CANTACLARO

“De ‘naide’ sigo el ejemplo, ‘naide” a dirigirme viene, yo digo lo que conviene, y el que en tal ‘gueya’ se planta, debe cantar, cuando canta, con toda la voz que tiene”

José Hernández en “Martín Fierro”

Por Aldo Rosado-Tuero

En la columna de hoy quiero darles a los lectores que no me conocen personalmente (que son miles) una pequeña semblanza de mi carácter y de mi manera de ser. Para comenzar, digo con el Apóstol, “Yo sé de Egipto y Nigricia y de Persia y Xenofonte, y prefiero la caricia del aire fresco del monte” y como él, “Con los pobres de la tierra quiero yo mi suerte echar, el arroyo de la sierra me complace más que el mar”, por lo que ser llamado guajiro es para mi un orgullo y no una ofensa. Y aunque no soy un guajiro en el sentido estricto de la acepción, he luchado mucho por llegar a serlo, porque  es en el guajiro cubano donde se han guardado en esta época de pobredumbre moral, los elementos más sanos de nuestra nacionalidad. El vocablo para mi es un blasón y no un baldón. Quien crea que llamar a alguien guajiro es una ofensa, no merece ser llamado cubano.

No hay nada más ofensivo para las almas ruines corroidas por la envidia y el odio, que el espectáculo de un hombre feliz y de éxito. Yo siento mucho que mi vida le ponga en salmuera la vesícula biliar a algunos pobres diablos, que no han podido avanzar en sus miserables vidas y que, posiblemente por su misma mediocridad y pobredumbre moral, no logran salir del hoyo en que llevan tantos años, y sufren terriblemente ante los éxitos alcanzados por otros. Mi felicidad no está en compararme con otros, sino en examinar mi vida y lo que Dios, La Vida, la Providencia o La Fuerza, me han permitido que logre, no tanto en el plano material, como en las cosas  espirituales y la enorme satisfacción de contar con una familia preciosa, con unos amigos cuyo cariño es inconmesurable y sobre todo, que nada de lo que he vivido, ha logrado que el odio anide en mí, ni jamás haya llegado a mi corazón.

Como cualquier persona medianamente inteligente sé perfectamente que no soy infalible, pero soy honesto y cuando me equivoco–cosa que ocurre más de las veces que quisiera, por mi apasionamiento–sé pedir perdón y tratar de enmendar lo que haya hecho mal. A los amigos que más valoro, no son a los que me adulan y me dicen “qué bárbaro eres”, sino a los que me llaman y me espetan: “Oye socio, la cagaste”, y me dan la oportunidad de explicarles lo que he hecho y los motivos; y si efectivamente la he embarrado, lejos de ofenderme, les doy las gracias, pido disculpas y doy la cara a las consecuencias. Lo importante no es creer que uno siempre tiene la razón, y sobre todo, es que los errores sean por ignorancia, buena fe o por actuar con apresuramiento, y no cometidos a ex profeso y con segundas intenciones.

Respeto a las personas que son consecuentes con lo que predican, aún hasta los que sean mis adversarios y sobre todo admiro a los que son fieles a los principios en los que creen y siguen luchando por ellos, aunque la victoria no esté al alcance de sus vidas. Mi versículo preferido de la Biblia  y con el que respondía al pase de lista en la Asociación de Jóvenes Presbiterianos en mi pueblo natal, Caibarién, es el Apocalipsis 2:10: “Sé fiel hasta la muerte y yo te daré la corona de la vida”.

Sé muy bien que “no soy monedita de oro pa’caerles bien a todos”, pero no escribo y opino porque esté en un concurso de simpatías y mucho menos porque esté preparándome para una carrera política, por lo tanto escribo y digo lo que mi conciencia me dicta de acuerdo con los principios que han modelado mi vida desde muy joven.

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