COMO TRABAJA LA INFILTRACIÓN: El primer comunista llegó a Checoslovaquia en 1918 con instrucciones de Lenin

En la foto: Alois Muna

Por,   Eva Manethová

El primer comunista checoslovaco, Alois Muna, llegó a este país desde la Rusia bolchevique un mes después de la proclamación de la Checoslovaquia independiente en octubre de 1918. Su misión era crear en Checoslovaquia las condiciones para la implantación de la dictadura del proletariado. Como primer paso, Lenin le encargó personalmente minar desde dentro a la socialdemocracia, tradicional partido obrero checo, fundado en 1878.

En su libro “Edificación del Estado”, el destacado periodista de la Primera República Checoslovaca, Ferdinand Peroutka, caracterizó a Alois Muna en los siguientes términos:

”…por la fuerza de su fanatismo, por su entrega a la idea que pregonaba y debido a las crecientes fuerzas que representaba, se convirtió en un símbolo que dividía y producía crispación en toda la nación, y en un tapón del barril de sangre. Si éste fuese sacado de manera imprudente, nadie sería capaz de decir cuánta sangre se derramaría”.

El antiguo sastre, Alois Muna, militó en el pasado en la socialdemocracia. Durante la Primera Guerra Mundial fue hecho prisionero en el frente ruso.

Pero no siguió el camino de los demás prisioneros checos que se alistaron en Rusia en las legiones checoslovacas que combatían contra las llamadas potencias centrales, Alemania y Austria-Hungría. La lucha de las legiones formaba parte del esfuerzo por la independencia de Checoslovaquia.

Más que la liberación nacional a Alois Muna le atraía la revolución proletaria. En Rusia le tocó ser testigo de la revolución bolchevique que estalló en noviembre de 1917.

En mayo de 1918 fue fundado en Rusia el Partido Comunista Checoslovaco, financiado por el gobierno bolchevique. Lenin y Trotsky encargaron a sus militantes la tarea de reclutar entre los legionarios checoslovacos soldados para el Ejército Rojo.

Los comunistas checos tuvieron poco éxito. La mayoría de los legionarios checoslovacos querían embarcarse en el puerto ruso de Vladivostok y viajar a Francia para luchar contra Alemania en el frente occidental.

Los militantes comunistas hacían una rabiosa propaganda contra las legiones. En su periódico, publicado en Moscú, escribieron:

”Que todo el mundo vea que los checoslovacos comunistas no quieren tener nada en común con los demás checoslovacos, esos guardias blancos y lacayos del capitalismo”.

En el periódico proliferaban también las descalificaciones de Tomáš Garrigue Masaryk, artífice de la independencia checoslovaca.En un artículo, cuyo autor era Alois Muna, se decía de este notable político:

”El paladín del humanismo se ha convertido al final de su vida en un anciano sanguinario que ha enarbolado la bandera del imperialismo”.

Después del surgimiento de la Checoslovaquia independiente en octubre de 1918 los dirigentes bolcheviques rusos recomendaron a los comunistas checos marcharse a su patria y trabajar allí para la fundación del Partido Comunista.

Lenin llamó al Kremlin a los socialistas radicales de los países del extinto imperio austro-húngaro y conversó con ellos del 10 al 12 de noviembre de 1918.

Les aconsejó una táctica revolucionaria cautelosa. Alegó que en los pequeños países de Europa Occidental y Central, como Checoslovaquia y Hungría, no era posible llevar a cabo la revolución de la misma manera que en Rusia, con su inmensa extensión territorial.

Alois Muna recibió del dirigente bolchevique la tarea de ingresar en la socialdemocracia y allí tratar de captar a las masas para la idea de la revolución proletaria mundial.

Alois Muna llegó entonces a Checoslovaquia como el emisario directo de Lenin. La izquierda en la socialdemocracia checa lo recibió con los brazos abiertos como testigo presencial de la revolución bolchevique en Rusia.

El dirigente comunista empezó a intervenir en reuniones de militantes socialdemócratas. Cierta parte del proletariado escuchaba sus discursos como electrizada. Algunos llegaron a comparar a Muna con Jesucristo. Él dibujaba la utopía en la que “los de cima vivirán en los sótanos y los generales que han comandado ejércitos, recibirán escobas para barrer las calles”.

Para mejorar la situación de las amplias capas de la población después del cataclismo de la Primera Guerra Mundial, la principal corriente de la socialdemocracia proponía la vía pacífica de la edificación de un Estado democrático.

Alois Muna y sus seguidores proclamaban al contrario el camino violento de la revolución: derrocar todas las instituciones constitucionales y gubernamentales e implantar la dictadura del proletariado, excluyendo a todas las demás clases de la participación en el poder.

El dirigente comunista afirmó en una de sus arengas: ” Muchos de nuestros amigos nos aconsejan dar marcha atrás al ver que un noventa por ciento de la nación está contra nosotros.Les respondemos: Nosotros podemos caer o vencer, pero no podemos abandonar la liza. Si hoy está contra nosotros también la mayoría de la clase obrera, esto no es motivo para renunciar. Nosotros podemos esperar tranquilamente, nuestro día vendrá”.

Muna, que había aprendido de Lenin la demagogia social, fue considerado pronto un peligroso adversario político. Puede ilustrarlo el siguiente ejemplo: en enero de 1919 el dirigente comunista viajó a la ciudad minera de Kladno, bastión de la izquierda radical, para intervenir en una reunión. Al mismo tiempo se desplazaron a la ciudad el político socialdemócrata, František Soukup, y la doctora Alice Masaryková, hija del Presidente de la República, para contrarrestar con sus discursos la arenga incendiaria de Muna y abogar ante los mineros por una evolución social sin derramamiento de sangre.

Las actividades propagandísticas de Muna empezaron a preocupar también a los políticos de la coalición gubernamental. Es que sucedió un desagradable incidente en la ciudad de Prostějov.

Cuando un oficial mandó allí detener a Muna, los obreros de la ciudad morava paralizaron el trabajo, salieron a la calle con martillos y otras herramientas e hicieron sonar las sirenas en señal de alarma. Les indignó que las autoridades habían intentado impedir que el dirigente comunista expusiera libremente sus ideas.

Al ver la indignación popular, las autoridades distritales pusieron a Muna en libertad. Fue convocada una reunión urgente del Gobierno para tratar del incidente. Uno de los ministros propuso que el agitador fuese arrestado y juzgado por un consejo de guerra.

El Ejecutivo rechazó una solución tan extrema y pasó la patata caliente al Partido Socialdemócrata. Sus dirigentes no tomaron, sin embargo, ninguna medida concreta para convencer a Muna que moderase su discurso.

Muna se mantuvo tranquilo porque se sentía suficientemente fuerte y porque sabía que los elementos radicales del ala izquierda de la socialdemocracia le arroparían sin falta en cualquier emergencia.

Apareció, sin embargo, una fuerza capaz de acabar con la arrogancia de Alois Muna. Los legionarios checoslovacos que empezaron a regresar de Rusia. El dirigente comunista temía su venganza.

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