EL DERECHO DE LOS TIRANOS

Por Vicente P. Escobal-Especial para Nuevo Acción

Gracias a la Internet el mundo se ha reducido al tamaño de un monitor de computadora. Cuando nos conectamos a la red global el universo circula por la pequeña pantalla informándonos de los hechos más distantes. Ya no hay que esperar largas horas, o incluso días, para enterarse de un crimen pasional en una callejuela de Shanghái, un incendio en los bosques australianos, el estallido de un coche bomba en Bagdad o un descubrimiento científico en una lejana galaxia. Todo el mundo cabe, como sentenció el Maestro, en un grano de maíz. Y gracias a la Internet acabo de leer el discurso pronunciado por Fidel Castro con motivo del 51º Aniversario del fracasado asalto al Cuartel Moncada el 26 de julio de 1953.

Al repasar las palabras pronunciadas por Castro descubro que casi el 90 por ciento de su perorata estuvo dedicado a atacar al entonces presidente de los Estados Unidos.

La réplica y la defensa son derechos reconocidos y aceptados universalmente, pero cuando esas prerrogativas se utilizan para injuriar con epítetos de carácter personal, pierden pujanza y validez. La defensa se ejerce desde posiciones dignas, decentes. La impugnación sustentada en insolencias individuales hace que ésta se torne inconsistente. La difamación multiplica las tinieblas.

Castro arremetió contra el mandatario estadounidense apelando a un presunto estudio del psicólogo Austin Frank, autor del libro «Bush en el diván» en el cual se conjetura sobre el pasado alcohólico de George W. Bush. Indagando aquí y allá, he descubierto que Bush nunca fue paciente del doctor Frank. Es decir, que lo expuesto por el psicólogo fue parte de una feroz campaña difamatoria orquestada ante la inminencia de las elecciones presidenciales.

El doctor Austin Frank, quien dicho sea de paso ha sido un activo militante del Partido Demócrata, transgredió un elemental principio de la ética médica: revelar información sobre un paciente, violando todas las normas de privacidad que el ejercicio de la medicina demanda. Pero hay más: La violación de ese principio se agrava en este caso porque el doctor Frank no posee elementos de juicio para emitir semejantes criterios. El no dispone del resumen clínico del expresidente y consecuentemente no cuenta con una base científica que sustente ese diagnóstico.

En Estados Unidos impera un principio constitucional inviolable: la libertad de expresión.  Cualquier ciudadano puede expresar con entera libertad sus más íntimos pensamientos. Todos los actos gubernamentales, excepto aquellos que entrañan riesgos para la seguridad nacional, son públicos. Resúmenes de las sesiones del Congreso son televisados en vivo por las cadenas nacionales. El presidente presenta anualmente a la nación un informe detallado sobre el estado de la nación. Todo el mundo sabe dónde radica la residencia del primer mandatario, cuáles son sus platillos favoritos, como se llama su mascota y hasta sus preferencias sexuales. Cualquier presidente de Estados Unidos, más allá del partido que lo llevó a la Casa Blanca, tiene un insoslayable compromiso con la verdad que no se quebranta, porque la ley en Estados Unidos es acatada por todos.

El discurso de Castro fue un reconocimiento a la democracia y a la libertad que de esta irradia.  «Bush en el diván» es un homenaje a la libertad de expresión, al margen de sus torpezas e imprecisiones.

Vale preguntar, ¿Qué ocurriría al psicólogo cubano que osare hacer público un estudio sobre le personalidad de un miembro del Buró Político del partido gobernante? ¿A dónde iría a parar la osamenta de un investigador cubano que se atreviera a divulgar la predisposición hacia ciertos vicios de connotadas figuras del aparato castrista? ¿Qué podría pasar con un periodista cubano que transgrediera las barreras de la censura oficial y publicara un detallado informe sobre la homosexualidad y el alcoholismo entre algunos elementos de la nomenclatura?

Las cárceles cubanas están repletas de cubanas y cubanos que un día intentaron ejercer el derecho a la libertad de expresión, periodistas que rompieron los parapetos de la historia oficial y ofrecieron una versión diferente de la realidad nacional. Todavía rugen los ecos del llamado Caso CEA (Centro de Estudios de América) cuyos investigadores, a pesar de su militancia y su lealtad al régimen, recibieron un golpe demoledor de manos de Raúl Castro por haberse atrevido a ofrecer presuntas “soluciones alternativas” a la realidad económica, política y social del país. Fue un enfrentamiento brutal entre intelectuales e inquisidores estalinistas.

Sindicalistas independientes que claman y reclaman justicia y valores, activos defensores de los derechos humanos armados con las “peligrosas armas” de la denuncia, el decoro y la dignidad han sido encarcelados arbitrariamente.

Hace unos años leí un libro sobre la personalidad de Adolph Hitler, escrito por un eminente sicoanalista alemán. También tuve acceso a una documentada investigación sobre el enrevesado temperamento de Stalin. La psicología de ambos personajes es casi idéntica. El Fuhrer poseía una verborrea irrefrenable, sus discursos estaban cargados de rencor e imprecaciones. Cualquier oponente a su desatinada filosofía y a sus disparatados prejuicios étnicos era confinado en los campos de exterminio. Stalin, por su parte, es considerado uno de los grandes genocidas de la historia. Todas sus acciones se concentraron a eliminar a sus adversarios de la forma más cruel, infligiéndoles el mayor dolor. Hitler y Stalin se unieron en la historia por un lazo de desolación y muerte. Ambos crearon los campos de concentración y aspiraron a dominar el mundo. El primero sustentó la tesis de la superioridad racial y el segundo la supremacía del comunismo. Hitler embriagaba a las masas con su retórica nacionalista y Stalin mediante el dogma totalitario. Ninguno ofreció jamás alternativas racionales, porque el diseño de sus tácticas tenía como sustento el odio.

Fidel Castro acomodó sus ideas inspirándose tanto en Hitler como en Stalin. No constituye una desproporción histórica afirmar que el ex dictador condicionó su poder a la descalificación y la destrucción del oponente y convirtió a la sociedad cubana en una víctima de sus embustes y sus delirios megalomaníacos. E hizo de la mentira el tabernáculo donde debía rendirse culto a su personalidad.

La fuerza es el derecho de las bestias, como apuntara el ex gobernante argentino Juan Domingo Perón…Y la mentira el de los tiranos.

Un Comentario sobre “EL DERECHO DE LOS TIRANOS

  1. Interesante articulo, definiendo la personalidad de los tiranos. Sin embargo hay que enfatizar que los primeros campos de concentracion en Kharkov y Tcheka fue la creacion de los bolschevikes,1918-1924, convirtiendolos en camaras de torturas,mas conocidos como “mataderos”.

    No creo que un pais con 70 millones de habitantes, como era Alemania en los años 30s, tuviera la intencion de “dominar al mundo”, ya que su politica del Nacional-Socialismo, aplicaba solo a esta nacion; lo contrario a Stalin, que despues de terminada la guerra Mundial, se quedó con mas de la mitad de Europa, todo esto plasmado en la Traicion de Yalta de Nikolai Tolstoy.
    Comparativamente Fidel Castro, fue mas criminal, per capita, siendo Cuba una pequeña isla, que estos mencionados personajes.
    Mi opinion

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