EL HUMORISMO DE ESTEBITA: SUSPICAZ, SOSPECHOSO Y DALTÓNICO

ESTEBITAESTAESLABUENAHORAPor, Esteban Fernández

Para comenzar lo primero que me topo al entrar en una de esas grandes tiendas por departamentos es con una joven empleada que “cariñosamente” me dice: “May I help you?”. Esas cuatro palabras encierran dos falsedades ya que la ayuda será muy limitada porque cuando le pido: “Sí, por favor tráeme un pantalón 38 de cintura y 30 de largo, negro y con pliegues” no me trae nada y me señala con un dedo hacia donde están un montón de pantalones.

La segunda mentira es la de ser “cariñosa” porque si a esa misma muchacha me la encuentro en la calle ni me mira a no ser que me confunda con George Clooney.  Y no se rían que eso me pasa a menudo.

COMPRADORSOSPECHOSOComo soy un poquito suspicaz y despistado doy un montón de vueltas por la tienda sin comprar nada y me parece que me estoy haciendo “sospechoso”. ¿Sospechoso de qué? No sé, pero de todas maneras me siento, o quizás me hacen sentir, sospechoso de algo.

Miro a una de las muchas cámaras que hay en las tiendas y le sonrío poniendo cara de “inocente”. De pronto me doy cuenta que la misma empleada me ha preguntado cinco veces “si necesito ayuda”. Ya a la quinta vez que me pregunta le encuentro en la voz un tonito “acusatorio”. Airado le contesto “¡No, señorita, no necesito nada, muchas gracias!”.

Agarro tres pantalones y me voy al “probador”. Un empleado me los quita de las manos y los cuenta: “Uno, dos, tres”… Y cuando salgo los vuelve a contar: “Uno, dos, tres”… Cuando se los regreso, y él acaba de contarlos de nuevo, lo miro y me río porque ¡le devolví los tres pantalones que no me gustaron y le demostré que no soy un ratero vulgar! Pienso: “¿Qué se creerá éste, que me voy a manchar las manos por un cochino pantalón…?”

En el medio de la tienda veo que hay una “montaña” de ropa, toda regada y supuestamente más barata. Alrededor de la “tonga de trapos” hay un montón de mujeres fajadas por la ropa y me dan la sensación de ser unas “pirañas”. Las miro con desdén y decido no participar en esa ridícula bronca…

Al fin encuentro un pantalón que me agrada, pero increíblemente ese preciso pantalón no tiene el precio puesto, ni veo ninguno parecido que tenga el precio puesto. De todas maneras me paro en la cola para pagar SABIENDO PERFECTAMENTE BIEN que voy a tener un lío con la cajera por la cuestión del precio.

Efectivamente, la muchacha lo mira, no le encuentra la etiqueta por ninguna parte, coge un teléfono y pide ayuda. Ahí me apartan para un lado y siguen atendiendo al resto de los clientes que estaban detrás de mí.

Otra empleada, de mala gana, viene y se lleva el pantalón y ¡se pierde por 10 minutos! Al fin regresa y dice: “$32.00″… Me parece caro, pero como ya estoy harto de esperar y me gusta el dichoso pantalón (en lugar de cien que sí tienen los precios puestos) y además no quiero discutir por miedo a que la muchacha se vuelva a perder otros 10 minutos más buscando el precio, lo pago e intento irme.

Pero al salir por la puerta SUENA UNA ALARMA, inmediatamente todos los que están dentro de la tienda me miran como si fuera Al Capone, viene un empleado de la tienda con actitud de ser el “Sheriff de Cochise” y mete la mano dentro de mi cartucho de ropa, saca todo lo que tengo ahí y no encuentra el recibo.

Comienzo a sudar nervioso y ya me imagino “esposado dentro de una patrulla de la policía”, de pronto el empleado encuentra el papelito y sonriente me dice: “Okay, no hay problema, disculpe la demora”. Y aliviado les digo: “Thank you very much, sir”. Dar las gracias innecesariamente fue una costumbre que me inculcó mi madre. Al salir siempre digo : “¡Aquí no vuelvo más!”

PANTALONESPARAILUSTRARESTEBITADALTONICOAl llegar a la casa lo primerito que me preguntan es: “¿Te probaste ese pantalón?” y respondo: “Qué va, no tuve tiempo,  no me digan nada que estoy suelto de milagro, yo pensé que me iban a echar 20 años de cárcel por culpa de ese dichoso pantalón, me puse tres pero este no”.

Y eso no falla, cogí la talla equivocada, y de paso (porque  los hombres en su inmensa mayoría somos medios daltónicos) me preguntan: “Y ¿de que color es este pantalón? Y nervioso contesto “Es negro” y triunfantes mis hijas me dicen: “De eso nada, es azul Prusia”  y hay que volver de nuevo a la tienda.

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