¡EL COLMO! ¿A DONDE VAMOS A PARAR? EN ESPAÑA UN ATAJO DE LOCAS CON TUBOS EN LOS PECHOS, PROTESTAN…¡CONTRA EL ORDEÑAMIENTO DE LAS VACAS

Por Laureano Benítez Grande-Caballero

¿Cuál es la estrategia de la que se sirven los regímenes dictatoriales para imponer su totalitarismo?: la prohibición. En efecto, el poder enseña su despotismo más absoluto cuando se aplica con obsesión orwelliana a impedir a los ciudadanos las actividades más elementales, cercenando implacablemente las libertades más primarias y esenciales del ser humano, porque la esclavización que logran los sátrapas con sus imposiciones arbitrarias es lo que más les pone, es lo que demuestra su omnipotencia, regalando su megalomanía hasta las más altas cumbres de la vanidad.

Por supuesto, el Nuevo Orden Mundial —que será el totalitarismo más abyecto que la humanidad jamás haya conocido— busca imponer sus perniciosa ideología basada en el marxismo cultural a través de un cúmulo abusivo de prohibiciones, de limitaciones, de interdicciones, pues de otra forma le sería imposible imponer a la gente un pensamiento tan contrario a los derechos del ser humano.

Y el colmo del totalitarismo es prohibir incluso las actividades más normales, más cotidianas, más habituales. En efecto, prohibir andar a gatas por la calle no demuestra ningún poder, porque nadie lo hace, pero cerrar al tráfico el centro de una ciudad para hacer la vida imposible a los conductores, prohibir hacer castillos en la arena de la playa, penalizar la afirmación de que Franco hizo pantanos, anatematizar el piropo, y un largo etcétera, son muestras descaradas de totalitarismo progre, ejecutadas además por los mismos que se llaman “demócratas” a todas horas, y acusan de fascista a quien no les baila el agua.

La ofensiva de prohibiciones es total desde el nefasto día en que aparecieron en nuestra Patria los antisistema y los bolivarianos, pero el “blitzkrieg” de sus imposiciones resulta ya escandaloso, porque se extiende a todos los ámbitos de la vida: la memoria histórica, las leyes de género, el ecologismo, el feminismo, el multiculturalismo… y el animalismo, lo que nos faltaba.

Este animalismo —rebozado en veganismo— es de tal calibre, que el partido que consiguió más votos después de los tradicionales en las últimas elecciones fue el Partido Animalista Contra el Maltrato Animal (PACMA), que consiguió 220.000 votos, duplicando los que consiguió en los anteriores comicios, convirtiéndose en la fuerza extraparlamentaria más votada de la historia, y superando en votos a formaciones como UPyD y Vox. Podían haber sacado tres escaños, de no ser por la ley electoral vigente en nuestro país. Y el schock es todavía más sobrecogedor si tenemos en cuenta que consiguió ¡un millón de votos! para el Senado.

Así que ya tenemos otro estado de ánimo que añadir a la indignación y la hilaridad que provocan tantas estupideces y estulticias como hay en España: el “pacmo”. Sí, después de que los furrieles leninitas nos han podemizado, ahora nos quieren pacmitizar los pacmitas del PACMA. Bondad graciosa.

Esta pacmatización ha producido escenas de una impactante hilaridad, de una estupidez tan portentosa, que cuesta trabajo creer que hayan podido suceder realmente: imagínense un hatajo de locas —las locas del pueblo ya se han escapao, ¡riau, riau!—con tubos en los pechos desnudos protestando en la vía pública ¡contra el ordeñamiento de las vacas! Y ya hay féminas que protestan contra el estrés de las gallinas a la hora de poner huevos, pidiendo su boicot. Y, ¿qué decir de aquellos botarates que protestaron ante un restaurante de la franquicia “El Museo del Jamón”, protestando por la exhibición de jamones, gritando que “¡No es jamón, es cerdo muerto!” —coincidencia con el islamismo, vaya, vaya, qué sospechoso—. Pacmo total y absoluto. ¿Protestarán alguna vez ante alguna clínica abortista, diciendo algo así como: “No es un feto, es un niño muerto”?

Sus líneas rojas son tres: no a los toros, no a la caza, y no al sacrificio de animales. En su programa vienen a pedir casi una equiparación de los derechos animales con los derechos humanos, propugnando, por ejemplo, su atención médica a cargo del Estado, la creación de una Fiscalía contra el maltrato animal y de un Defensor de los Animales, la supresión de los experimentos de laboratorio con los animales…

Y no crean que estos ataques a la caza y a la tauromaquia se deben solamente a un franciscanismo ecologista, no: también muestran el rechazo a tradiciones españolas, por lo que constituyen otra amenaza más a nuestra identidad nacional.

En las elecciones andaluzas celebradas recientemente, la franquicia podemita pedía ¡la ilegalización de la caza y de la tauromaquia! En fin, que se calcula que por ahí perdieron más de 100.000 votos.

Yo, la verdad, estoy de acuerdo con que se defienda a los animales de todo tipo de maltrato, pues son seres vivos que también sufren. Nunca he tenido demasiadas simpatías ni por los toros, ni por la caza y la pesca, así que por ahí no va mi pacmo.

Confieso además que fui vegano 5 largos años, y que hubo un tiempo en el que incluso abogué por los carriles-bici… pero, ya lo ven, esta chusma impresentable que nos malgobierna ha conseguido que me haya ido al lado contrario del espectro, hasta el punto de, si alguien quiere conocer mi ideología, lo tiene fácil: pienso en todo exactamente lo opuesto a lo que me quiere imponer esta turba luciferina.

Lo que sucede es que, junto a mi solidaridad con los animales, soy consciente de que este franciscanismo bienintencionado que se hermana con los animales tiene su lado oscuro, pues puede incurrir en un fanatismo sombrío que lleve a considerar a los animales por encima de las personas, a defenderlos a la vez que se mira para otro lado cuando los maltratados son seres humanos. Recuerdo la historia que contaba Miguel Delibes ―gran apasionado de la caza, autor de 11 libros sobre el tema―cuando, defendiendo la caza de quienes la acusaban de ser cruel con los animales, narraba la historia de un famoso nazi exterminador de judíos que lloró el día que se murió su canario. La moraleja de esta historia es la misma de un chiste de Jaimito en el que éste, ante el requerimiento del maestro de que sus alumnos contasen una buena acción que hubieran hecho por los animales, dijo que él había dado una patada a un niño que había dado una patada a un perro.

Esta «jaimitada» sirve a la perfección para denunciar esta actitud farisaica e hipócrita, que supera los límites de lo sombrío y entra de lleno en el ámbito del horror y la repugnancia en casos como el de los comentarios de los animalistas ante la cogida de toreros en los festejos taurinos, en los que se traduce el desprecio por la vida humana que supone para algunos la defensa de los animales.

Pero esta actitud hipócritamente franciscana no solo se puede aplicar a ámbitos reducidos como las corridas de toros, sino que también puede considerarse en una escala más global. Aportaremos dos ejemplos entresacados de la realidad histórica. El primero sucedió en Ruanda, donde tuvo lugar en 1994 uno de los genocidios más apocalípticos de la historia, durante el cual la mayoría «hutu» exterminó al 75% de la población «tutsi»: más de 800.000 personas fueron asesinadas en 5 meses, y casi todas las mujeres que consiguieron sobrevivir fueron violadas. La matanza también afectó a muchos de los 5000 niños nacidos de esas violaciones. La indiferencia mundial ante este holocausto fue generalizada.

Por esas mismas fechas también estaba de actualidad la campaña contra la caza de ballenas, iniciada a nivel mundial en la década de los 70. En la temporada de 1985-1986 se hizo efectiva la prohibición de la caza comercial.

El contraste entre las dos noticias apareció reflejado de forma magistral en la viñeta de un periódico, en la cual se veía a una ballena decir: «¡Salvad a los ruandeses!». Frase genial de solidaridad animal con los pobres humanos, que viene a significar algo así como: «¡Los humanos primero!»-

En 2010 la UE instauró un embargo sobre los productos derivados de la caza comercial de focas en Noruega y en Canadá, una medida justificada por las «preocupaciones morales del público» frente a los crueles métodos de caza. Esta actividad tiene lugar especialmente en Canadá y Groenlandia, donde cada año se matan alrededor de medio millón de ejemplares, con la crueldad añadida de que la mayoría son crías entre 14 días y 2 meses, y de que un método para matarlas es aplastarles la cabeza con un pico de hierro. Con frecuencia, los animales son despellejados vivos.

Sin embargo, estas «preocupaciones morales» que contribuyen a salvaguardar la protección de las crías de foca no se han aplicado de igual manera a la hora de proteger la vida de las crías humanas, maltratadas, torturadas y asesinadas en incontables abortos. Me produce verdadero pacmo ―e indignación, claro― que muchos de los defensores de los animales ―en connivencia con la izquierda antisistema― no dudan a la hora de apoyar el monstruoso genocidio del aborto, frente al cual no parecen tener «preocupaciones morales», proponiendo incluso el aborto completamente libre, sin plazos. Sí: es pacmoso que exista el PACMA y no un partido que aglutine el voto contrario al aborto, que suscita la indignación de muchos españoles. Es la triste evidencia ―una vez más― de que son siempre ellos los que se movilizan, ante el silencio de una mayoría que las ve venir con un estoicismo que yo preferiría llamar pusilanimidad.

Es sobrecogedor que muchas mujeres que protestan —con razón— por el maltrato y la violencia contra la mujer, están de acuerdo con asesinar en su vientre a unos fetos que muy bien podrían ser sus hijas. Sobrecogedor que haya 100.000 abortos en un país como España, cifra que supera a la del infanticidio en un país como Alemania, que casi nos duplica en población; sobrecogedora cifra para un país que ha presentado este año la tasa de natalidad más baja desde 1941.

En España, la interrupción del embarazo es hoy día la primera causa de mortalidad, ya que se cobra anualmente entre 100.000 y 115.000 víctimas. En todo el mundo, los abortos alcanzan anualmente la cifra apocalíptica de 50 millones, más víctimas que en la Segunda Guerra Mundial. ¿Cuántos toros se matan en España cada año en los festejos taurinos?: las cifras varían según la fuente que las proporciona, pero se estima que en torno a los 10.000. ¿Cuántas ballenas se cazan desde que entró en vigor la moratoria en 1986?: 36.000.

¿Qué diría hoy la ballena esa que gritó en favor de los ruandeses? Mejor dicho, si sustituyéramos al cetáceo por un toro –que podría ser muy bien el famoso toro de Osborne que vemos en las carreteras, el cual ya ha comenzado a sufrir atentados―, ¿Qué gritaría a los cuatro vientos? ¿A quién diría que hay que salvar?

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