EL TELEGRAMA Y EL GAZNATÓN A “CAMIÓN”

por Esteban Fernández

HACE HOY 57 AÑOS. No sé cómo es la cosa ahora pero el proceso que yo pasé era: Pasaporte (que todavía conservo) visa, visita a la jefatura de policía y como preludio de partir hacia la libertad, nos llegaba un TELEGRAMA anunciándonos el día de nuestras salidas.

Un güinero en su bicicleta recorría el pueblo y todos esperando que llegara a las puertas de nuestras casas. Su llegada era recibida con muestras encontradas de alegría y tristeza.

Y ahí venía el más grande de los dilemas: pasar el peligroso intervalo entre el telegrama y la salida.

La mayoría de las personas, sobre todo los que salían sin haberse distinguidos como contrarrevolucionarios, optaban por acrecentar su pasividad. Se internaban en sus hogares tratando de pasar lo más desapercibidos posible.

Todos los consejos que recibía -de parte de mi familia íntima y de mis amigos más cercanos, eran de: “Tú pórtate más tranquilo que estate quieto”.

Yo -quizás, estúpida y apasionadamente- llegué a la conclusión absurda de: “Yo a última hora no me voy a acobardar”.

Tremendo error de mi parte porque los esbirros andaban desesperados deambulando por el pueblo entero intentanto echarle a perder la salida a cuantos coterráneos pudieran. Y yo, apasionadamente, parecía querer darles pies para la décima.

Fue una de las poquísimas veces que vi a mi padre extremadamente molesto conmigo. Sus últimas palabras al respecto fueron: “¡Coño, Esteban de Jesús, tú parece que prefieres La Cabaña mejor que Miami!”… No le respondí, ni le hice el menor caso.

Contrario a todos los consejos yo ni paraba en la casa, me aparecía en el Instituto de donde había sido expulsado, iba a los portales de la Esquina de Tejas- Viña Aragonesa, buscando a todo el que quisiera escuchar mis últimas descargas en contra del régimen que odiaba con todas las fuerzas de mi corazón.

Y, acto seguido, un valiente joven del Central Providencia, sin saber que al día siguiente yo me iba, me dijo: “Esta noche vamos atrabancar al esbirro “Camión” y su banda de desalmados en el parque central, vamos a caerles a patadas”. Sólo le dije dos palabras: “Allí estaré” y allí estuve. Estúpidamente, desde luego.

Aquello fue una guerra campal, por primera vez “Camión”, quien se había pasado meses golpeando a todos los que consideraba ser unos “blanquitos niños bitongos”, recibió su merecido.

No sé cuánto duró la monumental bronca, porque antes de 10 minutos un amigo de la familia, mucho mayor que yo, llamado Nivaldo “El Capi” Pino, me cogió por el cuello de mi camisa mientras me gritaba a voz en cuello: “¡Tú estás loco muchacho, vas a matar a Esteban y a Ana María de ataques al corazón!” Me sacó de allí, y me acompañó sin soltarme la camisa hasta el Residencial Mayabeque. Estar aquí contando esto se lo debo a ese gesto del “Capi”.

Al otro día: Mañana nublada, “Cumbancha” el chofer de mi tío Enrique manejando el carro, en el asiento trasero mi mamá y su hermana Angelica, Rancho Boyeros, la pecera, lágrimas de una madre, me monté en el avión rumbo a la libertad, más que la alegría de abandonar al infierno me iba eufórico simplemente por aquel justiciero garnatón al esbirro “Camión”.

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