LECTURA PARA GENTE GRANDE: HABLEMOS DE LUCHA DE CLASES- 2-B

Por, Adriano Erriguel –El Manifiesto

La filosofía espontánea del capitalismo

Repitamos la pregunta: ¿cuál es la verdad del capitalismo? Su verdad última es que todo es economía y no hay salvación más allá de la economía. La “economía” es por lo tanto el mensaje positivo que capitalismo tiene que comunicar al mundo.[7] Este mensaje positivo se complementa con el mensaje negativo del nihilismo, que nos dice que nada tiene sentido en los planos filosófico, ontológico, etcétera. Pero para que pueda funcionar, la cosa necesita su marchamo académico. Por eso –como explica Constanzo Preve– “el clero universitario de las facultades de filosofía tiene la función de celebrar directamente la negatividad del mundo social que nutre a las oligarquías, lo que es un complemento perfecto al “reverso” de las facultades de economía, que celebran la positividad del mundo”. Una prueba más del vínculo orgánico entre el capitalismo y el nihilismo.

La deconstrucción, la French Theory y los “estudios de género” no son sino formas de “falsa conciencia” del capitalismo.  “El propósito funcional de este recital de negatividad filosófica –explica Preve– es argumentar que el Ser del que habla la economía en realidad es una Nada, pero que esta Nada es insuperable, infranqueable y transformable, por lo que debemos aceptarla como Destino. Fin de las ilusiones, fin de las grandes narrativas, consumación de la metafísica y la ontología, etc.”.[8] Los estudios de género y los MBAs de las escuelas de negocio corroboran una misma visión del mundo: la del carácter ilimitado del intercambio económico, la de que no hay restricción ética que valga –empezando por la familia tradicional, por el sexo, la paternidad y la filiación– al reino del libre mercado y a la generación de valor añadido. La última deposición en teoría queer es un maridaje perfecto para el último best seller sobre inversión en bolsa a adquirir en cualquier aeropuerto.

Vemos entonces que el viejo (y desacreditado) enfoque topológico marxiano estructura/superestructura tampoco andaba tan descaminado. Por eso resulta enternecedor ver a los probos “liberal-conservadores” criticar los delirios postmodernistas como desviaciones o sarpullidos en el cuerpo –por lo demás “sano”– del liberalismo, la sociedad abierta, etcétera.  Lo que no quieren reconocer es que ese nihilismo no es más que “la filosofía espontánea del capitalismo” (Constanzo Preve). O dicho de otra forma: el nihilismo es el liberalismo devorándose a sí mismo. Por eso, quien quiera más liberalismo, pero sin nihilismo ni relativismo es –retomando una vez más a Preve– como “un estúpido a quien le gustaría tener un hígado sano, pero que bebe, no obstante, litros de alcohol todos los días”.[9]

Una descomunal ingratitud histórica

El mito de la clase media había permitido, hasta ahora, diluir los antagonismos de clase en un “todo” conciliador. En su época de mayor esplendor, este comodín sociológico se nutría del “ascensor social” del Estado de bienestar. Sin embargo, esas clases medias nacionales están desapareciendo  –si no lo han hecho ya del todo–. ¿Qué tenemos en su lugar? ­

Lo que tenemos es la polarización entre una masa creciente de trabajo flexible y precario, por un lado, y por otro lado esa clase media globalizada a la que ya nos hemos referido y que poco tiene que ver con las viejas clases medias nacionales. En el seno de esa clase media global crece y prospera –camuflando su carácter de nueva clase dominante– la “burguesía bohemia” (bobós) a la que Christophe Guilluy se refiere en sus trabajos.”[10] La vieja burguesía conservadora y pacata (ridiculizada antaño por la literatura y las vanguardias) ha sido sustituida por esa neoburguesía cool heredera de la revolución de 1968. Una revolución ­–no lo olvidemos– protagonizada por hijos de papá de clase acomodada.

Junto a la neoburguesía encontramos al neoproletariado. Este neoproletariado no es la vieja “clase obrera” menguada por la desindustrialización y por la expansión del sector terciario, sino que consiste en un conjunto heteróclito de obreros, sí, pero también de empleados, campesinos, parados, poblaciones periféricas apartadas de los circuitos de la globalización, antiguas clases medias en declive y, de manera muy especial, de toda esa masa informe y de futuro incierto conocida con el nombre de “precariado”.[11]

Una mención aparte merece la inmigración. Ésta funciona de facto como un “ejército de reserva” del capitalismo. Lejos de tratarse de un fenómeno totalmente espontáneo, la inmigración fue impulsada por las patronales europeas a partir de los años 70. Desde entonces los inmigrantes extraeuropeos no han cesado de crecer y de formar sociedades paralelas en los barrios metropolitanos. (foto grande que presideeste artículo) Los inmigrantes componen hoy, junto a los bobós de los barrios gentrificados, el modelo social de la globalización occidental, la pinza entre cuyas tenazas se encuentra la decadente clase media.[12]

Por primera vez en muchas décadas, todo conduce a pensar que gran parte de las próximas generaciones vivirán peor que lo hacían sus padres. Nos encontramos ante el fin de las viejas clases medias occidentales. ¿O tal vez ante su masacre?

El fin de la clase media en occidente puede leerse también como la crónica de una descomunal ingratitud histórica. Si meditamos sobre las causas profundas de la derrota final del comunismo, vemos que la razón estructural de fondo ha sido, como señala Constanzo Preve, la adhesión al capitalismo de las viejas clases medias nacionales, y ello a través de un movimiento de conservación en Occidente (Europa y América) y de un movimiento de restauración en Oriente (bloque soviético). Pero concluida la guerra fría y entronizado el capitalismo sin competidor posible, “las oligarquías financieras recompensaron a las clases medias con la destrucción de su perfil social y cultural, que se basaba en la familia monógama estable y, sobre todo, en un trabajo estable seguro y duradero. Al final de su largo servicio al sistema en el siglo XX, los miembros de estas clases fueron recompensadas con un trabajo flexible, precario y temporal, con el fin de las perspectivas de promoción social para sus hijos y con un individualismo de consumo totalmente anónimo y post-familiar”.[13] Por decirlo en términos trotskistas, la clase media fue arrojada al basurero de la historia.

¿Cómo resumir tres décadas de neoliberalismo en una sola frase? La religión positiva de la economía se alió con la religión negativa del nihilismo para triturar al “pequeño pueblo”. Al pequeño pueblo denostado y ridiculizado que, de forma creciente en muchas partes de Europa y América, encuentra su refugio en el llamado “populismo”.

¿Qué hacemos con Marx?

Decíamos arriba que la capacidad de vincular lo más abstracto a lo más prosaico es el rasgo más emblemático del pensamiento de Marx. Pero esta cualidad no tiene por qué quedar reservada a los autoproclamados “marxistas”. Desde una perspectiva “de derechas” este enfoque material puede ser también muy saludable, sobre todo para no extraviarse en jeremiadas espiritualistas (tipo “la crisis de valores”, “el olvido de nuestras raíces cristianas” y cosas parecidas) al observar la crisis de la civilización occidental. La sobriedad del enfoque marxiano nos obliga a mirar de frente a las bases materiales del posmodernismo y del nihilismo: la financiarización del capital, la globalización de la economía y la extensión del dominio de la mercancía. No se trata –ni mucho menos– de una revelación “científica” ante la que caer de rodillas, pero sí de un ángulo de interpretación a tener seriamente en cuenta.[14]

¿Cuál será la reacción previsible de un “antimarxista” pavloviano al leer esto? Seguramente la de revolverse contra el esquema “estructura/superestructura”, o la de deplorar el supuesto “materialismo” de la vulgata marxista. Pero como ocurre con todos los clásicos, Marx admite múltiples lecturas (y no todas encajan en el corpus del “marxismo”). El Marx que aquí nos interesa es el de las ideas con mayor calado antropológico: la alienación, la teoría del valor, el fetichismo de la mercancía…

¿Qué hacemos con Marx? Ante todo liberarlo del marxismo. Así se titulaba en 2004 un dosier de la revista Éléments, órgano de expresión de la llamada “Nueva derecha” francesa. Esta corriente de ideas se revelaba con ello, una vez más, como un preciso sismógrafo de los debates por venir.[15] Se recordaba en aquellos textos que, al situar en el centro de su reflexión el concepto de “alienación”, Marx identificaba lo que constituye el drama central de la modernidad.

¡Todos somos migrantes!

La alienación hunde sus raíces –señalaba Heidegger–  en la ausencia de patria del hombre moderno. Por eso el filósofo de Friburgo, en su Carta sobre el humanismo, afirmaba que, al referirse a la experiencia de la alienación, Marx alcanza una dimensión esencial de la historia y por eso la concepción marxista de la historia es superior a las otras concepciones de la historia. “Un diálogo productivo con el marxismo –concluía Heidegger– es una de las tareas de la historia por venir”.[16]

¿Alienación? Marx no creó este concepto –que se encuentra ya en Rousseau, Hegel y Feuerbach–, pero sí teorizó el papel alienante de la forma-Capital. Conviene aquí hacer una precisión importante, y es que no es lo mismo alienación que explotación. “La alienación –señala Alain de Benoist– en un concepto moderno y vinculado al desarrollo del capitalismo y no puede ser confundido con formas más antiguas de injusticia o explotación. La alienación sólo tiene sentido una vez que aparece un estado social donde los hombres son declarados formalmente iguales, pero al mismo tiempo son despojados de su propio ser”.[17] La diferencia está clara si reparamos en el hecho de que en el capitalismo “solo algunos son explotados, mientras que todos están alienados en diversos grados”.[18] ¿Cómo y cuándo se produce ese tránsito de la explotación a la alienación?

La forma de producción capitalista introduce una novedad: la soledad radical del individuo, su “extirpación dolorosa” (Constanzo Preve) de las comunidades anteriores de pertenencia. Algo que, si bien no era totalmente evidente en los siglos XIX y parte del XX –cuando el capitalismo aún se veía obligado a convivir/transigir con formas de socialización pre-modernas (familias, clanes, naciones, culturas, religiones)– sí lo es en la presente era del capitalismo absoluto. En su primer esbozo de la crítica de la economía política –señala el filósofo marxiano Denis Collin– “Marx describe el poder del dinero como alienación de la actividad humana. El hombre se prosterna ante la creación de su propio espíritu, de su propia actividad”.[19] El poder del dinero y la monetización de los aspectos más recónditos de la personalidad humana han barrido todo lo demás. No en vano hemos pasado del “libre mercado” a la “economía de mercado” y de ahí a la “sociedad de mercado”.[20] La sociedad ha sido absorbida por el mercado y el mercado ha colonizado hasta la constitución biológica del ser humano. La teoría de género, el trans-humanismo y la exaltación del desarraigo son las puntas de lanza de esa desposesión del Ser del hombre. El hombre como “tabla rasa” listo para cualquier prótesis identitaria. No tiene nada de extraño que el “migrante” se eleve a gran arquetipo de nuestro tiempo. ¡Todos somos migrantes! aúllan los altavoces del sistema. El objetivo final, como señala el filósofo italiano Diego Fusaro, “no es hacer que los inmigrantes sean como nosotros, sino hacer que nosotros seamos como ellos: sin derechos, desarraigados, con salarios de miseria”. Es el “hombre sin patria” del que hablaba Heidegger. El hombre al que se le ha privado no ya de sus medios de subsistencia, sino de también de su identidad. Con él la alienación completa su ciclo.(Continuará)

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