¿AHORA SÍ, QUÉ?

Bill Clinton firmando la Ley Helms-Burton, mientras la debilitaba no aplicando los acápites fuertes de la misma 

Por Vicente P. Escobal-Especial para Nuevo Acción

La inesperada noticia sobre la “normalización” de las relaciones entre Estados Unidos y Cuba dejó desconcertado a no pocos en el mundo.

Cuba, esgrimiendo desde hace casi seis décadas la bandera del “antimperialismo”, arrojando virulentos ataques contra los yanquis e incluso sugiriendo el lanzamiento de cohetes nucleares a las principales ciudades estadounidenses, aceptó la rama de olivo extendida desde Washington por una administración complaciente e incapaz de comprender lo que ha significado para Cuba, y para el resto de América Latina, la llamada revolución cubana.

Todos, desde cada una de nuestros diferentes enfoques ideológicos, queremos lo mejor para Cuba y para los cubanos. No aspiramos a una nación arrasada por la barbarie estalinista que demore sesenta años más en alcanzar su libertad, como tampoco aspiramos a poner en riesgo su soberanía.

En el ámbito de las relaciones de Cuba con Estados Unidos las llamadas sanciones económicas han constituido el tema más controversial, cuyo debate implica discrepancias incluso entre quienes se oponen al castrismo. Es bueno recordar que el embargo y las sanciones de Washington a La Habana constituyen el argumento que más fragmenta a los cubanos a ambos lados del estrecho de la Florida.

¿Qué significaría el levantamiento de las sanciones? ¿Sería razonable creer que la reconquista de la libertad y la democracia para Cuba dependen de las decisiones del gobierno de Estados Unidos? ¿Conseguirían los turistas estadounidenses cambiar la esencia absolutista y represiva del castrismo? ¿Lograría aquel régimen hacer más eficiente, próspera y competitiva la economía si se suspendieran unilateralmente las sanciones? ¿Qué indujo al régimen castrista a aceptar la normalización de las relaciones con Estados Unidos? ¿Constituyó un error de los asesores del presidente Obama o fue una decisión personal?

No es ocioso recordar que a la dictadura le interesa bien poco la felicidad de los cubanos, algo que ha demostrado por sesenta años. En el fondo de su retórica populista se mueve un único  propósito: mantener el poder al precio que sea necesario, preservar los privilegios e hipnotizar a los cubanos con espejismos y promesas.

Cuba no es una isla aislada comercialmente del resto del mundo como consecuencia de las sanciones. Cuba tiene acceso a todos los mercados internacionales incluso, y aunque resulte paradójico, al de Estados Unidos. No hay un solo país que haya puesto obstáculos en sus relaciones con la isla. El único requerimiento es que cumpla sus obligaciones y honre sus compromisos. La época en que las relaciones de Cuba con la URSS y sus satélites de Europa oriental se mantenían gracias al intercambio de azúcar por chatarras ya concluyó. La globalización de la economía ya no responde a los absurdos esquemas y criterios del Consejo de Ayuda Mutua Económica (CAME) cuya política desangró literalmente la economía cubana.

No ha sido justamente el embargo económico el que ha conducido a Cuba por el sendero de la depauperación y la improductividad hasta llevarla al nivel en que actualmente se encuentra ni el que echó a andar un terrible sistema de represión y terror.

La filosofía castrista eliminó todo vestigio de progreso económico en Cuba y lo hizo de una manera deliberada y fría, alcanzando por momentos una dimensión criminal. Y esa filosofía estúpida afectó la capacidad productiva de la nación y la probada capacidad del cubano en términos profesionales y empresariales.

Un considerable número de cubanos con una incuestionable formación profesional abandonaron la isla mientras la improvisación y el ordeno y mando, junto a la mediocridad y la incompetencia, desataban sobre la isla sus nocivos resultados.

Y es justamente la ocultación de esa devastación la que se relaciona con algunas consideraciones más específicas. La primera de esas razones tiene que ver con la idea de la revolución, del antiamericanismo, de la defensa de la dignidad y la independencia nacionales. En muchas mentes calenturientas persiste la idea de la bandera roja ondeando sobre el Kremlin, las imágenes de Marx, Engels y Lenin presidiendo los desfiles militares en la Plaza Roja de Moscú o la foto del Che Guevara en la Plaza de la Revolución en La Habana.  Esa “pasión revolucionaria” es la que impulsa a ciertos sectores del gobierno estadounidense a influir en la política de la Casa Blanca respecto a Cuba. Y junto a esa política los cuestionables objetivos de los sectores económicos.

El peor embargo impuesto a los cubanos es aquel que ha limitado su capacidad creadora, reduciendo al mínimo la posibilidad de convertirse en auténticos forjadores de su futuro.  El embargo que sufre la sociedad cubana y que le ha impedido evolucionar hacia un sistema de prosperidad y bienestar se enmarca en las políticas represivas dirigidas contra la libertad de expresión, de inversión, de asociación, de emigración.

¿Puede una decisión de la administración de Estados Unidos eliminar el sufrimiento provocado por una dictadura que ha durado sesenta años? ¿Se puede ser indulgente y solidario con ese régimen? ¿Qué se puede hacer cuando se trata de imponer la democracia y el Estado de Derecho incluso en países sometidos a tiranías crueles en países tan lejanos como Irak, Siria, Libia, Egipto mientras en esa pequeña nación del Mar Caribe, a solo unas cuantas millas de Estados Unidos, un pueblo se debate entre la tiranía y la democracia?  Resulta evidente que más allá de las declaraciones oficiales no hay un compromiso real con la libertad de Cuba.

Los cubanos hemos vivido todos estos años de tiranía como náufragos en un mar de promesas. Cada cierto tiempo el presidente electo de EE.UU. nos embriaga con un rosario de compromisos con la libertad de nuestra patria. Y nos hemos acostumbrado a esos espectáculos cargados de teatralidad, demagogia y retórica. Y es tanto el dolor acumulado que aplaudimos delirantemente y nos autoconsolamos con el socorrido “ahora sí…”

Ahora sí. ¿qué? Tuvimos un “ahora sí” cuando Bahía de Cochinos, cuando la “Crisis de los Misiles”, cuando Reagan, cuando Bush, incluso cuando Clinton. Un “ahora sí” cuando el Escambray.

Pero si hay algo que caracteriza y define al cubano es su proverbial optimismo, su certeza de que más allá de las promesas y las declaraciones siempre queda la certeza de la libertad y por muy obscuro que sea el lodazal de la incertidumbre el dolor lo mitiga el sueño de la libertad.

Tiene que doler, y de hecho duele y mucho, la indiferencia de un líder mundial como Estados Unidos hacia la tragedia que ha enlutado y empobrecido a Cuba

Un Comentario sobre “¿AHORA SÍ, QUÉ?

  1. Brillante texto. Gracias Nuevo Acción por publicar al Sr. Escobal.

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