DOS CUBA

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Fotos: Plaza de la Revolución en La Habana y Plaza de la  Revolución en Santiago de Cuba

JORGERIOPEDREPor, Jorge Riopedre

En 1993, TV-Martí me envió a cubrir la tercera Cumbre Iberoamericana en la ciudad de Bahía, Brasil, cónclave regional hermético en el que solía ser bastante difícil entrevistar a los mandatarios asistentes. No esperaba nada fuera de lo normal y mucho menos los proverbiales 15 minutos de fama de Andy Warhol, sin embargo, para mi sorpresa, obtuve unos escasos dos minutos de popularidad cuando me tropecé con Fidel Castro en el vestíbulo del Hotel Palacio de Otoño, donde se alojaban los jefes de gobierno.

Fue una larga espera de tres horas, me tendí en un banco a esperar y mirar las estrellas, no recuerdo si pensé algo o me olvidé de todo; era muy improbable que pudiera hacer una pregunta a este Buenaventura Durruti tropical, histórico anarquista español con el que algunos lo comparan. De pronto, paseando su baldón dictatorial entre los presidentes elegidos democráticamente, Fidel Castro se detuvo ante aquel grupo de periodistas ávidos de regresar a Miami con un pelo del lobo. Las preguntas volaban. Cuando lo tuve delante de mi, tres miembros de su escolta me cercaron, protesté sin remedio la indeseada bienvenida, pero más que preguntar alcancé a decirle que había dos Cuba, una de ellas integrada por cubanos que tuvieron que exiliarse debido a la persecución de que fueron objeto. Me respondió, con visible enojo (hay un vídeo del episodio), que eso era una invención del gobierno norteamericano; de la CIA. Intenté responderle, pero se me encimó bravucón, monarca poderoso, a sabiendas de que yo no podía ni debía moverme por el bien de mi salud física, y apuntándome con el índice agresor, como era su costumbre, me dijo: ya te contesté. A continuación dio media vuelta orondo, victorioso, seguido de sus tres sabuesos a la espera de una orden para hacerme pagar caro el atrevimiento.

Hoy, 23 años más tarde, pienso que hay dos Cuba irreversiblemente divididas. A lo largo de la historia, los países suelen fragmentarse o dividirse por motivos económicos, ideológicos o religiosos. En el caso de Cuba, me inclino a pensar que la ideología es una máscara teatral que esconde la extravagante política de individuos inspirados en una versión más refinada de la cultura del caudillismo decimonónico, con el más absoluto desprecio por la paz y la prosperidad de la isla. No obstante, mi reflexión en torno a la fragmentación de Cuba se basa en tres argumentos: la temprana disputa entre Santiago de Cuba y La Habana por la capital del país, génesis de un antiguo conflicto latente en el subconsciente nacional al que alude el historiador Levi Marrero en su obra sobre la historia de Cuba; las potenciales consecuencias de la especiación cultural o separación permanente de la sociedad cubana; y la autoanexión gravitatoria, popular y voluntaria que se evidencia en la actualidad.

Santiago de Cuba fue la primera capital del archipiélago desde 1515 hasta 1607, cuando se dividió la isla entre los departamentos de la región oriental y La Habana, división administrativa que se profundiza en 1762 con la ocupación británica de La Habana. Aquí se produce la primera ruptura de la sociedad cubana cuando en Santiago de Cuba se establece la sede del gobierno español y en La Habana la sede del régimen británico. Como es sabido, los británicos desmantelaron la política absolutista peninsular y liberalizaron el comercio y el gobierno, y pusieron fin a la censura de imprenta. Un ejemplo peligroso en cualquier época, incluso en fecha tan distante como 1959, cuando Fidel Castro decretó a Santiago de Cuba capital provisional del país, a lo que siguió el abandono de La Habana, interpretado por muchos como un castigo a la capital, ahora en ruinas, casi irreconocible.

En cuanto a la especiación cultural se destacan los ejemplos de Corea del Norte y Corea del Sur, así como China continental y Taiwán, y en cierta medida la población de la antigua República Democrática Alemana y otros países ocupados por los soviéticos (hasta el mismo Moscú, con un régimen que es reminiscencia del pasado), todos ellos con variadas dificultades para evolucionar al pluralismo político y costumbres occidentales, esencia del proceso democrático.

Una vía para interpretar esta especiación podría ser el concepto biocultural, corriente de pensamiento que se refiere a la interacción de cultura y biología en la formación del comportamiento de la gente, proceso que en el pasado se consideraba totalmente sujeto al aprendizaje sin intervención genética de ninguna clase. Hoy en día, afirma Francis Fukuyama, “la idea de la tábula rasa ya no se sostiene porque la neurociencia cognitiva y la psicología han reemplazado el concepto de pizarra en blanco”.

NOAMCHOMSKYLa nación cubana se ha bifurcado en la visión de la sociedad y la existencia. De hecho, el embrión de un pueblo no se forma a retazos, su lenguaje, vestido, comida, costumbre y una larga lista de rasgos culturales probablemente viene cifrado en las cuatro letras del ADN, esa maravillosa hélice de la vida. Noam Chomsky (foto) ha planteado, por ejemplo, que existen “estructuras profundas” subyacentes a la sintaxis de todas las lenguas. Están ahí, “son los genes, no la cultura, los que aseguran que la capacidad de aprender lenguas aparezca durante el primer año del desarrollo del niño”. Cierto que si a edad muy temprana se emigra a China, el individuo se comportará como un chino, evidencia de la relación entre cultura y biología como adaptación al medio.

Sin embargo, el margen de esa relación casi desaparece por completo cuando lo que está en juego es la identidad del grupo. La ruptura colectiva es catastrófica, aun terminada la guerra o concertada la paz un rencor eterno se esconde entre los entresijos de la memoria. De modo que la escisión o secesión de la población cubana no sólo tiene precedente desde tiempos de la colonia (entre Santiago y La Habana), se acentúa por una política dictatorial que pone en fuga a un sector clave del país, reminiscencia de la expulsión de los judíos de España.

El destierro masivo, largas condenas de prisión, ejecuciones sumarias y marginación social interna de cualquier disidente privó a Cuba de la variación creativa y diversidad biocultural que enriquece a Estados Unidos, por ejemplo, país semejante a un abanico multicolor de ideas y aspiraciones. La cúpula gobernante tronchó el potencial de la sociedad cubana, lo desarraigó y domesticó como bestia de carga; provocó un retroceso del proceso evolutivo de la nación tirando literalmente por la ventana la experiencia adquirida desde la colonia hasta la república.

Los pueblos, como los individuos, requieren cierto tiempo para madurar hasta alcanzar la plenitud de su vida productiva e intelectual. Estados Unidos, por ejemplo, tardó 122 años en evolucionar desde la independencia de Inglaterra en 1776 hasta alcanzar estatura mundial en 1898, luego del traumático episodio de una feroz guerra de secesión y la reconstrucción del país. De no haberse dividido la población de la isla, Cuba también habría evolucionado con un saldo favorable, dejando atrás las vicisitudes del parto inducido por la Enmienda Platt. Cuba tenía ferrocarriles desde 1836, vía férrea extendida desde Las Villas hasta la provincia de Oriente después de la independencia y una producción azucarera que en 1902 sobrepasó el millón de toneladas. Durante la ocupación norteamericana la educación y la salud pública alcanzó tal desarrollo, que según el historiador Herminio Portell-Vilá “las estadísticas tenían cifras más satisfactorias que las de Estados Unidos”.

Semejante a la escisión del Norte y el Sur estadounidense, el sector productivo profesional y empresarial de Cuba tomó partido por el lado de la libertad y abandonó la isla a partir de 1959. Con este éxodo se inició la especiación biocultural de la población cubana, aislamiento geográfico perjudicial para los habitantes de la isla, pero expansivo y beneficioso para los expatriados que se asentaron en el extranjero, sobre todo en la ciudad de Miami. Un exilio breve no habría tenido consecuencias en la composición demográfica de Cuba, pero una ausencia tan prolongada descarta la repatriación de la mayoría de los fundadores del exilio o la emigración, ahora de avanzada edad o fallecidos en el destierro.

La fractura de Cuba se hace irrevocable, además, porque la mayoría de los escendientes del exilio histórico e incluso la marejada de rezagados que viene llegando, no tiene nada que buscar en la isla, salvo visitar familiares o ir de vacaciones a Varadero en lugar de Jamaica o Grand Cayman.

El futuro económico de Cuba seguirá basado en la llamada economía del postre: azúcar, tabaco y ron; mar y sol para el turismo; y una existencia sin futuro para el grueso de la población, sometida a los sinsabores de la cultura de la miseria.

La escisión de Cuba se acentúa por la autoanexión gravitatoria, popular y voluntaria de los hijos de la revolución, sangría de técnicos y profesionales relativamente jóvenes, muchos de ellos profesionales de la salud, cansados de esperar por un cambio político que no llega ni llegará en fecha predecible. Nada ha tenido que hacer el vecino del Norte para revivir y aumentar la intensidad de la gravitación económica, histórica y cultural entre la isla y Estados Unidos, atracción mutua manifestada en ambas orillas desde el siglo XIX.

Lo paradójico de todo esto consiste en la identidad de quienes han empujado a la población cubana a buscar refugio permanente en el extranjero, nada más y nada menos que unos bolcheviques tropicales tardíos, cegados por el odio de la derrota de España a manos de Estados Unidos en 1898. Forzados por la quiebra económica, han pasado del histérico antiamericanismo a la más abyecta sumisión en busca de sumar a las remesas familiares el subsidio de Washington.

Aún recuerdo la respuesta del terco dictador en la ciudad de Bahía, Brasil, culpando a los americanos de todo lo malo que ocurría en Cuba, cuando él era el principal responsable del desastre. Ahora hay dos Cuba, una en el exterior que goza de oportunidades para realizarse en todas las ramas del saber humano y otra que languidece en la isla sin más futuro que la noche.

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