EL MRP UNIVERSITARIO

Por, Dr. Santiago Cárdenas- Especial y en primicia para Nuevo Acción

 Cuando Raúl Fernández  Rivero o Trevejo (foto grande que encabeza este artículo)—como lo publicitó el Granma en su primera página—cayó preso, intuitivamente supe que  tenía que aceptar el “cargo”. Raúl era mi “rol model”; mi mentor—un estudiante de medicina  como yo–al cual me habían asignado los hermanos  Roberto y Felipe Jiménez que me iniciaron en los trajines clandestinos y conspirativos del MRP (Movimiento Revolucionario de Pueblo) unas semanas antes. Teníamos una ventaja táctica: podíamos  vernos todas las noches en el Cuerpo de Guardia del Calixto García, sin levantar sospechas ni hacer citas previas.

El “cargo” sería, de  ahora en adelante, coordinar las acciones  clandestinas––verdaderamente clandestinas–en la Escuela de Medicina. No era fácil, puesto que  había que  continuar estudiando al mismo tiempo que  correr los riesgos de la subversión, la contrarevolución en todo su esplendor, siendo un adolescente sin ningún tipo de recursos y  sin experiencia en este tipo de labor.

Después de dejar bien amarrado el Grupo A con un activista de confianza, me mudé ex profeso al Grupo B para buscar personalmente nuevos contactos. Pronto llovieron los alumnos, no sólo del B, sino de los diferentes años de la carrera que  adoptamos el esquema tan cercano, pero totalmente inadecuado, del precedente victorioso  Movimiento 26 de Julio, que consistía en células con un jefe, un organizador, la resistencia y acción y sabotaje. Logramos, tener  muchos  militantes, unas cinco docenas, en todos los años de la Escuela de Medicina que  se dedicaban infatigablemente a nuclear nuevos miembros; recoger dinero; pero sobre todo medicinas. Los recuerdo a todos como limpios, generosos, activos e insobornables.

El Escambray le debe mucho a  esos estudiantes, sus profesores y a muchos técnicos de la salud  por el aporte del material médico que le dimos a  las guerrillas.

Lo más difícil para mí era el planeamiento de las  acciones violentas–reservadas para una élite–que eran opuestas  a mi  fe cristiana y mi vocación médica. Bombas, petardos y sabotajes siempre encontraban un freno moral, desde mi genética, buscando siempre  que el daño colateral fuera el mínimo posible.

La otra  dificultad  era  el trato subterráneo con los profesores, esos viejos  doctos, que tanto ayudaron con sus casas, autos y  dinero a los cuales yo, un culicagao de 19 – 20 años tenía que orientar, dirigir o animar en circunstancias muy inciertas. Me sentía  poco apto para esas funciones.

Por gracia de Dios casi todos los planes violentos fueron abortados por diferentes motivos, aunque, por ejemplo, tuve que atender  varias quemaduras por  el ácido muriático, que  nos robábamos de los Laboratorios de Enseñanza. Hubo otras  acciones traumáticas que prefiero ignorar en este relato.

El trato con los militante de la JEC y la JUC (Juventudes Estudiantil Y Universitaria Católicas)—organizaciones  que se pasaron masivamente a la contra–me era fácil y cercano; pero atender otras “culturas” de la gente, digamos más secular, por ejemplo, un técnico de  Rayos X del Hospital Calixto García  (Roger) o una farmacéutica en el Hospital  Fajardo (Nora), me  era mucho más  complejo en un ambiente que se tornaba día a día más totalitario y  represivo. Ya en aquel tiempo del inicio de la involución cubana el clandestinaje era  bien diferente al del batistato y nuestros persecutores eran agentes de las policías  secretas bien entrenados en el bloque socialista y con experiencia de acoso desde 1917, algo que  desconocíamos en nuestra ingenuidad virginal de jóvenes idealistas.

Nunca tuve contacto con los americanos, ni  con un agente de la  CIA. El corrillo popular entre la gente  era que: el “P” sabe a ron cubano; ni whisky, ni vodka.

Luego de la segunda gran redada  muy publicitada contra del clandestinaje (no recuerdo si a finales de 1960) el movimiento quedó casi acéfalo. Los pocos  sobrevivientes indoblegables–en este caso Wincho Figueroa y el Chato Estrada–vinieron a verme para que  me hiciera cargo del Movimiento en la universidad.   Entonces, debatiéndome entre estudios complejos, difíciles,  y compromisos patrióticos ineludibles: acepté.

Estoy orgulloso de la felicitación que el alto mando del Movimiento—al que no conocía– me envió meses después por extender la contra organizada hasta la Colina, la escuela de Odontología y la de Veterinaria, mas lejos del  Alma Mater. Nunca tuvimos  militantes en Ingeniería.

Estimo que dentro de la resistencia estudiantil (había varias organizaciones) la del “MRP” fue muy seria y eficaz. Tony sorprendía a la alta dirigencia  con más de  $10.000  recaudados cada   mes   y con la siempre disponibles  casas de  seguridad y resguardo  para lo que se necesitara (pregúntenle a mi mujer Cristina; fruto de aquella época).

Entonces vino Girón. A los dos meses del 19 de abril  de 1961 no quedaba estructura. Sus secuelas fueron los presos; asilados; fusilados; emigrantes  y depurados. En  aquel mundo estudiantil las ”depuraciones”–de la cual escapé por puro milagro; me citaron a la Asamblea  y luego no procedieron–es lo más cobarde  y dantesco que recuerdo.  Nadie y nunca  se ha escrito mucho  acerca de ellas y sus diabólicas consecuencias. Las guardo en el recuerdo de las vidas de los doctores Luis Espina, Carlos Pérez y +Humberto Junco. Mis colegas. contemporaneos.

No sé cómo sobreviví (imos) a la debacle. Tampoco sé porque no caí preso. Algo curioso en todos estos años  fue que nunca pasó, ni remotamente la idea de exilarme, ni  de asilarme. Sencillamente mi lugar era allí ; y allí me quedé.

Luego vinieron los años del duro trabajo como laico  en  mi iglesia;  los repiqueteos de la campana  de  Ricardo Boffil y los Derechos Humanos. Más tarde, mi come back como  el “viejo” luchador en las filas de otro movimiento : el MCL (Movimiento Cristiano Liberación)- Regresé al duro; pero  no al  clandestinaje.

La entereza, el desinterés, la generosidad de tantos  jóvenes que conocí en la lucha me mueve a  recuerdos  de gratitud, emoción y retribución hacia ellos. Vi muchas vidas  destrozadas, arruinadas, torcidas por el comunismo en  muchos  años  de lucha en contra de la involución cubana.

Luego de mi “adiós a las armas”  me desgarró el saber que  tres judas–entre ellos mi  jefe de acción y sabotaje–  renegaron del compromiso  contraído y se integraron. !Qué dolor! Allá  siguen  pagando su traición con  una vida  miserable; viviendo de las migajas y en opresión.

Pero, para la mayoría que mencioné: esos héroes anónimos,  esos gigantes morales–que lo fueron—mi respeto eterno y mi cariño. Gloria a ellos.

He ahí los protagonistas. Tenemos una deuda con esos  “soldados desconocidos” del MRP universitario.

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