enmarcada en la reacción contra el orden imperante tanto en lo social como en lo literario.

Los años treinta franceses fueron una década de grandísimas tensiones entre la puesta en escena de la extrema derecha, culminada con la algarada antidemocrática del 6 de febrero de 1934 frente a la Asamblea Nacional, y la victoria electoral del Frente Popular en la primavera de 1936. Durante este intervalo, Brasillach puso toda la carne en el asador para darse a conocer mediante estrategias más bien típicas y muy corrosivas, como por ejemplo escribir una necrológica de André Gide, por aquel entonces referencia inexcusable en toda Europa desde sus sempiternas polémicas y un mandarinato poco valorado hoy en día pese a ser, en cierto sentido, el padre fundador de géneros como la metaliteratura o la autoficción.

Este ardid fue una invitación para descubrir su indudable energía, en parte ofuscada por su ambigua personalidad. Su obra favorita era ‘El Grand Meaulnes’, y a lo largo de su breve singladura pareció querer imitar las vicisitudes de sus protagonistas, instalándose en el domicilio conyugal de su hermana y Maurice Bardèche, a la postre protector del legado de su amigo, menospreciado por elementos afines a su credo como Pierre Drieu La Rochelle o Louis Férdinand Céline, a quienes no gustaba su repelencia de niño prodigio y sospechaban de una homosexualidad aún discutida por sus biógrafos.

Más allá de estos detalles, su hiperactiva prosa durante la etapa previa a la Segunda Guerra Mundial se adscribe dentro de un esteticismo mal hilvanado con el paso del tiempo, manteniéndose para el estudio de su figura ideas muy en sintonía con su cabecera principal, Action Française, cuya doctrina ultranacionalista se mostraba más bien reacia al Nacionalsocialismo, con Brasillach atreviéndose a definir el ‘Mein-Kampf’ como obra maestra del cretinismo exacerbado, y en esa contundencia anidaba el rencor por la pujanza del enemigo eterno y la contradicción de anhelar soluciones similares a las alemanas para Francia.

En 1937 devino director del semanario ‘Je suis partout’, publicación de tintes fascistas y antisemitas, compaginando esta responsabilidad con la aspiración de postularse como primera espada de la narrativa gala con la novela ‘Les sept couleurs’, derrotada en la elección del Goncourt de 1939 por ‘Les enfants gâtés’ de Philippe Hériat, autor muy en boga durante el paréntesis de entreguerras y ahora mismo olvidado, como tantas otras firmas supeditas al rabioso presente. Este fracaso fue la clausura del telón hacia el auge y el marasmo.

La guerra como condena

De no haber estallado la Segunda Guerra Mundial, quizá Brasillach tendría una posición interesante en el panorama de la historia de las letras francesas. Antes de la misma publicó una ‘Historia del cine’ muy valorada en su época al entender el séptimo arte desde una dimensión universal, curiosa contradicción si se analiza su trayectoria durante el conflicto, cuando devino uno de los paladines del nuevo orden europeo.

Antes de esta explosión oportunista fue reclutado para teniente de infantería en la línea Maginot, a priori infranqueable y en realidad de pura mantequilla cuando los nazis cancelaron ‘le drole de guerre’ y desencadenaron toda su velocidad, bien regada de anfetaminas, contra el territorio francés. París claudicó el 14 de junio de 1940, el mismo mes de arresto de nuestro protagonista hasta permanecer durante ocho largos meses en un campo de prisioneros del que fue liberado a instancias de las autoridades germánicas al considerarlo un magnífico elemento para desarrollar con maestría sus tentáculos propagandísticos. Fue restituido en su puesto de director de ‘Je suis partout’, y desde esa posición pidió la muerte para los mandamases de la Tercera República en septiembre de 1942, tras la trágica redada del Velódromo de Invierno de París contra los hebreos franceses, afirmó la urgencia de separarse de los judíos en bloque sin tener conmiseración con los más pequeños.

Cubierta de ‘The collaborator’. (University of Chicago Press)

La etapa de la ocupación fue la de su único esplendor. Era un potentado y los ocupantes le reían todas las gracias y le colmaban de favores. Fue uno de los siete autores del grupo galo asistente al primer Congreso de la asociación de escritores europeos celebrada en Weimar a finales de octubre de 1941 y en julio de 1943 visitó las fosas de Katyn para denunciar los crímenes soviéticos. Su presencia en el frente del Este sigue envuelta en una bruma de dudas. En ‘The collaborator’, inédito en España, Alice Kaplan recoge una probable confusión de De Gaulle, quien al ver una foto del acto polaco creyó reconocer a Brasillach enfundado en un uniforme de las SS, cuando la imagen nos lo muestra con sus típicas gafas y una inmaculada gabardina blanca.

Otro misterio de esa efeméride se desveló en 2015, cuando la editorial Robert Laffont editó ‘Le dossier Rebatet’, recuperándose así la extraordinaria novela ‘Les décombres’ y l’Inedit de Clairvaux’, texto de más de seiscientas páginas donde se recoge un diálogo entre Lucien Rebatet y Robert Brasillach según el cual este había averiguado la existencia de los campos de concentración hasta mutar su percepción en torno al tratamiento para con los judíos. Las palabras están en papel, pero quien conozca la historia de ambos hombres, colaboradores enfrentados en ‘Je suis partout’, contemplará la hipótesis de un blanqueamiento para expiar pecados, pues Rebatet fue condenado a muerte y sólo se salvó por los azares de la cronología. Sólo los primeros culpables en ser juzgados terminaron delante del pelotón de fusilamiento.

El talento es un título de responsabilidad

París fue liberado el 25 de agosto de 1944. Brasillach se escondió en una habitación, donde permaneció durante poco más de una semana. Al conocer el arresto de su madre y Maurice Bardèche se personó en la prefectura de policía de la capital gala, entregándose para liberar a sus seres queridos.

Su juicio se celebró el 19 de enero de 1945, duró seis horas y pese a los esfuerzos de Jacques Isorni, quien más tarde defendió al mariscal Pétain y se erigió en pionero de la extrema derecha de la posguerra, el jurado compuesto por cuatro miembros de la Resistencia fue inapelable y lo condenó a la pena máxima, siendo pasado por las armas el 6 de febrero del mismo año.

Robert Brasillach (derecha) y Charles Maurras en 1938

Los días previos al suceso escritores de todas las tendencias recogieron firmas para pedir al general De Gaulle, jefe del gobierno provisional, la gracia para el convicto. Entre los firmantes se hallaban Jean Cocteau, Paul Valéry, François Mauriac, Jean Paulhan, Colette o Albert Camus, a quien la resolución de rubricar la petición le costó una noche insomne al debatirse entre los motivos de justicia -las acciones de Brasillach eran merecedoras de la sentencia emanada- y la ética de la pura libertad -pues ejecutándolo se creaba un mártir y se impedía la posibilidad de un resarcimiento personal vinculado, en caso de no producirse, con la libertad de expresión, santo y seña de toda comunidad democrática.

Hoy en día las obras de Robert Brasillach son más bien difíciles de encontrar y no se reeditan desde finales de los años noventa, aunque en el último lustro la editorial Pardés lo ha integrado en su delirante catálogo, mezcla de esoterismo y tradicionalismo. Fue un meteorito demasiado ardiente consigo mismo, calculó mal sus tiempos de aterrizaje y se difuminó tal como emergió. En los años cincuenta una serie de escritores airados y jóvenes reivindicaron la estela de algunos colaboracionistas como Paul Morand, un prosista excepcional, y Jacques Chardonne, más sentimental desde la devoción al estilo. Los húsares, desconocidos por completo en nuestro país, nunca mencionaron a Brasillach al estar de acuerdo con las premisas de Charles de Gaulle para ratificarse en lo dictaminado por el tribunal de la Corte de Asís: el talento es un título de responsabilidad.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Help

WordPress theme: Kippis 1.15