“HE ARADO EN EL MAR”

simonbolivar

JORGERIOPEDREPor, Jorge Riopedre

La sorpresiva victoria del NO al plan de paz en Colombia parece haber sufrido ya su primer revés, tras ser galardonado el presidente Juan Manuel Santos con el premio Nobel de la Paz. Esto no implica que la distinción sea inmerecida, al contrario, como Ministro de Defensa de Álvaro Uribe, Santos le ocasionó fuertes e importantes bajas a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), una bien ganada reputación que le autoriza a invocar la paz. Sin embargo, la apresurada acción de Oslo cuando aún no ha concluido el proceso desplaza la oposición a un segundo plano, porque anida un valor simbólico que va más allá del galardón otorgado al mandatario colombiano: su significante es el respaldo internacional al acuerdo de paz y su significado que el acuerdo de paz no tiene marcha atrás.

La oposición liderada por Uribe sostiene que si se presentase el caso ante un tribunal de justicia independiente, el fallo no se haría esperar: la guerrilla abandonó en fecha lejana lo que al parecer era el motivo original de su lucha armada: la desigualdad social, la tenencia de la tierra y la corrupción administrativa, para luego evolucionar ideológicamente hacia una estructura interna totalitaria comunista de una violencia sin límites apuntalado por el dinero del narcotráfico. Así lo ven algunos historiadores, dijo el diplomático colombiano Eduardo Pizarro al diario La Nación de fecha 11 de febrero de 2015: “No ha sido una guerra justa por la tremenda desproporción entre los objetivos que se propuso la guerrilla y las consecuencias del conflicto”.

Son muchos los que piensan que pactar un acuerdo de paz en las presentes condiciones absolvería y allanaría el camino a los dirigentes de las FARC a la presidencia del país, apertura equivalente a un suicidio político semejante al acontecido en Venezuela por ignorar las enseñanzas de la historia. Con ese caudal de experiencia hay que estar ciego para no ver las maniobras de las cancillerías interesadas en hacer cumplir los objetivos trazados por ellos en la hoja de ruta con el propósito de transformar la región.

A juzgar por las declaraciones de Juan Manuel Santos al diario El Universal de fecha 4 de marzo de 2016, las claves de esta evolución hay que buscarlas en Washington: “Sin ninguna duda, Colombia no hubiera podido estar tan cerca de la paz sin el apoyo de Estados Unidos”.

Por casi dos siglos, las relaciones de Estados Unidos con Hispanoamérica se han visto ensombrecidas por caudillos o dictadores al frente de gobiernos caóticos, países rodeados de favelas, barrios o chabolas miserables, reflejo lamentable de una enorme desigualdad social que persiste hasta el día de hoy. Una región así no podía despertar mucho interés en el ámbito de la política exterior estadounidense, conducida sin sobresaltos por la ausencia de amenazas a la seguridad nacional de Estados Unidos.

Todo esto cambió con la instalación de misiles soviéticos en Cuba, la posterior expansión castrista en Hispanoamérica y su atrevida aventura africana, aplaudida por combatir el apartheid en Sudáfrica e incluso tolerada por proteger las instalaciones petroleras de Chevron en Cabinda. Periplo histórico en el que la cúpula gobernante cubana adquirió una experiencia organizativa, técnica y militar sin precedente en Hispanoamérica, trayecto analizado pragmáticamente por la inteligencia norteamericana obviando la naturaleza absolutista del régimen cubano con miras a una nueva estrategia de integración económica y política. Ayer como hoy, Colombia es la clave, la piedra angular de las futuras relaciones hemisféricas, sujetas a interpretaciones divergentes desde el siglo XIX.

En 1822, Simón Bolívar propuso crear la Gran Colombia, proyecto de integración regional que el Libertador intentó concretar sin éxito en el Congreso de Panamá en 1826, precursora de la Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños (CELAC).

Estados Unidos elaboró su propio plan de integración en 1823 en torno a la Doctrina Monroe, proyecto que culmina en 1889 con la Primera Conferencia Panamericana, precursora de la Organización de Estados Americanos (OEA). Desde entonces, los proyectos de integración siguen la pauta bolivariana o el modelo panamericano. El primero busca la unidad de América Latina, el segundo busca la unidad de todo el continente.

Si nos atenemos a la nueva política exterior de Estados Unidos con relación a Cuba, podemos inferir que Washington ha seleccionado a La Habana como interlocutor o agente de cambio en Hispanoamérica. Allí se trazaron los planos para una Gran Colombia de nuevo cuño a partir de una plaza fuerte en Venezuela con representación política colectiva en la CELAC, sin la intromisión de Estados Unidos.

De modo que las medidas represivas contra la oposición política, escasez de bienes de consumo o deterioro de la infraestructura nacional encontrará justificación en la supuesta necesidad de desmantelar el poder de la oligarquía, la iglesia y los militares. Cabe imaginar que mientras la seguridad nacional de Estados Unidos no se vea amenazada en forma alguna, Washington se contentará con elevar protestas esporádicas por la falta de libertades y abusos a los derechos humanos dondequiera que ocurran, pero nada más.

En este marco dialéctico parece dudoso que el NO al plan de paz en Colombia pueda enfrentarse con éxito a los revolucionarios profesionales que conforman el proyecto bolivariano y mucho menos a los poderosas fuerzas externas dispuestas a respaldar un profundo cambio social en la región. De vivir en esta época, es probable que Simón Bolívar se sintiera inclinado a repetir su lapidaria frase: “He arado en el mar y he sembrado en el viento”.

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