DONALD TRUMP EN LA PICOTA: UN PAÍS PARTIDO POR LA MITAD

Por, Jorge Riopedre

Con la emoción típica de una carrera de caballos ha comenzado en Washington el derby del impeachment, el esperado juicio político al presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Las apuestas no se han hecho esperar: los demócratas se lo juegan todo a una avalancha de cargos criminales sin precedente, tan seguros de la victoria como para dar por hecho que Trump, ¡No pasará! Los republicanos (por supuesto) esperan tomarse una taza de café a principios de enero, en el Capitolio, luego de la reelección, porque perciben que el juicio político no es más que una acción desesperada del partido Demócrata para impedir que Trump se alce con la victoria en las elecciones del 2020.

El mundo en vilo

No son los estadounidenses los únicos afectados por esta nueva versión política de la famosa bronca entre las familias Hatfield-McCoy en la región de Virginia y Kentucky a finales del siglo diecinueve; la globalización o mundialización nos ha metido a todos en el mismo saco: gústenos o no el mundo moderno gira alrededor de Estados Unidos. No hay marcha atrás. La revolución de las comunicaciones responsabiliza a la potencia de turno con la seguridad global, como jamás ocurrió con Roma, España e Inglaterra. Cuán diferente sería el mundo si en el momento crucial de la batalla de Waterloo, Napoleón hubiera podido comunicar al mariscal Grouchy que regresara de inmediato al teatro de operaciones. Victor Hugo lo puso de forma dramática: “Waterloo no es una batalla, es el cambio de frente del universo”. Quizá nos encontramos en el umbral de un cambio inevitable.

Amigos y enemigos al acecho

Se espera que el juicio político al presidente Trump paralice la legislatura, es decir, la marcha normal del país. El primer perjudicado será la política exterior. ¿Qué incentivo puede tener Irán para realizar negociaciones discretas sin comprometer su política oficial? ¿Qué incentivo puede tener Corea del Norte para reanudar negociaciones con un poder ejecutivo arrinconado por un poder legislativo? ¿Qué preocupación pueden tener Cuba y Venezuela por sanciones simbólicas o presiones de un ejecutivo que lucha por su propia supervivencia? Todos ellos deben sentirse felices por el respiro de un prolongado circo mediático, en particular el régimen cubano, a la espera de continuar el interrumpido partido de pelota con los descendientes de Barack Obama.

Un pesimista es un optimista bien informado

Lo preferible sería dejar que los estadounidenses decidan en las urnas quién será el nuevo presidente de Estados Unidos. A diferencia del caso de Nixon, no hay guerra ni el actual presidente quiere guerras, todas las minorías y las mujeres gozan de un mejor nivel económico, como nunca antes. Sin embargo, vaya paradoja, se alegan conflictos políticos irreparables. Así fue, más o menos, como se hundió Roma. Así fue más o menos como se hundió Cuba. Esperemos que no ocurra lo mismo.

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