ESPAÑA: LA ESPIRAL DEL ODIO

PINTADAGUERRICIVILISTAENLAFACHADADEUNAIGLESIAPintada “guerricivilista”en la fachada de una iglesia en la España de hoy

ARMANDOROBLESPor Armando Robles-Alerta Digital

Fuera caretas. Fuera disfraces. Fuera cuentos contados por ponentes tan traidores o tan poco previsores como los de 1978. España vuelve por sus fueros, retorna a su ADN cainita. “Sangre de Caín tiene esta gente labriega”, sentenció Antonio Machado recién quitadas las máscaras de la II República. No hay remedio para España, víctima de las mismas cosas y los mismos enfrentamientos de siempre. Al menos los que no nos reconocemos ni mucho ni poco en este estercolero, quitémonos también las caretas y proclamemos alto y claro que este no es nuestro proyecto moral ni político, que estos gobernantes no son de los nuestros, que esos que los votan no son nuestros hermanos, que aquellos que estos días queman pesebres y otros símbolos católicos merecerían el más severo correctivo.

La historia reciente de España no se entiende sin la base de un odio infinito a lo que da sentido y sustento moral a millones de españoles, muchos de los cuales se obstinan en buscar la protección de un Estado y de unas normas refractarias a nuestro ideal de vida. La izquierda sociológica nos odia, odia nuestra fe y nuestro rumbo, odia nuestro paisaje histórico y nuestras señas afectivas, odia a nuestros héroes y a nuestros ideales, odia nuestra independencia intelectual y nuestra rebeldía cívica.

ELIMINANDONOMBRESDECALLESENESPANA Ese odio infinito lo trasladan a figuras históricas cuyo recuerdo (¡fuera complejos!) alcanza un lugar cálido en nosotros. Pongamos que hablo de Franco, aquel gobernante que inspiró normas mediante las cuales se garantizó el derecho a nacer de usted, y de usted, y del que incluso piensa de forma diferente al que esto les escribe. Sólo por eso ya merece mi infinito agradecimiento.( En la foto de arriba: Eliminando nombres de calles)

Ese odio inmarcesible, imperecedero, sin la más mínima posibilidad de sosiego y apaciguamiento, se crece por la inmensa humillación de que con él sólo pudo la muerte, y se crece también por la seguridad de su creciente recuerdo en las gentes más sencillas cuando comparan su obra con la de este y otros gobiernos de la democracia.

Ver que el odiado vive cada día más y que esa supervivencia creciente la logra, en parte, por la comparación con quienes le sucedieron; palpar que ese odio no hace sino agigantar al odiado, es causa a su vez del odio que millones de españoles ya sentimos. He aquí el dramático círculo vicioso de un proceso político que, según se nos dijo, restañaría para siempre las heridas de las dos España: para vengarnos, hay que destruir su obra y cualquier cosa que nos recuerde aquella época. Pero al destruir lo más genuino y representativo de aquella España, lo que hacen es engrandecer el pasado, con lo que el odio aumenta, lo que nos impulsa a nosotros a no querer saber nada de esta clase política y de muchas de estas instituciones.

En medio, como siempre, la derecha pastelera y mojigata, devota de Mariano y de José María, incapaz de mover un músculo para defender esos principios que los ponentes constitucionalistas traicionaron tras la muerte de Franco, con lo que está dejando que la partitocracia se presente en sociedad como una patente, una exclusiva y un invento de esta izquierda, lo que la hace cada día más inaceptable. Por eso cada vez más españoles recuerdan con admiración y respeto la figura de aquel de quien dijo el propio Juan Carlos I, siendo príncipe, al doctor Vicente Pozuelo Escudero: “Todo lo que tengo se lo debo a él”. Pues que se note, borbón, que se note.

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