¡EL MÁS BRUTO DE LOS COMANDANTES!

ELCHEMUETRTOENBOLIVIA

ESTEBITATRAGICOYSERIOPor, Esteban Fernández

De todos los que estuvieron en las montañas alzados contra Fulgencio Batista sin lugar a dudas él más obtuso fue Ernesto Guevara de la Serna.

Cometió montones de errores pero los garrafales fueron dos: uno, creerse firmemente que habían ganado una gran guerra de guerrillas, y que él era un tremendo combatiente. Hasta tuvo la osadía de escribir -plagiando casi siempre a Mao Tse Tung- un libro al respecto.

Esa lucha no fue nada del otro mundo, el primero que se los dijo a los güineros fue el Comandante Raúl Díaz Torres quien cuando lo iban a felicitar  respondía diciendo esta gran verdad: “Fidel se pasaba el día entero leyendo libros y fumando tabacos echado en una hamaca y yo decidí -y muchos de sus subalternos- tirar tremendo majá”.

Aquello fue un gigantesco picnic mediático, pero quizás debido a la multitudinaria  guataquería de la población cubana desde el primero de enero él se creyó que verdaderamente era un héroe.

La realidad es que eso de la “gran epopeya castrista”  se podía resumir en una serie de escaramuzas, 10 o 12 combates de poca monta,  contra un ejército que no había participado jamás en una guerra de guerrillas, y estuvieron en una zona premiada por la naturaleza llena de ganado, de cerdos, de hortalizas, de viandas y de guajiros afables y en su inmensa mayoría buenas personas. Y los que no eran buenos -como Crescencio Pérez e hijos- se aliaron y se pusieron a sus órdenes. Para sorpresa del cretino era todo lo contrario de Bolivia años más tarde.

El segundo error fue creerse que estaba a la misma altura que Fidel Castro, que podía discutir con él.  Todos y cada uno de los cubanos se dieron cuenta que con Fidel Castro no se podía platicar de tú a tú, y nadie, absolutamente nadie, podía discrepar con el dueño y señor de la Isla.

Desde el mismo 1959 hasta “el bobo de la yuca” comprendió que en Cuba había un solo propietario de la finca, un gato que trataba a los millones de habitantes como si fueran unos ratones. Usted podía ir al manicomio de Mazorra y decirle al loco más enajenado del reclusorio: “Oye, hoy viene Fidel, trata de formar una bronca con él” y el demente respondía: “¡Qué va, yo estoy aquí por trastornado no por comemierda!”.

Les aseguro que el 90 por ciento de los cubanos nos dimos cuenta del gran fallo que estaba cometiendo el Che: Fidel lanzaba un encendido y optimista discurso y ante de dos días Guevara lanzaba otro distinto y discrepando de todo lo dicho por su jefe.

Todos estábamos claros en que el choque de enorme proporciones llegaría. Y llegó. La bronca, encerrados en un cuarto del Habana Libre (Hilton), fue de altura. Estábamos completamente seguros de que Fidel Castro lo fusilaría.

Pero en medio de la gran pelea sale a relucir el más idiota error del Che: el de creerse un genio militar (un Patton de Las Pampas) ganador de mil batallas. Alterado y casi al extremo del ataque intenso de asma grita: “¡Pues yo me voy a realizar mi propia revolución en otros parajes!”  Fidel Castro ve los cielos abiertos, se le baja completamente el berrinche, se sonríe maquiavélicamente y piensa “¡Ñooo, que clase de estúpido es el argentino éste!”

Ahí el tirano cambia de actitud y en un fingido gesto de afecto y solidaridad le dice: “Che, tú tienes toda la razón, tus hermanos cubanos vamos a cooperar en todo lo que esté a nuestro alcance para que cumplas tú cometido patriótico y desinteresado”. Supongo que fueron palabras plagiadas a los que llevan a las vacas al matadero. La ayuda del monstruo al engreído Guevara fue totalmente nula e inexistente según las propias notas de campaña del atorrante. Al abandono castrista él se refiere decepcionado en su diario como “Sin contacto con Manila”. “Manila” era Cuba, “Manila” era Castro. Y el “sin contacto” quería decir que lo habían tirado a mondongo.

Lo mataron en Bolivia el 8 de octubre de 1967 antes de que pudiera escribir estas últimas lapidarias palabras: “Ahora es cuando comprendo las historietas que me contaban los cubanos de Chacumbele aquel que decían que él mismito se mató”. Y vivo convencido de que antes de morir pensó: “¡Ese Chacumbele soy yo!”

Como entre los presentes en La Higuera había varios cubanos  no dudo que alguno dijera: “¡Esto le pasó por comemierda!”

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