EL CARDENAL Y EL G2

Por Dr. Santiago Cárdenas- Especial y en primicia para Nuevo Acción.

Aquella tarde de alto calor, regresaba a mi casa en las cercanías del cine Maravillas alrededor de las 5pm. cuándo “La Gaviota” pasó rozando la acera muy despacio, a 5 kms por hora. Giró suavemente, a cámara lenta, a la izquierda en la Calzada del Cerro entrando en el cuartel de Bomberos adyacente al Policlínico, a media cuadra de mi parroquia en la calle del Salvador.

La Gaviota era el Lada color crema del G-2 que los acosados nos habíamos acostumbrado a identificar porque estaba presente 24/7 en todos los actos ildepúticos del represor: “Edgar”, que así se identificaba.

Era de mediana edad, cierto saliveo impertinente en su labio inferior, ojos claros vidriosos, mirada torva, encanecido prematuramente, con cara perennemente preocupada y vestido de civil con ropa intrascendente. Era, además, el abusador-represor-fanático por excelencia. El culto Teniente Coronel destinado a reprimir sin misericordia al Pueblo de Dios; un robot comunista perfectamente aceitado. Me recordaba al inspector Jaubert, el de los Miserables.

Se decía que había sido adiestrado hasta el detalle con varios títulos universitarios además del de la Escuela de la Alta Inteligencia. Doctorados en Psicología, Leyes e Historia completarían el curriculum universitario de Edgar, el jefe de la oficina especial para la represión anticatólica–adjunta al estéril y perfumado despacho de Felipe Carneado–la cara amable e hipócrita de la persecución incruenta en el Comité Central.

Se decía que había sido seminarista… Se decía que tenía un tío sacerdote… (Sabía mucho de  religión). Se decían muchas cosas de Edgar, que en paz descanse, (me han dicho que murió) que quedarán en  las telarañas de la gaveta histórica de la iglesia, dado el secretismo y el miedo consustancial que nos calaba durante aquellos años traspolado a nuestro presente de relativismo moral. Lo cierto es que  Edgar era el “experto” mayor. Su hazaña más “meritoria” fue  la preparación del infame acto de repudio  en la casita de Oswaldo Payá en Santa Teresa 36, Cerro,  aquel 11 de julio de 1991.

Esa memorable noche cuando liberaron a Dagoberto Capote le ordenaron que  fuera al Cuartel de Bomberos donde se montó el operativo, para que el alto oficial, Edgar, le devolviera personalmente su bicicleta y lo sermoneara una vez más. Así  me lo confirmó Dago cuando nervioso pasó por mi casa pedaleando rumbo a Lawton  buscando un vaso de agua fresca y mi teléfono para llamar a Mayra, su esposa.

LA SORPRESA

Un mes después, el 16 de agosto  fiesta de Nuestra Señora del Carmen, con la temperatura in crescendo, reapareció la tenebrosa Gaviota parqueada en la calle Neptuno, allende al templo de los Carmelitas en la avenida de Infanta. Antes de la misa me dirigí a la sacristía, como acostumbraba, para saludar al párroco Teodoro Becerril, mi amigo.

Al abrir la puerta me encontré a Monseñor Jaime, el futuro cardenal, platicando con Edgar. Estaban solos. De pie. Separados por una mesa cubierta con un pulquérrimo mantel de hilo de los utilizados en la liturgia. Avancé dos o tres pasos. Luego, entre asombrado y confuso, retrocedí sin mediar palabra en el más absoluto sigilo. Monseñor me vió durante unos segundos y frunció su ceño. Edgar estaba de espalda y no me vió.

Aproximadamente una hora después, durante la comunión–  este oficial que caminaba con presteza entre la fila  de los comulgantes–“tropezó” conmigo ex profeso. Supuse entonces, que lo hizo para recalcar su presencia en el templo, amedentrarme, o……. !no sé! El sacrilegio era patente. La desacralización absoluta. Mostraba impúdicamente el bulto de su pistola en la cintura.

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