DE LOS ARCHIVOS DE NUEVO ACCIÓN: CRÓNICAS DEL ARCHIPIÉLAGO-EL ROBALO DE LA POZA HONDA

Por Aldo Rosado-Tuero

Debe de haber estado allí antes de que yo naciera, pues desde que tuve uso de razón he oído hablar de él.

El Robalo de la Poza Honda era famoso en toda la zona. El río Cambao, o por la cercanía  a la costa y lo bajo de esa área estaba salinizado por la penetración del mar o porque sus manantiales eran sulfurosos, francamente nunca lo supe a ciencia cierta, pero sus aguas eran semi salobres, aunque—y es mi opinión personal, no basada en ningún estudio científico—no llegaban a ser lo que aquí se llaman “brackish water”, mantenía en perfecto equilibrio una fauna de especies de agua dulce y algunas que pueden vivir en agua salada o semi-saladas. Así yo solía observar nadando en sus aguas, cardúmenes de lisas y solitarios sábalos, y capturé anguilas, sin mencionar las incontables biajacas y los cientos de jaibas, con los que volvía loca a mi inolvidable abuela Aurelia, cuando en mis visitas a la finca de mis abuelos maternos,  me aparecía al regreso de mis pesquerías, cargado con todas las alimañas que yo capturaba y que me empeñaba en que ella me los cocinara.

Pero de todos los habitantes de aquel río de mi niñez—yo criado en un puerto de mar y viviendo casi en sus mismas orillas, que disfrutaba como nadie el cambio de medio ambiente—el que más llamaba mi atención era el legendario Robalo de la Poza Honda. Un pez legendario entre los campesinos de la zona, por su tamaño, por su territorialidad, ya que no abandonaba nunca La Poza Honda de aquel río y por su imposibilidad de capturarlo.

Y yo, cabezón y empedernido luchador por lo imposible. Me metí en la cabeza que me correspondía a mí el honor y la gloria de capturar a la leyenda. Tendría yo unos siete años de edad, cuando me atacó la fiebre y la obsesión de pescar a aquel impescable pez.

Muchas veces después he pensado, usando la lógica que posiblemente no fuera siempre el mismo robalo, o que tal vez, el original hubiera muerto y otro ocupara su nicho ecológico en la misma poza, ya que pasaban los años, nadie lo capturaba y seguían los cuentos sobre los avistamientos del gigantesco pez, al que muchos le atribuían de dos a tres metros de largo. Yo francamente avisté  en varias oportunidades a un enorme robalo nadando majestuosamente en la poza, cuyo tamaño pudiera calcular, si la memoria no me engaña, que debía haber medido entre uno y medio a dos metros.

Todos mis esfuerzos por pescarlo resultaron infructuosos. Ni siquiera picaba las carnadas. En mis largas horas de pesca en esa poza, capturaba biajacas e incluso picaron varias veces y logré capturar un par de grandes anguilas, y en todos esos años probablemente una docena de sábalos, pero el robalo pasaba indiferente por el lado de mis anzuelos sin molestarse siquiera en detenerse a mirarlos.

Hasta que un día—debía yo tener unos catorce años de vida—en que Pipe, un primo segundo (primo hermano de mi madre) al verme tan desesperado por coger al “jodido pescado” me dijo que el secreto estaba en la carnada, y que para que el robalo picara, había que cebar los anzuelos con lagartijas o ranas. Sin perder tiempo le rogué que me ayudara a buscar las carnadas adecuadas. El joven campesino, que tenía que atender tareas de la finca de su padre, tuvo la amabilidad de dedicar un poco de su tiempo al muchacho de la ciudad, que le rogaba tan vehementemente por una lagartija y una rana.

Con una crin de su caballo hizo un lacito, con el que capturó una lagartija viva, que me ayudó a enganchar a uno de mis anzuelos. Inmediatamente penetramos en el platanal de mi abuelo Manín y después de “pelar” unas cuantas matas de plátanos, encontramos una ranita blanca escondida entre las hojas de plátano. El la partió en dos y me la entregó, mientras se marchaba deseándome buena suerte.

Corrí a la orilla del río y enganché las dos mitades de la rana a sendos anzuelos, conectados a líneas de pesca. Preparé tres anzuelos: uno con la lagartija y otro con la primara mitad de la rana. Estos dos conectados a una línea de nylon de 30 libras. La tercera, con la otra mitad de la rana, conectada a una línea, de 40 libras de resistencia. Tiré las tres líneas a la poza. A una la até a una roca mediana, a la otra a un pequeño arbusto y la tercera, la de 40 libras, la até a una pequeña mata de café, que crecía justo en el borde de la poza, debajo de una frondosa mata de mangos machos.

Pasaba el tiempo y el cabrón robalo no picaba. La suave brisa me fue dando sueño y creo que me dormí por un rato. Me desesperesé y desde la misma posición en que estaba—medio acostado en el suelo y recostado al tronco de la mata de mango—recogí una pequeña piedrecita y la tiré al agua, cerca del anzuelo en la línea amarrada a la mata de café. Lo que ocurrió después, aun lo veo con los ojos de la imaginación y el recuerdo, como si estuviese viendo una película delante de mis ojos: De repente, la línea de pesca se tenzó y a una velocidad increíble, la matica de café se dobló hacia el río, hasta  que sus ramas más altas tocaron el agua. Me levanté inmediatamente, con el corazón alocado y latiéndome dentro del pecho como un  caballo desbocado a galope tendido por una sabana, y cuando tomé la “pita”, ésta restalló con un sonido seco, y se partió, dejándome con sola un pequeño pedazo de nylon entre mis dedos. El robalo había ‘PICADO” pero había partido la pita de pescar, con la que yo lo hubiera, tal vez, podido sacar de su habitat acuático y convertirme en el héroe que había capturado al robalo de la poza honda.

Me sentí frustrado y ese día suspendí el regreso a Caibarién, aun a costa de perder un día de clases. A la mañana siguiente, me levanté temprano, y pese a mi torpeza como “guajiro amateur”, conseguí una rana viva. Con ella corrí a la Poza y repetí la jugada del día anterior, esta vez teniendo el cuidado de tirar dos líneas: una de 50 y otra de 60 libras y de conservarlas ambos en mis manos. Al poco de estar allí inerte esperando la picada—era temprano en la mañana y el sol comenzaba a alumbrar el agua de la poza honda—pude vislumbrar que el enorme pez se acercaba muy lentamente a uno de los anzuelos. En  la parte derecha del labio inferior de su enorme boca, era visible una parte de un anzuelo, clavado a su carne. El animal se detuvo ante el anzuelo, lo miró dubitativo, ascendió un poco hacía la superficie, y me dedicó una mirada de hondo desprecio, que me desarmó. Seguidamente, bajó majestuosamente hacia la profundidad, ignorando los anzuelos y las carnadas.

Allí mismo decidí que el robalo merecía seguir viviendo en la poza honda y que debía seguir siendo una leyenda y que nunca más, no solo no lo trataría de capturar, sino que desalentaría a otros de que lo hicieran. Aun no conocía yo la historia del Monstruo de Loch Ness. Pero aun sin conocerla, como adelantándome al futuro, estaba instando a que los guajiros de Cambao, cerca de Yaguajay, tuvieran también  su “Nessie” en El Robalo de la Poza Honda.

(Publicado en la edición del 22 de septiembre del 2008)

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