LECTURA PARA GENTE GRANDE: HABLEMOS DE LUCHA DE CLASES- 1-A

Por, Adriano Erriguel –El Manifiesto

La lucha de clases ni se crea ni se destruye, tan sólo se transforma. El primer principio de la termodinámica nos sirve para ilustrar un fenómeno tan reciente como chocante: la lucha de clases es un concepto de izquierdas que se ha desplazado a la derecha. La lucha de clases es un “significante flotante” que ha cambiado de signo y se expresa hoy en la revuelta de los marginados por la globalización –los “deplorables”–, frente a una izquierda de diseño instalada en el neoliberalismo y sus bondades diversitarias.

Llegó el momento de una transvaloración radical de conceptos. El tablero salta por los aires y se impone una redistribución completa de la baraja. De lo que se trata ahora es de pensar lo que hasta ayer era impensable, de cabalgar el tigre de las nuevas realidades. Es la hora de romper inercias mentales y de revisitar, de forma desprejuiciada y desenvuelta, algunas de las ideas de Marx. Por ejemplo, la lucha de clases.

La comuna

Hay un episodio histórico que sigue simbolizando, mejor que cualquier otro, la idea de lucha de clases: la Comuna de París. En enero de 1871 el ejército prusiano entraba victorioso en París, para retirarse a continuación tras recibir la rendición de las autoridades francesas. Pero las autoridades no habían contado con un actor principal de este drama: el pueblo. El pueblo de París rechazaba rendirse y, tras la huida de las autoridades a Versalles, se organizó en una Guardia Nacional nutrida básicamente de obreros. Los prusianos no tuvieron que intervenir porque las propias autoridades francesas –el gobierno burgués del Presidente Thiers– se encargaron del trabajo sucio. Cerca de 30 000 comuneros fueron fusilados in situ y otras decenas de miles padecieron una represión que se prolongó durante años.  La Comuna adquirió así un aura simbólica: el de la rebelión popular por excelencia. En la pluma de Marx, la Comuna se elevó a paradigma de la lucha del proletariado. Pero visto retrospectivamente, cabe destacar lo mucho que esta feroz represión tuvo de catarsis: la del odio de clase, el odio implacable y atávico que las clases altas y la gran burguesía francesa profesaban hacia los estratos más bajos de la sociedad, hacia ese “populacho” que no se resignaba a su papel subalterno.

Pero ese mismo populacho –conviene retener este dato– era el mismo que había defendido París frente a los prusianos, y era el que por sentido del honor había rechazado rendirse mientras que las clases altas –encabezadas por los diputados monárquicos huidos a Versalles– pactaban con el enemigo y aceptaban las humillaciones infligidas. Las analogías con el 2 de mayo español parecen claras. La Comuna fue una insurrección proletaria, sí, pero fue también una insurrección patriótica, la expresión rabiosa y desesperada de un patriotismo de izquierdas.

Muchas cosas han cambiado desde entonces. La izquierda es hoy alérgica al patriotismo y las clases altas no se dedican a reprimir al populacho con cañones y fusiles. Pero lo que menos ha cambiado es, seguramente, el odio. Un odio que hoy se camufla como esa displicencia cultural que las clases acomodadas –los beneficiarios de la “sociedad abierta” y del capitalismo no borders– no cesan de manifestar hacia las clases populares que se empeñan en fastidiarles la fiesta. La demonización, la relegación cultural y la inmigración de sustitución han remplazado a los pelotones de fusilamiento. Pero el objetivo es más o menos el mismo: la neutralización del factor “pueblo” dentro de la ecuación política.[1]

¿El fin de las clases sociales?

Hablar de clases sociales era, hasta hace prácticamente dos días, algo pasado de moda. El concepto de “clase social” yacía arrumbado en los cajones de la sociología polvorienta, y únicamente era paseado, de tarde en tarde, como muestra fósil de análisis periclitado. Para el “pensamiento débil” posmoderno las clases sociales son un mito, una ilusión de homogeneidad social que ha sido sobrepasada por los “tiempos líquidos” en los que vivimos. Lo cual explica que la noción de “clase social” haya prácticamente desaparecido del vocabulario científico. La sociología de corte liberal (tipo Sir Ralf Dahrendorf et alii) ya había hecho un trabajo de zapa al desacreditar la noción de “clase obrera” para sustituirla por un conjunto heteróclito de “clases trabajadoras” (es decir, de aglomeraciones de individuos con multitudes de experiencias). Se evacuaba así cualquier perspectiva histórica sobre la clase obrera (enviando a la basura aportaciones como la de E. P. Thompson en La formación de la clase obrera en Inglaterra) para mejor diluir el concepto. Para la nueva izquierda, hablar de “clase obrera” pasó a ser un síntoma de “esencialismo”, acusación que los posmodernistas utilizan para descalificar todo lo que no les gusta. En lógica consecuencia, la idea de “lucha de clases” se estigmatizó como algo anacrónico y ridículo, como un mantra maniaco-obsesivo de puritanos vetero-marxistas y adoradores de la momia de Lenin.

Desaparecidas las clases sociales, ¿qué tenemos en su lugar? En primer lugar, una única e hipertrofiada “clase media” como atrápalo-todo sociológico. En segundo lugar, el mito de la “sociedad civil”: un constructo neoliberal que implícitamente se presenta como “espacio liso y homogéneo, fundado sobre el intercambio mercantil y sin ser atravesado por contradicciones sociales”.[2] Este mito nos viene a decir que la sociedad es sólo la suma de los comportamientos individuales, y que si hay problemas sólo serán problemas educativos, de forma que cuando todos estemos bien educados seremos buenos y felices. Una forma como otra cualquiera de disimular que hay problemas de fondo, estructurales y socioeconómicos, que no se solucionarán creando nuevas asignaturas.

Este eclipse programado de la idea de clases sociales responde al enfoque consensual del “fin de la historia”. Como es bien sabido, esta configuración ideológica –también conocida como neoliberalismo– no reconoce a otro actor social que el individuo autónomo y soberano, al cual se atribuye una (teórica) facultad de organizar su proyecto vital por encima de cualquier horizonte de sentido colectivo. No en vano las “clases sociales” –al igual que la nación, la familia, el sexo, la raza y cualquier otra forma de identificación que no responda a la libre elección personal– representan obstáculos ante ese designio global que se basa en la movilidad absoluta y la competición entre los trabajadores de todo el mundo. La disponibilidad individual a cualquier requerimiento del mercado ha de prevalecer sobre cualquier forma de solidaridad de clase, y en ese sentido la cultura del capitalismo es interclasista y homogeneizadora. La estructura de producción del capitalismo –señala el filósofo italiano Constanzo Preve– “no reside esencialmente en la división entre la clase burguesa y la proletaria (si bien en una etapa histórica inicial ese fue el aspecto predominante), sino en la generalización “no clasista” y globalizada de la Forma-Mercancía”.[3] Una clase media globalizada de consumidores (global middle class), ésta es la representación ideal que el capitalismo propone de sí mismo.

Pero esta visión homogénea necesita acompañarse de un pluralismo de fachada. El mito de la “diversidad” cumple esa función. Es la visión arcoíris del multiculturalismo y las minorías con identidades alternativas. De esta forma, la vieja dialéctica explotadores/explotados (de carácter necesariamente revolucionario) se ve sustituida por la dialéctica inclusión/exclusión, de carácter mucho más consensual y a la medida del individualismo neoliberal. La omnipresencia de esas identidades minoritarias – éstas sí “esencializadas” sin ningún problema–  compone un “gran relato” balsámico-progresista para consumo de la clase media global. ¿Fin de la historia?

La era del capitalismo absoluto

Frente a esta visión hegemónica del capitalismo interclasista sería ridículo oponer una concepción tradicional de la lucha de clases (con sus estampitas de proletarios explotados y capitalistas de puro y chistera). Pero que este viejo modelo no sea operativo no quiere decir que la lucha de clases ya no exista. Lo que ocurre es que se ha generalizado de tal forma que es más difícil reconocerla.[4]

Vivimos en la era del capitalismo absoluto, el capitalismo sin contrapesos ni alternativas. En cierto sentido podemos decir que todo lo anterior a 1989 ­ –el fin de la guerra fría–  no era sino un precapitalismo que se había visto obligado a convivir con los lastres del viejo mundo.[5] El capitalismo absoluto es mucho más que un modelo económico (la sociedad de mercado, la desregulación, la precarización, etcétera); se trata de una mutación cultural y antropológica en toda regla. Pero pasadas ya varias décadas, apagada la euforia del “fin de la historia” y desmentidas las bienaventuranzas de la “globalización feliz”, la alienación, la explotación y la lucha de clases muestran sus nuevos rostros. Por eso Marx –que no el “marxismo”– está de retorno. Para encarar las contradicciones de la hora presente es inevitable contar con Marx, el pensador por excelencia del capitalismo puro. Obviamente, interpretar nuestra época sólo a través de Marx sería absurdo, pero hacerlo prescindiendo completamente de él sería imposible. La idea de la “alienación” por él desarrollada es, a todos los efectos, tan relevante para comprender nuestra época como la idea de “nihilismo” suscitada por Nietzsche.  Por eso es urgente superar los estereotipos que aún rodean al autor de El Capital, rescatarlo del corpus pseudorreligioso del “marxismo” y reintegrarlo al árbol genealógico del pensamiento crítico.

¿Marx de retorno? Sin duda, pero no como les gustaría a algunos. No existe más grotesca apropiación de la figura de Marx que la perpetrada por la izquierda moralizante, los “estudios culturales” y todo ese baratillo histérico-universitario que algunos identifican (erróneamente, como veremos) con el “marxismo cultural”. Cualquier reactivación seria de un enfoque de clase debe pasar necesariamente por encima del cadáver intelectual de estos y parecidos engendros. (Continuará)

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