DESDE ESPAÑA: LA PAPILLA ELECTORAL

LAPAPILLAPARAILUSTRARJAVIERRUIZPORTELAPor, Javier R. Portella-El Manifiesto-España

Nada, pese a las apariencias, ha cambiado con el resultado de las elecciones de hace una semana. Salvo que el país se ha hecho ingobernable al no desprenderse de las nuevas Cortes ninguna mayoría suficiente para formar gobierno. Pero que no cunda el pánico: cualesquiera que sean las triquiñuelas y chanchullos que sea preciso montar, andan todos tan ávidos de poder, tan sedientos de sus prebendas, que acabarán encontrando tarde o temprano alguna que otra componenda.

Nada, en efecto, ha cambiado a raíz de las últimas elecciones, como nada cambia nunca, ni en España ni en otros países, a raíz de las elecciones que organiza la democracia y en donde es rarísimo que se produzca algún cambio realmente sustancial.

Nada ha cambiado: todo chapotea en la misma papilla de un nihilismo vacío y gris, sin proyecto y sin Destino. Salvo que la papilla –ésa en la que la “derecha” y la “izquierda” se confunden en un mismo proyecto carente de Proyecto– es más viscosa, más espesa que nunca.

Pero… ¿qué pasa con los nuevos partidos que han irrumpido con fuerza en la escena política? ¿Qué pasa con Ciudadanos, en lo que se denomina la “derecha”, y con Podemos, en lo que se llama la “izquierda”? Aparte de que la mitad del electorado ha seguido votando a las dos grandes momias de siempre (PP y PSOE, más conocidas por PPSOE), no cabe duda de que el surgimiento de estos nuevos grupos representa toda una novedad; salvo que sus dos rostros son copia fidedigna de los antiguos, una vez recibidos los correspondientes botox y peelings que le dan un aire “joven”, “dinámico”, “desenvuelto”, “no corrompido” (¡si aún no ha habido tiempo, por Dios!)

¿Incluso en el caso de Podemos, se preguntarán un poco molestos mis amigos populistas de allende los Pirineos? Sin duda alguna, Y, sin embargo, hay que reconocerlo: parece seria –he dicho: “parece”– la impugnación del capitalismo emprendida por Pablo Iglesias y sus amigos. Hasta parece insertarlos en las filas de la antigua izquierda revolucionaria, por más que uno tenga que preguntarse si, en sus manos, el país no se vería sumido en una miseria y en un caos análogos a aquellos en los que los dirigentes chavistas, cuyas conexiones con Podemos son más que manifiestas, han sumido a Venezuela. Sea como sea, lo que está claro es que esta gente no son unos pijos progres más –como tampoco lo son, desde luego, Chávez, Maduro o un cierto Castro.

Ahora bien, si por sus ideas económicas los podemitas no son unos pijos progres, sí lo son, y de manera absoluta, por sus ideas sociales o, más exactamente, “societales”, como se las llama en Francia, como lo prueban, por cierto, los meses ya pasados en el poder por las dos alcaldesas de Madrid y Barcelona. La ideología del género es su ley, mientras que la inmigración de asentamiento representa para ellos el mayor de los bienes. Si alguna vez esta gente alcanzara el poder, serían convoyes de barcos los que partirían de nuestras costas para ir a buscar a las masas inmigrantes en sus propios países. Lo cual contaría probablemente con el apoyo indiferente de nuestro pueblo. El de un país –el único en toda Europa–  donde, con la excepción de algunos grupúsculos insignificantes, ni una sola palabra se dice sobre la cuestión inmigratoria, ni a favor ni en contra, en el curso de las campañas electorales, la última, por supuesto, incluida.

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