ÉRAMOS CUBANOS, POR ENCIMA DE TODO

Foto de La Habana en 1950, desde el litoral.

Nota de la dirección de N.A.- este artículo no es respuesta al de Servando González ni es uno de los artículos a que se refiere González en su artículo refutando  lo escrito anteriormente por Escobal.

Por Vicente P. Escobal-Especial para Nuevo Acción

Los pueblos sometidos a regímenes totalitarios y caudillistas muestran en su actividad social, política, económica y cultural la personalidad del caudillo que los oprime. Cuba es un ejemplo de este singular fenómeno.

Antes de la llegada al poder de la catástrofe castrista, los cubanos poseían una especial condición en sus relaciones interpersonales. Más allá del nivel cultural, de la posición económica, del color de la piel, de las opiniones políticas o la orientación sexual, existía “algo” que mantenía unido a los cubanos: ese “algo” se llamaba conciencia nacional, sentido de la identidad, cubanía.

No éramos un pueblo dividido por intereses territoriales o diferencias lingüísticas. Bastaba la condición de ser cubano. Martí lo definió: “Dígase cubano y ya se han dicho todos los derechos”. Y ser cubano significaba – significa aun – tener la habilidad de situarse más allá de cualquier categorización racial o étnica. El cubano siempre estuvo orgulloso de su condición, jamás nos consideramos hispanos o latinos, nunca identificamos al negro cubano como afrodescendiente. Llegamos a otorgar a la palabra “negro” un atributo de familiaridad y de pertenencia. El término “mi negro” en ningún momento fue interpretado como una expresión discriminatoria u ofensiva.

Respetábamos al inmigrante sin importar su origen nacional y le brindábamos todas las facilidades para que se estableciera entre nosotros, alcanzara éxitos profesionales y formara su propia familia.

Al turista no lo asediábamos en las calles: lo recibíamos con cortesía y hospitalidad. Nunca tuvimos que soportar la cruel ignominia de no poder compartir con un visitante extranjero o impedirnos el acceso a las instalaciones donde éstos se alojaban o recreaban.

Nuestros desacuerdos generalmente se derivaban de los asuntos más intrascendentes. Las discrepancias políticas e ideológicas se solventaban en los procesos electorales. Nunca un cubano discriminó a otro cubano por ser ortodoxo, demócrata, liberal, incluso comunista. En el ámbito laboral primaba la probidad, el sentido de pertenencia y no la incondicionalidad política.

Teníamos un sentido amplio y plural de la familiaridad muchas veces exagerado. La familia podía llegar a trascender los límites del hogar.   El hermano resultaba, a veces, “el vecino más cercano”. Respetábamos al anciano, a la mujer embarazada, al vendedor ambulante, al limpiabotas, al repartidor de periódicos, al discapacitado, al demente. Sentíamos orgullo al saber que por nuestras calles deambulaban el Caballero de Paris, la Marquesa, Juan Charrasqueao, La China y muchísimos otros personajes que aderezaban nuestro entorno con sus ingeniosidades y chifladuras.

Poseíamos un admirable sentido de progreso personal. Todos queríamos que nuestros hijos nos superaran en todo cuanto emprendieran, y que alcanzaran una educación esmerada. Podíamos escoger libremente el tipo de enseñanza que más se adecuara a nuestras tradiciones, nuestros intereses o nuestra economía.

Éramos un pueblo con raíces muy profundas, con un afincado sentido de pertenencia a aquel cielo y a aquella tierra. Orgullosos de nuestras palmas, de nuestros paisajes, de nuestra historia, de la acritud de nuestro vino.  Un pueblo que vivió episodios de ruptura constitucional y de intensas conmociones políticas y sociales que lograba superar sin la más mínima señal de traumáticas huellas en su acontecer histórico. A ningún cubano jamás se le ocurrió asaltar un cuartel o el palacio de gobierno ni colocar bombas en un cine, un teatro o un establecimiento comercial, hasta que los “gatillos alegres” del asesinato y el sabotaje establecieron ese nefasto modo de mostrar sus entrañas asesinas.

La idea de emigrar nunca se apoderó de nosotros: nos inspiraban otras perspectivas. Queríamos demostrar nuestros valores y virtudes en el hogar nacional.  Los menos favorecidos económicamente siempre amasaban la ilusión de “a lo mejor el año que viene…” Y aquel “a lo mejor” se concretaba cuando el esfuerzo, la responsabilidad y la disciplina aventajaban la fatiga, la resignación o la dejadez.

El campesino amaba la tierra, el obrero su fábrica, el empresario su empresa y un lazo invisible e indivisible los unía en un propósito común: desarrollar a Cuba.

No éramos la sociedad perfecta porque ninguna obra humana puede aspirar a serlo. Teníamos grandes defectos derivados de haber alcanzado demasiado tarde nuestra independencia, que no supo construir a tiempo instituciones consistentes e independientes, y una de esas fallas fue justamente la que llevó a Castro al poder: nuestra inocencia.

Y por esos caminos marchábamos. Así éramos.

Hasta un día, cuando todo cambió.

Un extraño diluente fue deshaciendo todo cuanto nos identificaba como pueblo y definía como nación.

Las relaciones interpersonales se hundieron en una enrarecida atmósfera de resentimientos, desconfianzas y rivalidades. La patria dejó de ser el hogar de todos para convertirse en la propiedad de unos pocos.  Los padres perdieron la sagrada libertad de elegir el tipo de educación que deseaban para sus hijos y los hijos pasaron a ser una especie de propiedad estatal.

La columna que sostenía con firmeza el desarrollo de la sociedad se desplomó bajo el ímpetu de un sistema que invocaba la unidad para dividir mejor.

Comportamientos antes repudiados por la sociedad emergieron en las relaciones humanas. Aquel cubano pacifico, solidario y cordial pasó a ser una fiera dispuesta a atacar y devorar. Las carencias materiales y éticas más elementales favorecieron un clima de tirantez que ha hecho del cubano una persona desconocida, inclusive, ante sus propios ojos.

La personalidad del caudillo y su aberrada interpretación del hombre, la sociedad y los procesos históricos se apoderó paulatinamente de todos los estratos sociales. Aun después de muerto el absolutismo del caudillo adquiere vigencia y presencia, y adquiere las más variadas formas de manifestarse.

Castro está presente en los actos de repudio, en la rigidez ante el adversario, en su odio irracional y corrosivo al progreso, en su afán por hacer prevalecer sus criterios incluso al precio de la cárcel o el paredón de fusilamiento. La personalidad del tirano se hace sentir en las carencias cotidianas, en el trato cruel, inhumano y degradante de que son víctimas los presos cubanos.

El amor al más auténtico sentido de la identidad nacional desapareció cuando Castro envió a centenares de jóvenes a morir en las selvas africanas y puso de manifiesto su salvajismo cuando organizó pandillas de terroristas que sembraron la muerte, el caos y el terror en América Latina.

Todos nos horrorizamos cuando supimos que Fidel Castro pidió al entonces gobernante de la URSS Nikita Jruschov que lanzara cohetes con cargas nucleares sobre las principales ciudades de Estados Unidos. Ni a los más crueles dictadores del mundo, inclusive ni a los más viscerales enemigos de Estados Unidos, se les habría ocurrido semejante crimen.

El balance se escalofriante: Cuba ha sido despojada de sus atributos y hay en ella muchas más pérdidas que conquistas. Ese es el legado del castrismo.

El ejercicio incondicional de la libertad, la promoción de una política de respeto a los derechos humanos y el rescate de los valores éticos y morales que enaltecían a Cuba no deben ser – no pueden ser – una estrategia ideológica ni una mezquina componenda partidista.

Se dice que el pueblo cubano ha alcanzado ya su plena madurez política. Si realmente se quiere formar a los ciudadanos del futuro, resulta inaplazable que ese pueblo ponga a prueba esa madurez y reconozca su derecho a la diversidad, sustentada en la dignidad por encima de cualquier otra premisa.

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