DICIEMBRE

Por Esteban Fernández

Diciembre no es mi mejor mes desde que salí de Cuba. Sin embargo, por motivos personales considero que este diciembre será diferente porque estoy muy feliz.

Aunque quiero sepan que siempre he logrado superar cualquier melancolía o añoranza en beneficio primero de mis dos hijas inocentes, ahora tres nietos admirables y en todos en mi entorno.

Pero, cierto es que desde que comienzan los villancicos navideños ya comienza mi congoja. Quisiera decir que “No lo puedo evitar”, pero si lo evito. Me sobrepongo, cada año me sobrepongo. Y espero que este diciembre lo pase lleno de felicidad y les deseo lo mismo a ustedes.

Repito, creo que este mes será mejor porque tengo un motivo adicional para sentirme contento que no lo había tenido en el pasado.

Sin embargo ¿Es idea mía (y ese es el motivo principal de lo difícil que siempre ha sido para mí esta época) que aquellas largas Navidades de la Cuba de Ayer -que llegaban hasta el 6 de Enero- eran mucho mejores que las actuales?

Aquí cuando con mucha dificultad comienzo a embullarme y a impregnarme del espíritu navideño ya se acabó todo. Mientras allá en mi pueblo en cada esquina había un lechón asado, la orquestica ambulante de Cheo Matienzo nos tocaba a la puerta y nos cantaba algunas canciones alegóricas, aquí todo me luce tan rápido -y tan comercializado- que me cuesta mucho trabajo mantener la alegría. Este año n o tendré que engañar a todos a mi alrededor,  porque siento como si mi sonrisa y mis aspavientos navideños no serán fingidos.

Y el momento cumbre de mi alegría allá en mi tierra logro -sin problemas y sin dilemas- reproducirlo aquí. Allá el 6 de Enero la abridera de regalos para mí y para mi hermano Carlos Enrique era el instante supremo de estrenar la bicicleta nueva, el guante nuevo, los revólveres de fulminantes nuevos, y aquí he sentido poder emular siempre esos momentos y reproducir la misma euforia al ver primero a mis hijas y después a mis nietos abriendo los suyos los 25 de Diciembre.

Pero acepto y aceptaré siempre que me entra un alivio cuando va terminándose diciembre, cuando se desvanece ante nuestros ojos la sagrada celebración del nacimiento del niño Jesús, cuando la humanidad en pleno entre pitos, brindis, besos, abrazos, sidras, uvas, y hasta de cubos de agua lanzados a la calle, celebra con alegría la llegada de un nuevo año. Y de sopetón arriba Enero.

Mientras la humanidad en pleno hace planes y promesas, cuando las esperanzas de todos de un futuro mejor, yo me lleno de ira al percatarme que se cumple un año más de la interminable tragedia que azota mi nación, mi tierra adorada, mi archipiélago añorado.

Y cuando llegue el 2020 cerraré los ojos y le pediré a Dios tres cosas: Salud para mis seres queridos y para mí, que gane Donald J. Trump las elecciones (y no es precisamente por caudillismo ni fanatismo partidarista -que no lo tengo- sino porque la alternativa es terrible) y que mi tierra amada logre ser de nuevo libre, próspera y feliz.

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