CRÓNICAS DEL ARCHIPIÉLAGO: EL JINETE SIN CABEZA DE LOS MANGOS DE SEIBABO

Por Aldo Rosado-Tuero

La repetida leyenda del Jinete sin Cabeza, omnipresente en el folclore de todos los países, como es natural también figuraba en el realismo mágico de los campos cubanos. Según esa leyenda, en el Norte de la antigua provincia de Las Villas, hoy traspasado a la de Sancti Spíritus, en el límite de Cambao y Seibabo, barrios rurales del término municipal de Yaguajay, en los Mangos de Seibabo, aparecía intermitentemente el mentado Jinete sin Cabeza.

De niño recordaba vagamente haber escuchado cuando  mi madre, una de mis tías y mi abuela, cuchicheaban  quedito acerca de la indentidad del tal mentado Jinete sin Cabeza, y me llamó la atención que callaran cuando yo aparecía y pretendía escuchar.

Al crecer conocí la versión de que El Jinete sin Cabeza no era otro que mi bisabuelo materno, muerto ya casi en los finales de la Guerra de Independencia, en una escamamuza tan insignificante que ni siquiera aparece en los libros de historia. Según contaban, mi bisabuelo, integrante de una avanzadilla de la tropa del Generalísimo Máximo Gómez, topó en Los Mangos de Seibabo con una columna española que se retiraba de una derrota propinada por Gómez, cerca del Central Narcisa. La guerrilla mambisa, al cargar al machete lo hizo con tal ímpetu, que al encontrarse con una inesperada resistencia, el bisabuelo resultó decapitado por un sable español, manejado por un tenientillo español, largirucho y esmirriado, llamado Gonzalo Queipo de Llano. Contaron más tarde los sobrevivientes en el campamento mambí, que el bisabuelo siguió cabalgando con su “paraguayo” en la mano, ya decapitado, un buen tramo, hasta que cayó exangüe, al lado de una frondosa mata de mangos.

El tenientillo, 41 años después, adquiriría notoria fama durante de Guerra Civil Española, por sus charlas radiofónicas desde Radio Sevilla y sus excesos y masacres de prisionero, una vez obtenida la victoria por los Nacionales.

La vida le cobró caro a este Queipo de Llano (foto de la izquierda) sus excesos muchos años después. A pesar de militar en el mismo bando, había mala sangre entre éste y Francisco Franco. Queipo había bautizado años atrás a Franco como “Paca la Culona”, y éste mientras lo necesitó en la guerra lo toleró, pero una vez obtenida la victoria le pasó la cuenta. Durante la guerra, el caudillo-de-España-por-una-gracia-de-Dios, acostumbraba a afirmar que algún día haría mear sangre a Queipo. Y así lo hizo. Cuando siendo ya un hombre, me enteré de la muerte de Queipo de Llano, olvidado y castigado en su cortijo andaluz, por sus camaradas de “la época azul”, no me alegré, pero me pregunté si algún día de su vida  el General se acordó alguna vez , cuando siendo un teniente tronchó la vida  a un compatriota asturiano que peleaba por la libertad de la Perla de Las Antillas.

Yo siempre he sido un incrédulo y un iconoclasta incorregible, pero tengo que confesar que la  experiencia vivida por mí en Los Mangos de Seibabo, siendo yo un adolescente, es acojonante. Sucedió que una mañana, yo, tan aficionado a las cacerías con jaulas de trampa, decidí irme a cazar negritos–no niños de la raza negra, sino un avecilla endémica de Cuba, cuyo nombre científico en Milophirria Nigra, de melodioso canto–a las lomas de Seibabo, y como yo había pernoctada la noche anterior en la finca de mi abuelo en Cambao y ya el gascar de las 7 ante meridiano había pasado, emprendí el camino a píe.

Serían como las diez de la mañana, cuando me interné en Los Mangos de Seibabo. Ya en el medio de la frondosa arboleda me detuve para recoger algunos olorosos mangos maduros que pendían de unas ramas bajas. Estaba saboreando los primeros cuando escuché claramente el sonido de los cascos de un caballo que se dirigía hacia mí a toda carrera. Me volví sobresaltado, y para sorpresa mía no ví nada. Estaba solo en el medio de la floresta. Aparentando tranquilidad recogí mi jaula de trampas, arrojé al suelo los mangos recogidos con tanta apetencia y reemprendí el camino, tratando de silbar una tonada que no acertó  a salir por mis labios resecos, a pesar de la humedad dejada por la sabrosa y dulce pulpa del mango.

No había dado tres pasos, cuando nuevamente volví a escuchar, este vez, no sólo los cascos del caballo repicando contra la tierra, sino el sonido claro del resbalar de la montura y los arreos de una bestia al galope. Una nueva mirada, esta vez de pánico, hacia atrás; y otra vez, la soledad. No lo pensé dos veces. Tiré la jaula de trampas con su señuelo dentro , y emprendí una loca carrera. Mientras más corría, más cerca de mí oía el galope y el sonar de los enjaezados del jinete. El corazón se me quería salir del pecho. No atinaba a pensar y no me atrevía a volver a mirar para atrás. Un loco deseo de vivir me invadía. Y solo atinaba a imprimir más velocidad a mi huida.

Al salir de la arboleda y alcanzar el Camino Real, dejé de escuchar el galopar que me perseguía. Mi cerebro me decía que me detuviera, que ya no había peligro, pero mis piernas no me obedecían…y seguí corriendo. No supe nunca por cuanto tiempo, hasta que me desplomé, sin sentido, junto a los manantiales primarios, que al píe de la loma, alimentaban aquel arroyuelo de aguas salobres que todos conocían por Río Cambao. Cuando volví en mí, tenía la ropa empapada. No averigué si fue debido a las salpicaduras que producía el agua de los manantiales al caer en pequeña cascada, o si por el sudor, producto de la alocada carrera, o por “el sudor frío” que suele provocar un ataque de pánico.

El susto fue mayúsculo, y nunca más–ni aún de grande–volví a atravesar aquel mangar. Me contrariaba enormemente haber perdido una jaula de trampas de repetición que me había fabricado “El Cayuco”, gallero famoso en Caibarién por sus triqueñuelas con los gallos “untados” y por las magníficas jaulas de güin de Castilla que fabricaba. Además había perdido también al señuelo, un “negrito cantador y guapo” que hacía sólo dos semanas le había comprado a Julito Prieto, precisamente con la expedición a las Lomas de Seibabo en mente,  pero estaba feliz porque conservé la vida.

Un Comentario sobre “CRÓNICAS DEL ARCHIPIÉLAGO: EL JINETE SIN CABEZA DE LOS MANGOS DE SEIBABO

  1. MUY BUEN EXCELENTE TRABAJO CON CUBANIA Y ESTIRPE

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