EN MEMORIA DE ALBERTO HERNÁNDEZ MD: ¡HERMANOS!

En la foto: El Dr. Alberto Hernández

Por Luis Conte Agüero

Convoqué desde el alma a que familiares, amigos, compatriotas, patriotas, acompañáramos al Dr. Alberto Hernández, cuyo espíritu ya está con Dios, en la ceremonia del velorio. Claro que mi llamado no hacía falta para quien siempre gozó de tanta popularidad y afectos. Para los muchos que tuvieron el placer y la honra de conocerlo, fue Alberto un hombre excepcional, de carácter entero, gran amigo, cubano digno, talento total al servicio del honor y tan admirablemente generoso que cuidó de que no se supiera quiénes recibían su ayuda firme y sistemática.

La Funeraria Rivero-Caballero se estremeció por la multitudinaria, emotiva y ordenada respuesta al caballero resuelto en las marchas y contiendas por la libertad de Cuba y contra el comunismo y otras dictaduras en todas partes y causas. En la Fundación Cubano Americana, en el Consejo por la Libertad de Cuba, en diversos frentes de Dios y dignidad y en numerosas actividades de idealismo y decencia, siempre adelantado y vanguardia. ¡Y qué carácter entero e intacto para exigir la entrega apasionada y justa a la causa de la decencia humana! Si como profesional médico satisfizo las mayores exigencias de conocimientos y técnicas y cumplimiento, asimismo lo fue en cuanto hacía y organizaba o animaba.

Recientemente, cuando asistía con su hermano moral Pedro Armenteros y con Manolo Duasso a reuniones del Partido Ortodoxo Cubano y decía palabras que equivalieron a mensaje y despedida, yo no podía renunciar al recuerdo del instante cumbre en mi pena y forja espiritual cuando mamá Isidra Agüero y Agüero, en su lecho de muerte, mirándonos fija y dulcemente nos dijo en testamento: Y ustedes, Alberto y Luis, recuerden siempre que son hermanos.

Con labios y  cabezas asintiendo, les dijimos que Sí. Un Sí de eternidad. Alberto me dijo, conmovido y admirado: Ella quiere irse y ella se va esta noche.  Esa madrugada se fue y el Miami Herald destacó en primera plana mi trabajo Mamá se fue con su mantilla.

No estuve, no podía estar, por obligaciones burocráticas y cívicas en el entierro numeroso y conmovido, heraldo de honor en la memoria de la concurrencia devota, pero en el velorio era tal la carga emotiva que tras arrodillarme en la meditación y hacer la guardia de honor y ver a sus hijos enteros y firmes desbordando dignidad, le dije a Pedro Armenteros que me separaba un tanto porque la emoción estremecía. Y allí Alberto, elegante en el féretro, con esa dignidad que lo ennobleció siempre, de cuerpo presente aún en la tierra, ¡Y ya en el cielo y el merecido más allá, seguía cumpliendo aquí, acá, su misión de libertad y patria y Dios.

Porque el velorio, conservando su magna dignidad, constituía una explosión patriótica.  El juramento expreso y callado, en pasión o lágrimas, era seguir el ejemplo, rendirle un homenaje de batallas y deberes al hijo noble de Cuba. Velorio sí. Respeto sí. Juramento Sí. Promesa recia de seguir Si! ¡Y cómo no! Sí hasta la victoria. Sí hasta la liquidación del comunismo en Cuba y donde amenace y agreda y lastime. Sí, el Sí eterno de la democracia y la justica y el amor humano!

Alberto está allí, y en otra dimensión busca ¡Cómo cumplir, Cómo servir, Cómo amar!

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