CULTO A LA PERSONALIDAD

Museo de Evo en Orinoco

Por, Marcelo Ostria Trigo

El culto a la personalidad –como el profesado al líder soviético José Stalin– fue parte importante de la exposición del entonces secretario general del Partido Comunista de su país, Nikita Khrushev, en el XX Congreso de ese partido en 1956. Marcó, entonces, un cambio, y el concepto fue recogido por el Diccionario Soviético de Filosofía como la “ciega inclinación ante la autoridad de algún personaje, ponderación excesiva de sus méritos reales, conversión del nombre de una personalidad histórica en un fetiche”. Sin embargo, no se desmanteló totalmente el estalinismo. Pero, eso sí, fue el anticipo de la inevitable caída del comunismo soviético, que una vez pretendió ser la eterna patria socialista universal.

Aún persisten en otras latitudes expresiones de ese culto y, como en el caso soviético, se crean leyendas y se levantan altares en homenaje a líderes autoritarios que se sienten merecedores de la devoción inflamada de sus partidarios; devoción por el poder que algunas veces se trasmite, como en Corea del Norte y Cuba, a descendientes y parientes.

Una forma del culto a la personalidad es la profusión de estatuas, edificios, ciudades y calles con el nombre de sátrapa. Tampoco faltan los títulos extravagantes, como los del dominicano Leónidas Rafael Trujillo: “Padre de la Patria Nueva” y “Rosa Náutica de la Armada Nacional”. Y no menos ridículos son los de “Comandante eterno” y “Cristina eterna”, el uno para el fallecido presidente venezolano que dejó como herencia una crisis terrible y, el otro, para la ex presidente argentina derrotada y hundida en la corrupción.

Siempre se llega al punto de quiebre de las autocracias; quiebre al que se refiere Wolfgang Gil Lugo (Dictaduras: de la locura al punto de quiebre, Prodavinci 06.05.2017), que es la señal de que el pueblo ha comprendido que “toda dictadura, sea de un hombre o de un partido, desemboca en las dos formas predilectas de la esquizofrenia: el monólogo y el mausoleo” (Octavio Paz). Entonces, se derriban monumentos, como ya sucedió en Venezuela. Los que protestan contra el despótico régimen de Nicolás Maduro han arrancado de su pedestal una estatua del “Comandante eterno”, y la han destruido. Esto prueba que ese tipo de culto, auspiciado por el fanatismo, siempre acaba en el repudio.

Por ahí se ha deslizado en Bolivia una afirmación presidencial que tiene mucho de premonitoria: Si cambia el gobierno “se cerrará el recientemente inaugurado Museo en Orinoco” que ya se conoce como “El Museo del Evo que costó 7 millones de dólares”.

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