Aspira el Papa a reconciliar el mundo católico con el islámico

Por Antonio J. Fernandez

BENEDCITOXVIEl Santo Padre acaba de decidir darle de nuevo amplios poderes al departamento del Vaticano que se encarga de las relaciones con el mundo islámico. Hace aproximadamente un año que el propio Benedicto XVI había unido al Consejo para el Diálogo Interreligioso -que así se llama el departamento encargado de las “relaciones públicas” con otras religiones- con otro departamento del Vaticano, relativamente menor, que se dedica a los asuntos culturales.

Ahora, desconociéndose aún las razones del cambio de opinión, el Consejo para el Diálogo Interreligioso va a ser reestablecido como un departamento aparte con su propio presidente, que aún no ha sido nombrado, aunque ya se rumora que la persona indicada podría ser el arzobispo Michael Fitzgerald, experto británico en asuntos islámicos, que fungía como presidente del mencionado departamento antes de que Su Santidad lo desarmara y removiera a Fitzgerald de su cargo, despachándolo de manera sumaria a El Cairo para representar al Vaticano ante la Liga Árabe.

Realmente, no creo que pueda llegarse a un entendimiento entre el mundo cristiano y el islámico. Para estos últimos, los que no son musulmanes son “infieles” que hay que exterminar hasta que desaparezca el último de ellos. No hay términos medios ni arreglos ni treguas. El día que puedan poner las manos en un dispositivo nuclear lo van a hacer explotar en el lugar donde pueda hacer el mayor daño a los que no profesan su belicosa religión. Y eso hay que detenerlo y no “irlo dejando para después” porque “después” puede ser demasiado tarde.

No puede haber esperanzas de paz con los seguidores de una religión fanática para los que la inmolación personal de sus creyentes en un acto de terrorismo es ganarse el paraíso eterno y 72 doncellas que, supuestamente, el profeta Mahoma pondrá a su disposición en “la otra vida”.

Con los fanáticos del mundo islámico no puede existir la esperanza de un cambio. Hay sólo dos alternativas: nuestras vidas o la de ellos. No nos queda otra solución que incorporarnos a una “guerra santa” en defensa de nuestros principios, nuestras familias, nuestras costumbres, nuestras vidas y nuestras religiones cristianas. Sé que lo que escribo hoy es duro de asimilar, pero les aseguro que a la larga vamos a tener que hacerlo en defensa propia. No podemos continuar viviendo con las amenazas diarias de nuestro exterminio total y la espada de Saladino siempre pendiente sobre nuestras cabezas.

SALADINOEste último, sultán de Egipto y Mesopotamia, durante la Tercera Cruzada (1187 D.C.), se apoderó de todos los castillos que rodeaban a Jerusalén y puso sitio a la ciudad. Los graves desperfectos causados por las máquinas de asedio desanimaron a sus defensores, que pidieron un armisticio. Saladino se los negó con estas palabras: “Voy a conquistar Jerusalén. Mataré a todos los hombres y me llevaré a las mujeres como esclavas. Mañana tomaremos la ciudad”. A lo que contestaron sus heroicos defensores: “Si hemos de renunciar a toda esperanza por medio de conversaciones, lucharemos desesperadamente hasta el último de nosotros, pegaremos fuego a las casas y destruiremos los templos. Mataremos a los cinco mil prisioneros musulmanes que tenemos hasta no dejar uno. Aniquilaremos nuestros bienes antes que dejároslos. Mataremos a nuestros hijos. Ni un ser humano quedará con vida y perderéis todo el fruto de la victoria”.

Tan altiva respuesta hizo reflexionar a Saladino, quien reunió en un consejo de guerra a sus hombres, que le aconsejaron que aceptase la capitulación de Jerusalén mediante un rescate por cada habitante. Con estas condiciones se rindió por fin la población.

Mi opinión es que poco puede hacer Benedicto XVI dialogando con los musulmanes, porque ellos, como Saladino, no quieren dialogar. Lo que hay que hacer es exactamente lo mismo que los cristianos de Jerusalén hicieron con Saladino: subirle la parada. Pero hagámoslo ahora que no estamos rodeados porque es poco probable que los musulmanes de hoy cumplan lo acordado, como sí hizo Saladino hace 820 años.

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