EL BAYARDO CONTRA EL COMUNISMO: DIGNIDAD HUMANA Y LIBERTAD

Por Ignacio Agramonte y Loynaz

Nadie conoce mejor sus intereses que uno mismo. El individuo es guardián soberano de sus intereses, y la sociedad no debe mezclarse en la conducta humana mientras no dañe a los demás. Funestas son las consecuencias de esa intervención, y aún más funesta cuando va dirigida a uniformarla…

La centralización es la anulación del individuo, la senda del absolutismo. La descentralización absoluta conduce a la anarquía y al desorden. Es necesario colocarnos entre estos extremos para hallar la bien entendida descentralización que permite florecer la libertad dentro del orden.

Es conveniente y necesario limitar la centralización a asuntos trascendentales y de gran importancia. Es abusiva desde que, extralimitándose de aquellos negocios que les corresponden, interviene en otros que no les atañen. Por fuerte que sea un gobierno centralizado, no ofrece seguridades de duración. Concentra su vida en el corazón, y basta un golpe dirigido a él para echarlo por tierra.

La centralización ilimitada disminuye o destruye la libertad de la industria, la competencia entre productores, el perfeccionamiento y bajo precio de los productos.  Requiriendo un número fabuloso de empleados, arranca brazos a las artes y a la industria, debilitando la inteligencia y la actividad, y convirtiendo al hombre en órgano de ejecución pasiva.

A pesar del número de empleados, los funcionarios no tienen tiempo para despachar el cúmulo de negocios que aglomera el Gobierno con su intervención, tan minuciosa como peligrosa, en los intereses locales e individuales. Y sus sueldos son demasiado mezquinos sostener a esos empleados con dignidad, aunque pos su multitud forman una suma altamente gravosa para el Estado.

Si se disminuyera su número, si se les pagara de un modo proporcionado a su trabajo y suficiente para satisfacer sus necesidades dignamente, se dedicarían exclusivamente y con entusiasmo al cumplimiento de sus deberes…Y si se les diera cierta independencia, su dignidad, en vez de humillarse a los caprichos de un superior, se elevaría, adquiriendo una responsabilidad no arbitraria. Lejos de convertirse en máquinas de transmisión, desplegarían su actividad e inteligencia en provecho propio y de la sociedad. Con esta organización el individuo tendría garantizado el libre ejercicio de sus derechos contra los excesos y errores de los funcionarios.

La centralización hace desaparecer al individualismo, tan necesario a la sociedad. De ahí al comunismo no hay más que un paso. Comenzando por declarar impotente al individuo, concluye por justificar cualquier intervención en sus actos, destruyendo su libertad, reglamentando sus deseos, sus necesidades, su pensamiento y hasta sus más íntimas afecciones.

Garantía suficiente sería un código único, un ejército y recursos financieros, todos empleados conforme a la ley. Entonces los habitante de cada localidad administrarían sus propiedades, repartirían sus impuestos, construirían sus vías de comunicación, gobernarían, en una palabra, sus asuntos locales, que solamente ellos conocen y más directamente les interesan.

Esta descentralización limitada es, en tiempos de paz, el estado natural de un pueblo libre, dejando a cada parte de su territorio gozar de la mayor libertad, a fin de que los ciudadanos puedan desarrollar normalmente todas sus facultades.

El gobierno que con la centralización destruya ese franco desarrollo de la acción individual y de la sociedad, no se funda en la justicia y la razón, sino tan sólo en la fuerza. Y el Estado que tal fundamento tenga, podrá anunciarse al mundo como estable e imperecedero, pero tarde o temprano, cuando los hombres, conociendo la violación de sus derechos se propongan reivindicarlos, el estruendo del cañón les anunciará que cesó su dominio letal. 

Nota de Nuevo Acción: Lo anterior es un extracto del discurso pronunciado ante el claustro de La Real Universidad de La Habana, en febrero de 1866. Fue publicado en la “Revista de la Facultad de Letras y Ciencias”—vol. Xv—en 1912; y reproducido por su nieto Eugenio Betancourt en su libro “Ignacio Agramonte y la revolución cubana”, en 1928 y por la Revista “Palenque” en su edición del verano de 1991, año 2, No. 5.

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