CASI UN EDITORIAL: LA DEMOCRACIA VENIDERA

En el mundo de hoy ya no se habla de la democracia a secas. Se acostumbra a adornarla con algún calificativo: funcional, integral, pluralista, pluripartidista, participativa, representativa, verdadera. Y más, a veces se combinan adjetivos que se enfatizan o rechazan mutuamente. No se menciona la popular porque ese eufemismo estalinista, el pueblo de Cuba lo padece desde hace más de medio siglo.

Pero ninguno de esos compuestos aclara como se desenvolvería la futura democracia cubana, una vez derribada la tiranía actual. Las estructuras que muchos proponen son las mismas. Y si las estructuras son las mismas y el pueblo de Cuba es igual ¿Dónde estaría la diferencia? Si esa democracia con apellido que nos ofrecen no es sino la de  los polvos—democracia  torpe, tramposa y bullanguera—que nos trajo estos lodos. Aquella que fracasó en Cuba, no tenemos ninguna razón  para esperar resultados diferentes.

En cambio, nos sobran razones para suponer que el nombre particular sirve para dar identidad a alguna ideología. Es decir, contribuye a diferenciar lo mismo. Nada más parecido en nuestro patio a un liberal que un conservador. Nada más parecido a un auténtico que un ortodoxo. Nada más parecido en patio ajeno a un demócrata que un republicano. Nada más parecido a un  Tirano Banderas, en cualquier patio del mundo que un líder máximo.

Por eso el pueblo de Cuba, escarmentado, sospecha de las ideologías. En estos momentos, el cubano de a pie, no tiene ideología. Tiene criterios. Y esos criterios serán mucho más firmes cuanto más se ajusten a la naturaleza humana y cuanto más concuerden con el sentido común y la experiencia histórica.

Nuestra experiencia histórica más próxima es una concentración de poderes sin precedentes. El sentido común sugiere que la más amplia libertad contribuya a su remedio. Y la naturaleza humana no recuerda lo poco que el pueblo disfruta su libertad sin medios eficaces para ejercerla y retenerla.

Nos pronunciamos por la democracia, pero por una democracia que devuelva “la responsabilidad decisiva a donde legítimamente pertenece y de donde nunca debió haberse sustraído: a la base misma donde trabaja y reside el pueblo soberano”.

La democracia es el gobierno del pueblo. No de un líder o una camarilla. No de la burocracia. No de los partidos. Si bajo ese gobierno, cada ciudadano en el centro de trabajo donde ejerce su profesión u oficio, en la esfera inmediata de su vecindario, su municipio y su provincia, carece de los medios para intervenir directamente en los asuntos que lo afectan, para disponer de sus contribuciones, para delegar y reclamar cuentas, para deponer al delegado de abusa de su mandato, concluiríamos que bajo ese gobierno, sin importar que nombre se le adhiera como apellido, la democracia será una farsa y la soberanía del pueblo un mito.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Help

WordPress theme: Kippis 1.15