OTRAS VOCES: ¿SON FASCISTAS TRUMP, SALVINI, MADURO O RAJOY? 101 AÑOS DE USO Y ABUSO DEL FASCISMO

Arriba: Benito Mussolini en 1940. (Cordon Press)

La palabra, que tras la II Guerra Mundial y la derrota del Eje quedó un poco en desuso y era sólo un ejemplo de que todo tiempo pasado fue peor, se zarandea hoy por todos lados.

Por, JAVIER BRANDOLI. ROMA- El Confidencial

¿Es usted fascista? Empecemos por una definición para intentar entender el concepto. Según la Real Academia Española de la lengua, el fascismo es un “movimiento político y social de carácter totalitario (…) que se caracteriza por el corporativismo y la exaltación nacionalista“. En la acepción tres, añade: “Actitud autoritaria y antidemocrática”.

Se cumple este 23 de febrero el 101 cumpleaños del nacimiento de esa ideología en Italia por Benito Mussolini, quien creó en este mismo día de 1919 el grupo Fasci Italiani di Combattimento. La palabra, que tras la II Guerra Mundial y la derrota del Eje quedó un poco en desuso y era sólo un ejemplo de que todo tiempo pasado fue peor, se zarandea hoy por todos lados. En ocasiones con razón, con legítimo miedo, y en ocasiones por simplismo, oportunismo y rentabilidad electoral y mediática.

Los términos tienen el peligro de que tras manosearse mucho y manosearse mal pierdan su significado. Y ahora, cuando el nuevo fascismo, revestido de populismo y readaptado a los nuevos tiempos, llama a la puerta en algunos lugares, el término está tan devaluado como para haberse aplicado -por rivales políticos o medios de comunicación a Salvini, Trump, Fidel Castro, Reagan, Kim Jong-un, Boris Johnson, Mugabe, Bolsonaro, Tony Blair, Mussolini, Felipe González, Daniel Ortega, Bush, Putin, Maduro, Nayib Bukele, Erdogan, Duterte, López Obrador, Orban o Rajoy. No parece fácil meter a todos estos personajes y sus ideas en un mismo saco. Ni siquiera en un mismo cuarto. ¿Qué es fascismo y dónde hay un peligro fascista?

Los normales familias fascistas italianas

Italia, donde vivo ahora, está absorta en este debate. El país que creo el fascismo ve como un siglo después sus plazas y calles se llenan de seguidores y opositores a un ideario del que el presunto culpable ha renegado. “Yo no soy fascista”, ha dicho Matteo Salvini, líder de la Lega y favorito en las encuestas para ser el próximo primer ministro italiano. ¿Un nuevo rasgo del fascismo es renegar de él? Decía Primo Levi, escritor italiano de origen judío y superviviente de holocausto, que “toda época tiene su propio fascismo”.

El mes pasado publicábamos un reportaje sobre los partisanos en el que representantes de dos asociaciones de los verdaderos combatientes del fascismo en Italia mantenían ideas divergentes sobre si Salvini era -o no- un fascista. “Salvini es un riesgo para las ideas partisanas. Es fascismo. Hace manifestaciones totalitarias como el fascismo”, opinaba Anna Cocchi, presidenta de la Asociación de Partisanos de Bolonia. “Hay una tendencia a llamar fascismo a todo. A Salvini se le puede llamar racista, insolidario, pero no fascista porque ese es un término del pasado”, contestaba Maurizio Gentilini, secretario nacional de los Partisanos Cristianos.

En un reciente mitin de la Lega, hablando con algunos de sus seguidores, no encontré ninguno que apoyara la abolición de la democracia y de derechos fundamentales, pero sí encontré un nacionalismo muy caldeado, rechazo a los inmigrantes y una total fascinación por su supremo líder. Según la acepción de la RAE, por tanto, se cumplía a medias los requisitos fascistas. Porque si el nacionalismo, el rechazo a los inmigrantes y el deseo de tener un cabecilla fuerte en contra de una clase política que se considera corrupta e inútil es fascismo, yo he vivido o viajado por medio mundo fascista sin saberlo.

La Lega, en mi opinión, no es un partido fascista, ni sus bases son fascistas, aunque pueda haber voto útil del fascismo en ella. “Me da esperanza para mis nietos”. “Es un hombre fuerte que defiende a los italianos”. “El capitán (a Salvini se le conoce como ‘il capitano’) defiende a Italia”. Esas son frases que recopilé de sus seguidores. Ninguno era un camisa negra violento, ni un cabeza rapada tatuado con botas de cuero. Eran personas normales, familias, que han encontrado en el mensaje racista y simplista de Salvini (opinión propia) una cirugía de emergencia para sus dolores. Una de las recetas del fascismo/populismo es amputar el brazo si tienes reuma en el codo. Funciona, el dolor del codo desaparece.

La Lega no es fascista, nació como un partido nacionalista e independentista del norte, y sus votantes mayoritariamente no son fascistas, aunque de ahí recoge votos, pero eso no significa que no haya el riesgo de que pueda acabar siéndolo. Muchos practican el fascismo y otro clases de “ismos” sin reconocerlo.

Los bofetones sudafricanos

W y L eran una pareja de sudafricanos blancos de clase media-baja que vivía en Vilanculos, Mozambique, en 2012. Ella tenía el cuerpo de un camión y él de un autobús de dos pisos. Venían a veces a comer al hotel donde yo vivía. Una tarde me contaban que “la gente no sabíamos lo que se hacía durante el ‘apartheid’. El Gobierno no enseñaba esas cosas por televisión. Nosotros nos somos racistas”. Semanas después, una noche que regresaba al lodge con mi colega Paolo, los encontramos en una pelea con un grupo de mozambiqueños negros en medio de la calle por un accidente de tráfico. Ella imitaba a un chimpancé y les llamaba ‘kaffirs’ (negratas), mientras soltaba bofetadas a tipos de la mitad de su tamaño. Intentábamos separarlos, hasta que una patada en la espalda de ella que la tiró al suelo hizo que se metieran en el coche y salieran huyendo. Parecían algo más racistas que lo que me dijeron en mi hotel.

Ya había oído esa versión del desconocimiento del ‘apartheid’ antes. Una de las cosas más sorprendentes que me pasaron los dos años que viví en Sudáfrica, 2010 y 2011, fue comprobar que algunos blancos decían ignorar la magnitud de la segregación. Muchos, nacidos en ese estado de derecho, dieron por bueno sin hacerse más preguntas que una sirena sonara en una ciudad a las 18 horas y toda la población de piel más oscura que la suya tuviera que irse a vivir a los miserables guetos.

¿La mayoría de la población sudafricana estaba a favor del ‘apartheid’? El ‘apartheid’ sale de las urnas con el empuje y apoyo masivo de las clases obreras blancas. Obreros y no terratenientes lo impulsaron más que nadie. ¿Les suena? Tras el impacto de la II Guerra Mundial, con las clases bajas mineras blancas perdiendo sus empleos por la incorporación de los baratos obreros negros y con un fortísimo sentimiento religioso de ser ‘el pueblo elegido’, el triunfo del ideario supremacista necesitó sólo unos líderes y un montón de gente que apoyaba mirando -cuando la cosa era demasiado cruel para sus piadosas creencias- para otro lado.

El ‘apartheid’ se ha identificado con el fascismo. ¿Lo era? Había desde luego el componente ultranacionalista, Sudáfrica no era una colonia europea sino un país autóctono, antidemocrático y la libre economía de mercado se supeditaba a la subsistencia del régimen. El ‘apartheid’ era fascismo, o muy parecido al fascismo, pero les asegura que muy pocos sudafricanos blancos se reconocían entonces como fascistas. Siempre hay un ‘pero’ por el que cabe todo.

“Negotiator, no terminator”

En los cuatro años que viví en México, en los que viajé continuamente a Estados Unidos, en la prensa nadie sabía al principio cómo calificar a Trump. Era un empresario, racista, juerguista, deslenguado y provocador. Parecía que su paso por la política iba a ser parte de un ‘show’ y uno de cachondeo se lo imaginaba bailando vestido de oro y rodeado de pollos en un anuncio de televisión o presumiendo en una conversación con un colega de agarrar a las mujeres por la entrepierna y besarlas, porque cuando eres una estrella ellas se dejan hacer todo. ¿Se imaginan que lo hubiera hecho?

¿Cómo iban a votar por un hombre casado tres veces, con escándalos económicos y de relaciones sexuales, los conservadores evangelistas de Texas, los mormones de Utah y los metodistas de Ohio? Lo hicieron. Lo sorprendente de Trump no es ya que ganara las elecciones de 2016 a Hillary Clinton, es que consiguiera ser el candidato republicano venciendo a opciones muy conservadoras como la de Ted Cruz.

En los tres estados con mayor renta per cápita, ganó la opción demócrata, mientras que en los tres estados con menor renta, ganó Trump

“De todos los candidatos, la mayoría elegiríamos para tomar una cerveza a Trump“, me simplificaba una vez un analista político. En ese todos bastaba con que lo hicieran el número exacto de personas que los viernes por la noche hablan en un bar de la entrepierna del que tienen sentado al lado y les encanta comer pollo frito.

En el triunfo de Trump encontré otro dato interesante que confirmaba lo que vi previamente viajando por el país. En los tres estados con mayor renta per cápita Massachusetts, Connecticut y Nueva York- ganó la opción demócrata (¿izquierda?) de Hillary Clinton; mientras que en los tres estados con menor renta -Missisipi, Idaho y Virginia Occidental- ganó la opción republicana (¿derecha?) de Trump. No parece que la nueva ultraderecha venga aquí, como en Sudáfrica, de las clases altas.

Tras la victoria hubo que buscarle rápidamente una ideología en la que encuadrar a un político que rompía todos los moldes. Fascista. Trump es un fascista. Y la palabra parece más un desahogo que una realidad. “Trump no es ‘Terminator’, es ‘Negotiator’”, nos dijo el multimillonario Carlos Slim, el entonces hombre más rico del mundo, en una multitudinaria rueda de prensa que asistimos medio México tras el triunfo del magnate inmobiliario. Slim, tras una comparecencia de dos horas, quiso explicar que Trump negocia su ideología y eso está muy lejos de los estrictos límites que marca el fascismo. Hasta ahora esa me parece la mejor definición del neoyorquino que he escuchado.

Porque Trump es sólo Trumpista, y ha inventado una forma de hacer política que muchos están imitando. Ya saben: Twitter, patria, ‘fake news’, casta y autoritarismo.

El falso epitafio del fascismo en América Latina

El 15 de junio de 2014, un entonces empresario y alcalde del pequeño municipio salvadoreño de Nuevo Cuscatlán escribía en su cuenta de Twitter: “Queda claro que el fascismo ha muerto en Latinoamérica #NuevosTiempos”. El mensaje se refería a la victoria en las elecciones de Colombia de Juan Manuel Santos frente al candidato conservador Óscar Iván Zuluaga. No era previsible entonces imaginar que casi seis años después ese político, Nayib Bukele, sería el presidente de su país y lo gobernaría desde esa misma cuenta de la red social en la que hoy le llaman fascista a él.

Me tocó ir varias veces a El Salvador por trabajo. Ahí conocí y entrevisté a Guillermo Gallegos, entonces líder y fundador de una nueva fuerza política, GANA. Era un hombre muy religioso, amable y con una ideología radical de lucha frontal contra las maras y los homicidios que desangraban el país y que en 2015 lo convirtieron en el lugar más violento del planeta: “Quiero implementar la pena de muerte. Ante situaciones extremas se toman medidas extremas”, me dijo. Cuando le interpelé en varias ocasiones sobre la medida me contestó: “Ya tenemos la pena de muerte en El Salvador, se practica a diario y la realizan las pandillas”.

La propuesta de Gallegos no era mal vista en las barriadas donde las pandillas imponían su régimen de terror. “Son unos asesinos que merecen ir al infierno. Hay que acabarlos”, me dijo una pareja a la que habían matado a su hijo.

Finalmente, Gallegos no fue el candidato a la presidencia de su partido, sino que fue un joven Bukele, entonces alcalde la capital, San Salvador, y que dejó el histórico FMLN para poder ser cabeza de ratón. Con 37 años y su aire de ‘hipster’, sus videos conduciendo coches deportivos y su buena gestión durante dos mandatos como alcalde, vencía las elecciones de un país hundido entre corrupción, violencia y miseria.

Y entonces comenzó el ‘show Bukele’ y una nueva forma de ejercer el poder. Da las órdenes a sus ministros por Twitter, es un alumno mejorado de Trump y la última semana ha saltado a los medios por meter al ejército en el parlamento y movilizar a sus seguidores en las calles ante la negativa del resto de parlamentarios de aprobar fondos para su plan de lucha contra las pandillas. Desplegar un cuerpo de soldados entre los escaños y tener en la puerta a unos cientos de seguidores aclamando la medida ha hecho saltar las alarmas de algunos. Nidia Díaz, líder del grupo parlamentario del FMLN, dijo que “es una medida fascista”. ¡Quién iba a decir que el hombre que escribió el epitafio del fascismo latinoamericano tiene ramalazos preocupantes de reanimarlo!

Fascismo islámico

“Este es un país de hijos de puta en el que habría que matarnos a todos y empezar de nuevo para que tenga remedio”, nos decía asomados un balcón que daba a la plaza Tahrir, en la pensión Golden, un señor egipcio mayor, casi con lágrimas, que contemplaba como unas tanquetas del ejército tomaban la rotonda entre algunos abucheos. Era principios de 2014 y el que parecía como inicio de un fascismo democrático e islamista de los Hermanos Musulmanes acababa de ser sustituido por el fascismo militar del general Abdelfatah al Sisi.

Los curioso es que el proceso inverso lo tropezamos en el país siguiente que cruzamos, más al sur, donde una democracia había sido derrocada en un golpe de estado por el radicalismo islamista del teniente general Ahmad al Bashir en 1998.

Sudán en 2014 era considerado uno de los regímenes autoritarios más crueles del planeta y una de las repúblicas islámicas más fundamentalistas. Menos la belleza de su desierto y la calidez de sus gentes, especialmente amables y generosas, todo estaba prohibido en uno de los mejores ejemplos de fascismo islámico. “Aquí no hay nada libre”, nos dijo un anciano al que le faltaba una pierna, y que trabajaba en la pensión Al Nasser en la ciudad de Karima, mientras nos acompañaba a inscribirnos en la Security Office para que nos concedieran el permiso de pernocta. “Yo soy universitario, pero tengo que vender piezas de automóvil para ganarme la vida. Algún día cambiará mi gobierno. Ellos dicen que son musulmanes, pero en realidad no lo son”, nos decía esa misma noche un joven que vendía piezas de automóvil en un mercadillo. En Sudán no había duda, había fascismo puro, sin complejos ni atajos, donde las libertades se habían cercenado todas.

He leído que la ex secretaria de estado de EE.UU, Madeleine Albright, en una entrevista con El País tras publicar su libro, “Fascismo, una advertencia”, aseguraba que “fascista es un matón con un ejército”. Mi sensación es que queda corta la sentencia. Un fascista puede venir con un ejército de armas, como Al Sisi y Al Bashir, o con un ejército de votos como, por ejemplo, Hitler o Mugabe que ganaron unas elecciones y ambos acabaron demoliendo desde dentro su propia democracia. Siempre hay que recordar la frase del padre de este invento, Mussolini, quien decía que “si desplumas un pollo pluma a pluma, nadie lo nota”.

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