CUBA: AMOR A PRIMERA VISTA

PARTEMARTIDEGUINESOTRAESTEBITAOTRACONOPor, Esteban Fernández

Recuerdo perfectamente “mi primer vistazo a Cuba”. Yo debo haber tenido, más o menos, cinco años de nacido. Este es “MI PRIMER RECUERDO DE CUBA”: Con dificultad halé una silla, la acerqué a la ventana, me encaramé en el respaldo, abrí la persiana y miré hacia afuera. Les juro que me acuerdo como si hubiera sido ayer.

Lo primero que vi fue a un vendedor ambulante con un palo en sus hombros, a cada punta del palo tenía atado un montón de patitas de puercos. Me dio una mala sensación. Recuerdo que por primera vez pude observar en el cielo un rabo de nube. Increíblemente el carnicero de al lado de mi casa, Joaquín Quintero, salió para la calle con un filoso cuchillo en sus manos para “cortar el rabo de nube”. Me quedé frío.

Y vi unos muchachos mayores (de unos 8 o 9 años, pero me lucieron unos hombres) jugando a las canicas. Pensé: “Muy pronto me voy a dedicar a eso”. Parece que en mi inocencia imaginé que “eso era una profesión muy agradable”.

Miré a la izquierda y vi la carnicería, al frente  estaba una bodega propiedad de Joseíto Márquez. Al mirar hacia la derecha vi un bello parquecito. Era el Parque Martí (foto de arriba que encabeza este artículo) donde después me pasé la mitad de mi corta vida en mi pueblo jugando a la quimbumbia.

De sopetón vi algo que me impresionó: Un hombre uniformado de amarillo (color “caqui”), tenía altas polainas, tremendo revólver a la cintura, montado en un gigantesco caballo, iba pasando por frente a mi casa. Asustado me iba a bajar de la silla pero en eso vi que venía mi padre y saludó al Guardia Rural amablemente. Eso me tranquilizó.

Recuerdo que al entrar mi padre a la casa me miró sorprendido y me dijo: “Bájese de esa silla, muchacho atrevido, eso de mirar por una rendija es cosa de gente chismosa”. No le hice caso.

Y vi algo que me encantó: Pasaban una muchacha y un muchacho agarrados de las manos y dándose besitos. Estoy seguro de que fue la primera vez en que usé la palabra: “¡Ñoooo!”. Dije: ” Ñooo, cuando sea grande voy a hacer lo mismo con la vecinita que tanto me gusta”

Vi a un tipo pregonando: “¡Maní, maní!” y añadía: “También tengo crocante habanero y “Bohemia” para que se enteren de las noticias de la semana”. Me sonreí porque ya hacía dos días que el gran amigo de mi padre Henio del Castillo nos había traído la revista de regalo. Recuerdo vehementemente que dos gorriones se posaron en la baranda del portal.

Algo me llamó poderosamente la atención: pasó un bello Cadillac (era un tremendo” Cola de pato”) manejado, me enteré después, por un coterráneo al que llamaban “Mingo” Troya. El cielo se puso encapotado, comenzó a caer un aguacero. Una mujer que pasaba dijo: “¡Están cayendo raíles de punta!”. Era la primera vez en mi vida que escuchaba esa frase.

Y de pronto llegó a mi oídos la voz de mi madre que me gritaba: “¡Te vas a caer de ahí, Esteban de Jesús!”. En sus manos tenía un amenazador cinto. Al paso del tiempo descubrí que ese cinto nunca iba caer sobre mi espalda, jamás se utilizaría para pegarme y que sólo era un alarde maternal para asustarme.

Y entonces mi madre dijo algo que tenía tremenda lógica: “¿Qué necesidad tienes de hacer eso, por qué mejor no abres la puerta y te sientas tranquilo en un sillón en el portal y ves a la gente pasar?” Y como para meterme miedo me dijo: “¿Ya tu padre te vio encaramado ahí, qué te dijo?”. “Nada, solamente me llamó chismoso”

Pero como yo estaba subido en el respaldo de la silla la única excusa que se me ocurrió fue: “Es que estoy muy alto y tengo miedo a bajarme”, y mi mamá respondió: “De la misma manera que te subiste, bájate, niño malcriado, te vas a partir una pata”.

Me sonreí porque a mi madre se le había olvidado el consabido: “¿Tienes limpia la ropa interior?” porque esa era una preocupación eterna de mi madre: que yo tuviera que ir de emergencia a una Clínica y que el doctor notara que yo tenía empercudido el calzoncillo y que por ese motivo no me atendiera.

Y mi mamá me preguntó por curiosidad: “Y ¿qué viste?” Y con picardía le respondí: “¡Mami, vi muchísimas cosas interesantes!: Desconfiada me respondió: “¿Cómo qué?”. Y le dije: “Bueno, el viejo Gustavo ya necesita un bastón para caminar”. Ella se rió con esa risa que hoy diera lo que no tengo por escucharla de nuevo.

Mentira. No vi nada del otro mundo pero al pasar más de 60 años se me antoja recordar que esos fueron unos 15 minutos bellos y sublimes. No, ya sé que ni tiene comparación con el descubrimiento que hizo Cristóbal Colón en 1492 pero lo cierto e interesante para mí es que no recuerdo haber visto nada antes de ese día.

Y de la misma manera que hoy se me aguan los ojos recordando la ventanilla del avión por donde di MI ÚLTIMO VISTAZO A LA ISLA, lo mismo me ocurre con este “primer vistazo a Cuba” a través de la ventana de la casa de la calle Pinillos 463 en Güines.

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