CUMPLEAÑOS DE ANA MARIA GÓMEZ

ESTEBITAESTAESAHORALABUENACARAJOPor Esteban Fernández 

El primero de marzo cumpliría mi madre 103 años. Nació en el 1911. Llegó al mundo en buena compañía porque Ronald Reagan había nacido solamente 22 días antes. Siempre me acuerdo de ella. Y ese día, desde luego, muchísimo más.

¿Por qué? ¿Será porque ese día se celebraba una gran fiesta en su honor? No, al contrario, porque su cumpleaños pasaba inadvertido.  Simplemente recibía tres abrazos y tres besos de mi padre, mi hermano y mío. Eso era todo. Ella jamás hacía un aspaviento, ni un recordatorio, ni una queja, se sonreía ante algunas muestras de cariño de nuestra parte y seguía en los quehaceres de nuestra casa.  Y créanme si les digo que vivir con tres machos malcriados no era un jamón, pero ella lo aceptaba con naturalidad y hoy en día una estatua le levantaría.

Ocurría a menudo: Mi padre perdido sin llegar a la casa.  El sábado por la mañana tocaba en la puerta Carrillo el chofer de alquiler. Y le decía a mi madre: “Ana, Esteban me llamó y dice que la lleve a usted y a los muchachos para la playa Guanabo, él está allá desde hace tres o cuatro días”…  Al llegar no le lanzaba ni un solitario reproche a mi padre ¿Qué hacía mi madre en Guanabo? Simplemente evitar que nos metiéramos en el agua después de haber comido algo.

Por lo tanto, si usted me pide una palabra para describir a mi madre sin pensarlo dos veces respondería: “Abnegada”. Nunca la vi ir al cine, ni a una fiesta, ni a un baile. Simplemente disfrutaba – o parecía disfrutar- de dos cosas: su casa y su familia. Pero debo agregar que también la distraía la televisión, el Álbum Phillips, los Llopis Dulzaides y la cantante Blanca Rosa Gil.

Nunca se ponía brava a no ser cuando yo me desvivía en elogios -a propósito- para Doña Mariana Grajales. Me llevaba al patio y me decía: “Acércate a la gallina ceniza”. La gallina se engrifaba y abría sus alas protegiendo a sus pollitos. Entonces ella me decía: “Viste, yo no soy Mariana Grajales, yo soy esa gallina gris protectora de su polluelos”.

Tenía además un par de grandes entretenimientos en la vida: hacer visitas e ir a ver las vidrieras de las tiendas alrededor del Parque Central.  Al principio yo la acompañaba, después le decía: “No, mami, si no vas a comprar nada no me interesa ver vidrieras”. Hoy me arrepiento de esas palabras.

Durante nuestra situación holgada con los gobiernos Auténticos hubo momentos en que había dos criadas en mi casa. Una para limpiar y otra para cocinar. Y mi madre hacía caso omiso a eso y trabajaba más que las dos juntas. Su sobrino era la primera figura del pueblo y su esposo- mi padre- número dos y jamás hizo un alarde de eso. Es más, actuaba como si eso no existiera.

El Alcalde Jaime visitaba mucho la casa pidiéndole a su tía que le hiciera café. Y ella lo trataba exactamente igual, y con el mismo cariño, que trataba al resto de su larga parentela. Creo que él venía precisamente para huirle a la guataquería callejera.

Era muy difícil hablar mal delante de mí de un güinero porque solamente tenía que preguntarle a mi madre e invariablemente me decía: “Ese es primo tuyo”… Me parecía que por lo menos la mitad de los güineros eran mis parientes: los Taracido Gómez, los Rivero Gómez, los Carabeo Gómez, los Quintero Gómez, los De la Torre Gómez.

Sus dos hermanos Memo y Carlos Gómez eran -de toda la vida- íntimos amigos de mi padre. Querían muchísimo al viejo mío. Sin embargo, por ser compañeros inseparables de mi padre en las parrandas, los dos se opusieron a la boda. Invariablemente mi mamá se reía -quizás con melancolía- contándome que cuando les dijo a sus hermanos que se casaría con mi papá ambos le dijeron: “¡Ana, tú estás loca, Esteban es tomador y muy mujeriego!”…Y yo le preguntaba: “¿Te arrepientes?”. Me guiñaba un ojo y me decía: “¡No, porque Esteban me hizo dos muchachitos que yo quiero mucho!”.

Cuando llega el castrismo a Cuba la familia, como todas, se dividió. Dentro de su gigantesca parentela había de todo, fidelistas y enemigos del régimen. Ella ni por enterada se dio. En nuestra casa no permitía discutir de política. Yo no le hablé más a ninguno de los primos que cogieron el camino equivocado, mientras ella se mantenía totalmente apolítica.

Nunca simpatizó con Fidel Castro -ni con ningún gobernante, dicho sea de paso- pero siguió queriendo entrañablemente a dos sobrinos fidelistas. Simplemente les pidió que se evitara el tema con nosotros.

Ella también esquivaba el tema político. Y casi nunca decía malas palabras. Pero cuando se quedaba a solas conmigo yo la tentaba y le preguntaba: “Mami, entre tú y yo ¿qué tú crees de este gobierno?” Sé sonreía y me contestaba: “¿Quieres la verdad, Esteban de Jesús? Bueno, lo cierto es que esto es tremenda basura”…

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