LECTURA PARA GENTE GRANDE: HABLEMOS DE LUCHA DE CLASES- 1-B

Por, Adriano Erriguel –El Manifiesto

La alfombra que tapa la miseria

“La guerra de clases existe, y nosotros la estamos ganando”, decía en 2006 el financiero Warren E. Buffet en una entrevista en el New York Times. Los datos empíricos apuntan en ese sentido. La brecha entre los más ricos y los pobres –amortiguada por los “Estados de bienestar” de la Europa de posguerra­­– se intensifica a partir de los años 80 (revolución “conservadora” de Thatcher y Reagan) y se acelera en el siglo XXI con la financiarización de la economía:  aumento exponencial del número de multimillonarios tras la crisis de 2008, desmoronamiento progresivo de las “clases medias”, rápida expansión del universo social del “precariado”.  El economista Thomas Piketty –en su best seller El Capital del siglo XXI– simplificó esta evolución general en una célebre fórmula según la cual el rendimiento del capital financiero es siempre superior al crecimiento real de la economía (r > g, siendo “r” la tasa de retornos del capital y “g” el incremento de la renta, es decir, la producción y los ingresos). Un diagnóstico que parece confirmar las aserciones de Marx sobre el proceso de concentración del capital, así como la definición del capitalismo como “el sistema que produce dinero a partir del dinero”.  El capital se reproduce a sí mismo y lo hace cada vez más en menos manos.

Es en este contexto de desigualdad creciente cuando, de forma nada casual, la maquinaria universitaria se pone a vomitar titulad@s en estudios de género y demás “estudios culturales” al gusto californiano. No faltan aquellos que, empeñados en mantener un mínimo de seriedad, no cesan de advertir sobre el carácter acientífico e inútil de tales disciplinas. Pero esto nos hurta lo esencial. Lo esencial es que esos saberes posmodernos son instrumentales para sepultar el enfoque de clases bajo un piélago de luchas minoritarias. Tiene todo el sentido que, de forma sincronizada y obsesiva, la agenda político-mediática se centre en las revoluciones “arcoíris”: la revolución feminista, vegana, animalista, ecologista, los nacionalismos periféricos, las políticas de género, la visión beatífica del migrante como un gran “Otro” portador de redención. Pero este desparrame arcoíris tiene un trasfondo: la idea implícita de que todos somos, en el fondo de nuestra conciencia, partidarios del capitalismo liberal. Este consenso se apuntala con la noción “posthistórica” de que todo se reduce al individuo y sus deseos –al sujeto y a su relación consigo mismo–; una idea en la estela de Foucault y su énfasis en la autonomía personal y el “cuidado de sí” como ejes de cualquier acción política. Pero ¿quién satisface mejor los deseos del individuo/consumidor, sino el capitalismo?

Con la izquierda foucaultiana la lucha de clases queda consignada al basurero de la historia. Como señalan los sociólogos Mitchell Dean y Daniel Zamora, “si en la lucha de clases lo que contaba era el campo donde uno se situaba, en la era del fin de la historia lo que cuenta es saber quién es uno (…) Más que intentar cambiar el mundo, el “último hombre” y la “última mujer” de la posthistoria intentan cambiarse ellos mismos, reemplazando la devoción a una causa por el compromiso con nuevas prácticas del sujeto (sexuales, espirituales, estéticas…)”.[6] En la era del precariado y de la pauperización de las clases medias, la “diversidad” es la alfombra multicolor que tapa la miseria.

De los estudios de Piketty se desprende otra conclusión. Las desigualdades económicas dentro de los países son más fuertes y peligrosas que las que existen entre los países. Lo cual contrasta con esa visión globalista que pone el acento en la desigualdad Norte/Sur y culpabiliza a los países del norte, según la retórica “descolonizadora” de los estudios culturales. Pero un auténtico enfoque de clase poco tiene que ver con el discurso de sacristía laica propio de la UNESCO y las ONGs. Todo lo contrario, un enfoque político –que no caritativo ni moralista– nos lleva a concluir que, para luchar contra la desigualdad, es preciso empezar por las desigualdades próximas antes de por las lejanas. Es en ese contexto –el de los equilibrios de poder dentro de los Estados nacionales– donde el enfoque de clase se revela auténticamente operativo. Para empezar, es preciso dilucidar la gran cuestión: ¿cómo se configuran hoy las clases sociales?

Neoliberalismo samaritano

El discurso de la “globalización feliz” reposa sobre un mito: el de una clase media mayoritaria que transita hacia las normas económicas y culturales de la sociedad mundializada. Todos estamos convocados a una prosperidad sin límites, sólo hace falta modernizarse, adaptarse, reinventarse; el que no lo consiga podrá contar con unas ayudas que palían los efectos (pero no operan sobre las causas). Este “gran relato” optimista está inspirado por esa “metafísica del progreso y del movimiento” (Jean-Claude Michéa) que es regularmente exaltada en los best-sellers semicultos (Steven Pinker, Yuval Noah Harari) y cuyo gran agente histórico es el capitalismo.

En los márgenes de esa clase media se encuentran los parados, las víctimas de la desindustrialización, las minorías sexuales y “racializadas”, etcétera, que son la excepción que confirma la regla. Su mera existencia–los célebres “excluidos” – viene a reforzar, a contrario, el éxito del modelo imperante. La buena conciencia del sistema se refuerza con la invocación de unas “políticas inclusivas” que, cuando se lleven a término (en un “mañana” siempre pospuesto), redundarán en un modelo necesariamente integrador. De esta forma, la muy publicitada “lucha contra la exclusión” alimenta una retórica socialdemócrata de vocación asistencial, así como toda una serie de “revoluciones” de pacotilla. Si revolución ha de haber, que lo sea contra el hetero-patriarcado (y no contra las políticas neoliberales).

Es el neoliberalismo en versión samaritana. Su encarnación jupiterina es Enmanuel Macron (Foto grande que preside este artículo). Macronia es el gran punto de encuentro de las burguesías de izquierda y de derecha, el condensado residual de los lugares comunes del sistema. “No todo el mundo tendrá éxito de la misma manera, esa promesa es insostenible”, nos dice Macron. De lo que se trata por tanto es de “ayudar a los que tienen éxito, al tiempo que se protege a los que fracasan para que no caigan en la desesperación” (la gente sin nada que perder es peligrosa para el orden social).[7] La obsesión con “las reformas” (orgasmo neoliberal por excelencia) pone el énfasis en el éxito individual, mientras el aspecto asistencial se desarrolla en conceptos como el de “flexi-seguridad”: la mayor facilidad de despedir compensada con indemnizaciones generosas. El Credo de Macronia tiene un sólo mandamiento: no caerás en el inmovilismo y asegurarás la movilidad de las personas. ¡La República en Marcha!, marchar y marchar siempre, aunque no se sepa dónde. La flexibilidad, la adaptabilidad, la rapidez y la rentabilidad (las “reformas”) son los imperativos de la globalización, las vías reales para la emancipación individual. Mitología progresista para clases medias.

¿Capitalismo postburgués y postproletario?

Señalábamos arriba que, según el gran relato de la globalización feliz, el modo de producción capitalista no tiene su fundamento en la división entre burgueses y proletarios, sino en la formación de una clase media global de consumidores.

Decía Constanzo Preve que mientras el capitalismo repose sobre la división en dos clases, será siempre frágil y vulnerable. Por eso su lógica tiende a la superación de ese antagonismo. La forma más acabada y verdadera del capitalismo es, por lo tanto, la de un “capitalismo sin clases”. Pero ese “proceso grandioso” –el paso de un capitalismo clasista a uno sin clases–  no significa, de ningún modo, que las diferencias colectivas de riqueza, de saber, de educación y de poder vayan a disminuir. Todo lo contrario, las diferencias tienden a aumentar. Para entender esta contradicción aparente hay que aclarar qué entendemos aquí por “clase social”.

¿Qué define a una clase social: los recursos materiales o la “conciencia de clase”? Para Constanzo Prevé, las diferencias puramente cuantificables (la propiedad de los medios de producción, la riqueza, etcétera) no son suficientes, por sí solas, para conformar una clase social. Este concepto se remite a todo un tejido de “realidades históricas ordenadas según parámetros económicos, políticos, culturales, ideológicos, literarios, musicales, sexuales, etc.”. En resumen: a parámetros no sólo económicos sino también culturales. Algo que es evidente si observamos a la “burguesía” y al “proletariado” tradicionales. Pero esa burguesía y proletariado tradicionales tienden a desaparecer, o ya han desaparecido del todo. Se supone que han sido subsumidos en esa global middle class de cultura masificada y vulgar. ¿Vivimos entonces en un capitalismo postburgués y postproletario?

Las “guerras culturales” de la izquierda posmoderna tienen una importancia capital en la conformación de esa clase media global. Con su peculiar sarcasmo, escribía Constanzo Preve que hoy vivimos en una nueva sociedad capitalista sin clases, gestionada por un “Partido Único Políticamente Correcto” que abarca la izquierda, el centro y la derecha. Este partido único está sostenido por un “clero secular” (los medios de comunicación que sermonean y predican) y por un “clero regular” (los aparatos universitarios, académicos y editoriales) subordinado al primero. Su función es consolidar las condiciones culturales de esa “sociedad sin clases” o “clase media global”. ¿Cuáles son las señas de identidad de esa clase media?  Preve enumera algunas: “facilidad para viajar, inglés turístico, uso moderado de las drogas, control de natalidad, estética andrógina transexual, humanismo tercermundista, multiculturalismo sin verdadera curiosidad cultural y una relación general con la filosofía como terapia psicológica de grupo, gimnasia de relativismo comunicativo y charlatanería semiculta”.[8] No cabe mejor descripción de los “bobós” (“burgueses-bohemios”) a los que Christophe Guilluy se refiere en sus trabajos: la clase acomodada, gentrificada y progresista que se beneficia de la globalización, pero que rehúsa reconocerse como “burguesía”.[9]

El geógrafo francés Christophe Guilluy le ha dado, durante los últimos años, un meneo radical al debate sobre las clases sociales. Desde sus trabajos de campo sobre la realidad francesa, Guilluy llega a conclusiones teóricas diferentes a las de Constanzo Preve. Para Guilluy es evidente que existe una estructura clasista cada vez más marcada, e incluso recupera la palabra “burguesía” (otra expresión que había sido proscrita por los posmodernos) y “proletariado”. Según Guilluy la “clase media” es un concepto que se mantiene de forma interesada, porque su vaguedad “hace posible una oportuna confusión de clase entre los perdedores y los beneficiados del modelo económico, entre los proletas y los burgueses-bohemios que, en su mayoría, aún creen formar parte de la clase media”. Si el mito de la clase media aún perdura –precisa Guilluy– es porque “permite a la nueva burguesía-bohemia –empezando por los universitarios– no distinguirse del pueblo”.[10] Y ello –añadimos nosotros– no porque a los gafapastas les guste el “pueblo”, sino porque nunca admitirán pertenecer a la burguesía.(Continuará)

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