EL MUNDO POSDEMOCRÁTICO

Por, Jorge Riopedre

En el epílogo del libro George Orwell 1984, el destacado psicoanalista Erich Fromm observa que “el miedo y el odio de un posible agresor destruirá las aptitudes básicas de una sociedad democrática y humanística. En otras palabras, de continuar la carrera armamentista, incluso si ésta no lleva a una guerra termonuclear, llevaría a la destrucción de cualquiera de esas cualidades de nuestra sociedad que podemos llamar democrática. Orwell ha demostrado la ilusoria presunción de que la democracia puede continuar existiendo en un mundo que se prepara para la guerra nuclear”.

Cada vez son más los países, gobiernos y hasta organizaciones terroristas que cuentan con armas de destrucción masiva o disponen de la tecnología para fabricar una bomba “sucia”, metáfora de un artefacto radiactivo capaz de multiplicar la catástrofe de los ataques a las torres gemelas de Nueva York. Por consiguiente, los ciudadanos se han visto obligados a sacrificar algunas de sus libertades individuales en favor de la seguridad colectiva, concesión que va en aumento con los sucesivos ataques terroristas. El largo camino recorrido por la cultura grecorromana y judeocristiana se enfrenta a una encrucijada violenta de esas que suelen cambiar la faz del planeta.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? [1] José Ortega y Gasset nos proporciona un excelente ejemplo de cómo la democracia griega alcanzó su plenitud no por motivos económicos, sino por una necesidad militar. Los atenienses no contaban con suficientes hombres para combatir a los persas, imponderable que obligó a los griegos a llamar a filas a las clases inferiores, desprovistas hasta entonces del derecho a participar en la guerra. La tradición griega sólo concedía a los aristócratas el privilegio de ir a la guerra. Es decir, la génesis de la democracia griega no responde a una

interpretación económica de la historia (el tradicional argumento de los medios de producción), sino una apremiante necesidad militar que contribuyó a cambiar la faz de la cultura griega.

La fórmula se repetirá en la Edad Media, cuando los nobles concedían feudos a los vasallos que engrosaban sus filas. Y si no fuera suficiente tales ejemplos, bastaría recordar al ejército norteamericano en la Segunda Guerra Mundial como el verdadero crisol de la integración racial en Estados Unidos. O el ahínco de José Martí por incorporar a los negros a la guerra de independencia de Cuba en 1895.

¿Cómo evolucionó el sistema democráticos? Una guerra civil en Inglaterra conocida como la “revolución gloriosa de 1688”, echó los cimientos de la división entre el poder legislativo y ejecutivo, además de garantizar la libertad individual y la propiedad privada. Sin duda ha sido un largo camino. En 1790 sólo había tres democracias liberales en el mundo: Estados Unidos, Francia y Suiza. Antes de esta fecha no había ni una sola, ni siquiera la democracia de Pericles, que según Francis Fukuyama no clasifica como tal porque no respetaba los derechos humanos.

No creo, sin embargo, que la democracia sea una virtud universal, como sugiere el distinguido académico, pero tampoco acepto el relativismo democrático del nuevo híbrido político con cabeza neomarxista, cuerpo de caudillo y cola de serpiente, agazapado en un concepto del siglo pasado, muy popular en mis años de estudiante. Hasta los más acérrimos enemigos de la cultura occidental reconocen, por ejemplo, el tabú universal del incesto, uno de los más extendidos, pero no la única prohibición de alcance mundial.

La semilla relativista es muy peligrosa porque intenta anular los valores universales. ¿Cómo será el mundo posdemocrático? No hay que esperar a conocerlo, ya existe en la mayor parte del planeta. Recuerdo una entrevista con un diplomático mexicano al que pregunté si la democracia liberal norteamericana era el modelo a seguir por otros países, pero me respondió que esa no era la única democracia, había a su juicio otras democracias, que no se interesó por identificar, con lo cual puso punto final a la aparente incomoda pregunta. Pero tenía razón, hasta el régimen cubano se proclama democrático en virtud de la teología socialista.

Salvo el bloque occidental, la mayoría de los países de Asia, África y América Latina no cuenta con las instituciones imprescindibles para el sostenimiento de una democracia liberal: separación de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial, libertades individuales y sistema judicial independiente. Depositar el voto en una urna es un requisito necesario pero no suficiente para ingresar en el recuento de los pueblos realmente democráticos. Podrán viajar fuera del país, amasar fortunas millonarias y disfrutar de la vida burguesa que tanto critican, pero vivirán sujetos al capricho de los gobernantes vitalicios y la corrupción orgánica.

Cuando Fromm escribió en 1961 su comentario sobre el libro de Orwell, aún no había ocurrido la más grave crisis moderna provocada por las bases de misiles nucleares soviéticos en Cuba. Desde entonces las cosas han ido de mal en peor hasta llegar a la presente confrontación nuclear con Corea del Norte. El pronóstico de Orwell y Fromm es certero: el miedo y el odio al vecino racista, el terrorista que acecha, el peligro de guerra nuclear o convencional, la tensión permanente por la inestabilidad reinante, son los ingredientes que pueden socavar la confianza del público en la democracia. Las nuevas generaciones tendrán la última palabra.

[1] Fragmentos de mi libro inédito, Tarpeya o el desastre del 59

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