¡AMUCHÁSTEGUI, NO ME DEFIENDAS!

DOMINGOAMUCHASTEGUI

Foto: Domingo Amuchástegui

JORGERIOPEDREPor, Jorge Riopedre

De mirada lánguida, cuerpo huesudo, movimiento lento y calculado, el ex agente de la seguridad del estado cubano, Domingo Amuchástegui,(foto principal que ilustra este trabajo) convive hoy entre nosotros tan placenteramente como cualquier opositor o disidente del sistema que lo preparó a él para combatirnos y promover el continuismo político del Partido Comunista de Cuba.

Económico al hablar, no suele hacer inversiones dialécticas irreflexivas o por puro altruismo, no necesariamente por falta de generosidad, que algo le debe quedar, sino más bien por apego al a las reglas del oficio, pautas similares en cualquier orilla, que permanecen activas en la memoria del operador aún después de colgar el hábito.

Me refiero a la triangulación iniciada por el ahora cubanólogo Domingo Amuchástegui con Rosa Miriam Elizalde (CUBADEBATE), e Iroel Sánchez (LA PUPILA INSOMNE) en favor de Roberto Veiga, el profesor Arturo López-Levy y el empresario Carlos Saladrigas, figuras polémicas de cierto relieve en el acontecer cubano, víctimas (según Amuchástegui), de las ácidas críticas de Sánchez.

La triangulación es un concepto utilizado en el estudio de sistemas familiares disfuncionales, mecanismo tomado prestado de la geometría para intervenir en la dinámica familiar cuando la comunicación directa entre uno o varios miembros de una familia se interrumpe, como al parecer ocurre en este caso. Nada habría que agregar si no fuera porque los buenos oficios de Amuchástegui son cuestionables.

Roberto Veiga y Carlos Saladrigas no están con la revolución como alega Amuchástegui, cada uno busca la mejor manera de insertarse en el proceso cubano sin esperar a la desaparición de la cúpula gobernante que ha sostenido la dictadura cubana por más de medio siglo. Uno puede estar de acuerdo o no con la estrategia que cada uno de ellos emplea, pero hay suficientes elementos de juicio para creer que ambos aspiran a una Cuba distinta al delirante sistema que hoy impera en la isla.

En realidad, la acidez de Iroel Sánchez tiene más sentido que el argumento aparentemente benévolo de Amuchástegui: Veiga y Saladrigas no fraternizan con el absolutismo castrista, al contrario, desean que Cuba evolucione por la vía pacífica hacia la democracia, aspiración bien conocida y a menudo confirmada por ellos mismos en la manera que actúan y se expresan. ¿Y qué pinta Arturo López-Levy emparedado entre Veiga y Saladrigas? Nada, puro diversionismo mediático.

Amuchástegui y Sánchez me recuerdan al policía bueno y al policía malo, antigua estrategia que empleaban los segurosos en Villa Marista para manipular a los prisioneros. Iroel (el malo), por ejemplo, crea una crisis presentando a Veiga y Saladrigas como quintacolumnistas, gente ideológicamente contaminada, dando la oportunidad a Domingo (el bueno), para elaborar una síntesis demoledora: no hay nada que temer, Roberto y Carlos son los hijos pródigos de la revolución, gente descarrilada que vuelve al redil.

Este episodio no pasa de ser puro comadreo de gente cancelada por la historia, figuras ruidosas pero insignificantes de un proceso agotado que se acerca a su disolución definitiva. Visto y comprobado el hecho, Veiga y Saladrigas tendrían sobradas razones para exclamar, ¡Amuchástegui, no me defiendas!

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