SIGUE LA JODEDERA DE LOS DESENTIERROS EN ESPAÑA: QUEIPO DE LLANO Y EL PAPA.Una plataforma pide que, tras la exhumación de los restos de Franco, salga también de su tumba en la Macarena el general que sometió a Sevilla en el estallido de la Guerra Civil

Protestas frente a la Basílica de la Macarena, donde está enterrado Queipo de Llano. (EC)

 Por, Javier Caraballo- El Confidencial

Camino de la Basílica de la Macarena, por una calle de adoquines antiguos, suenan campanas de misa y gritos de pañuelos negros. “Queipo, fuera”. Es domingo, uno más en esta Iglesia y en su entorno de sol y de bares, pero hoy se celebra la Función Principal de la Hermandad y a esa hora, en la misa de las once y media, se han citado allí mismo los integrantes de una plataforma que pide que, tras la exhumación de los restos de Franco del Valle de los Caídos, salga también de su tumba en la Macarena el general que sometió a Sevilla con cientos o miles de asesinatos en el estallido de la Guerra Civil.

Las batallas que se libran casi un siglo después de finalizadas siempre ofrecen estampas llamativas. Una niña de luto, en el centro de un círculo de fotos de los asesinados entonces, en el comienzo de la Guerra Civil española, en 1936; la niña miraba a su alrededor, con el pañuelo de luto que le había colocado su madre en el pelo y un osito de peluche colgado de la mochila. Dentro de la Basílica, durante la función principal de la Hermandad de la Macarena, los feligreses abarrotaban el templo; las tumbas de Queipo de Llano y de su mujer, Genoveva, ni siquiera se veían porque la gente había colocado sillas sobre ellas, y unos cuantos más buscaron su espacio en esa capilla, la primera a la izquierda, en la que están enterrados.

Sonaban, incesantes, las campanas en una llamativa competencia con los altavoces de los concentrados, en torno a un centenar, que emitían un ‘ora pro nobis’ de fondo con discursos de Queipo de Llano y consignas varias contra el fascismo. Campanas en la Basílica y el ‘ora pro nobis’ de protesta en la calle; la Iglesia en el centro. Acaso esté ahí una de las claves menos exploradas de esta polémica. La hipocresía de la Iglesia solo está al alcance de una institución milenaria, que ha convertido en un arte saber navegar en todas las aguas, surcar todas las tormentas, y no salpicarse jamás. Debe ser eso que llamamos ‘diplomacia vaticana’.

Quiere decirse que, en un proceso como este de Memoria Histórica de España, hay que asumir que la Iglesia tenga un discurso y el contrario, de forma simultánea, y sin que nadie de la jerarquía púrpura se llame a escándalo. Un, día, por ejemplo, el Papa Francisco adopta el discurso del censor universal y le recrimina a un país como España que no haya sabido culminar la Transición desde el franquismo a la democracia por la ‘injusticia’ de las víctimas de la represión que siguen en las cunetas. Aunque hayan pasado más de 80 años y a pesar de que se hayan aprobado todas las leyes posibles de reconocimiento y consideración de esas víctimas y de sus familiares, incluyendo la investigación de las fosas comunes y la exhumación, allí donde es posible. Pues bien, el Papa Francisco, como se recordará, le tiró de las orejas a España y dijo aquello de que “una sociedad no puede sonreír al futuro teniendo sus muertos escondidos”.

Muy, bien, pero ¿por qué no le da al Papa por decir lo mismo de aquello que afecta exclusivamente a la Iglesia? ¿Por qué no le da por predicar con el ejemplo? El Papa no puede hacer ese discurso y, después, que un sacerdote de la misma Iglesia diga en el funeral de exhumación Franco que el dictador fue “un humilde servidor de Cristo Redentor, que supo donar en gratuidad su vida y el espíritu de un fiel cristiano que sentía como la gracia santificante hacía hogar en su alma y lo lanzaba a la entrega generosa y sacrificial de su ser a Dios y a España, realidades transcendentes, que lo conformaron a lo largo de su vida como cristiano fiel y español ejemplar”. Como con Queipo de Llano, también un sacerdote, en el nombre de Dios, dirá lo mismo cuando llegue la exhumación.

En fin… La única parte de la Memoria Histórica que sirve fielmente a su propósito de memoria, de recuerdo, es la posibilidad, como ahora, de recordar que, aunque el destino haya unido sus ataúdes en una cadena, como eslabones consecutivos, la realidad es que Franco y Queipo de Llano se odiaron, se despreciaron en vida con todas sus energías. Si no se pegaron un tiro fue, quizá, porque ninguno de los dos quería desperdiciar balas con ‘fuego amigo’. Queipo de Llano, que había sido jefe de Franco en África, siempre consideró que era cobardón, y lo llamaba, despectivamente, “Paca la culona”. Y Franco, en cuanto consiguió alzarse sobre todos sus rivales y condecorarse con el título máximo de Caudillo y Generalísimo, se deshizo de Queipo de Llano, le prohibió entrar en Sevilla, lo envió a Italia y, previamente, le hizo saber a Mussolini, con una carta, que no lo perdiera de vista, que era un “peligroso antifascista”.

No podían verse, pero les unía la feroz dedicación de ambos en la represión, sobre todo en el caso de Queipo de Llano que, sin titubear, secundó el golpe de Estado y lo mantuvo, a pesar del fracaso inicial. Instauró la ‘guerra psicológica’ con las charlas diarias, por la noche, en Radio Sevilla, con las que sembraba el terror y la humillación, cuando se mofaba de las mujeres de “los milicianos maricones; ahora por lo menos sabrán lo que son los hombres de verdad. No se van a librar por mucho que berreen y pataleen”. Cuando regresó en 1942, ya escarmentado en su pugna con Franco, se estableció en Sevilla, pero alejado de cualquier responsabilidad civil o militar. Es cuando comienza su ‘idilio’ con la ciudad y con las cofradías de Semana Santa, entre ellas la Macarena. José María Pemán lo llamaba “general speaker, torre del buen humor y de optimismo, segunda Giralda de Sevilla”. Cosas…

La protesta ha terminado. Sin incidentes. Ya se han alejado los gritos y se han callado las campanas. Vuelva a su normalidad de mediodía de domingo la calle de adoquines que llega hasta la Basílica y la muralla misma de la puerta de la Macarena, por donde ya entraban las legiones romanas de Julio César, por donde se coló disfrazado el rey San Fernando antes de la conquista de Sevilla. También donde sonaron los disparos secos de la brutal represión, de la burla asesina de quien se hizo con el título de ‘Carnicero de Sevilla’ antes de darle nombre de cristos y vírgenes y de reposar en una tumba que, más temprano que tarde, acabará cimentada y con sus restos fuera. A Queipo de Llano se le ha caído encima todo el peso de la historia. Hasta en la exhumación el destino le ha guardado tener que seguir fielmente a ‘Paca la culona’.

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