FIDEL CASTRO Y LA CIA

Por Vicente P. Escobal-Especial para Nuevo Acción

Por décadas nos hemos convertido en receptores de una insólita teoría: Fidel Castro estuvo en la nómina de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y fue ese el motivo por el cual mantuvo el poder por varios años enfrentando de cierta manera una “suave” hostilidad con Estados Unidos.

Es cierto – como ya he dicho – que todos los encontronazos de Castro con las administraciones estadounidenses han sido motivados por conflictos migratorios, con la única excepción de la llamada Crisis de los Misiles o Crisis de Octubre la cual tuvo, por cierto, un final inaceptable para los intereses geopolíticos del ex dictador.

La mitología produce sus ídolos, sus imágenes, sus iconos, sus acontecimientos y hasta sus “héroes” y crea, con renovada persistencia, las más absurdas invenciones.

Personalmente no creo que Castro haya sido un agente de la CIA porque ¿qué sentido tendría?

Tal vez el argumento de que su primera visita una vez alcanzado el poder fue a Washington, o una carta escrita al entonces presidente Roosevelt pidiéndole diez dólares, y otras explicaciones, hayan alimentado la teoría de que Castro estuvo envuelto en la estrategia de una de las agencias de inteligencia más poderosas del planeta.

Hasta donde yo se los archivos de las instituciones de espionaje y contraespionaje no son accesibles al público y se conservan en el más absoluto hermetismo. Para quien asegure categóricamente que Castro fue un miembro de la CIA habría que preguntarle cómo logró esa información, dónde están las evidencias de semejante aseveración.

Si la misión encomendada a Castro por sus jefes de la CIA consistió en desprestigiar a Estados Unidos, crearle conflictos en diferentes lugares del planeta, pedirles a los rusos que lanzaran un ataque nuclear contra ciudades estadounidenses, llamar a una huelga general de deudores como lo hizo ante la impagable deuda externa de los llamados países del tercer mundo. Si Castro fusiló a innumerables cubanos bajo el argumento de que eran mercenarios y espías pagados por la CIA, si sus virulentas arengas contra el capitalismo y la globalización fueron acciones ordenadas por la Agencia de inteligencia norteamericana entonces habría que pensar que Ronald Reagan y George Bush, entre otros mandatarios, eran agentes del KGB soviética.

La poca objetividad de ciertas opiniones relacionadas con Castro tal vez pretenda llevar al imaginario popular la idea de que el otrora Comandante en Jefe era un superhéroe, un sujeto que en cualquier momento podría haberse despojado públicamente de su chaqueta verde oliva y exhibir un “T shirt” con el emblema de la CIA, semejante al empotrado en las instalaciones de ciertos edificios enclavados en Langley, Virginia.

Los enrevesados vericuetos de la personalidad de Fidel Castro siempre apuntaron hacia una meta: ascender al poder, una de sus muchas desmedidas ambiciones. Si se le confiere el título de agente de la CIA entonces habría que perdonarle todos sus crímenes, todas sus tropelías, todos sus arrebatos porque actuaba siguiendo instrucciones del buque insignia de la democracia occidental.

Un barniz de misterio nunca les viene mal a los dictadores. Ahí está la historia para confirmarlo. A la mayoría les han endosado innumerables e irrecordables adjetivos.

La ideología de Fidel Castro, legada a los que hoy desgobiernan Cuba, puede resumirse en pocas palabras: destruir a los adversarios y tratar de imponer sus dogmas a cualquier precio.

Cada cierto tiempo se desclasifican archivos en Estados Unidos: ayer del Pentágono, hoy del departamento de Estado, mañana de la CIA. En ninguno de ellos aparece el menor indicio sobre la membresía de Castro a la Agencia. Y de haber sido cierto el hecho se habría convertido en un contundente argumento para desprestigiarlo y exhibirlo ante el mundo como un embustero.

Ahora, ¿necesita alguien con un mínimo de decoro echarle mano a un argumento tan importante para demostrar que el hijo de Lina y Angel fue un farsante, un ambicioso, un frustrado, un asesino? No es necesario.

Fidel Castro perteneció a la escuela de los seguidores de Nicolas Maquiavelo quien en su libro “El Príncipe” afirmó: “…los pueblos son tornadizos; y si es fácil convencerlos de algo, es difícil mantenerlos fieles a esa convicción, por lo cual conviene estar preparados de tal manera, que, cuando ya no crean, se les pueda hacer creer por la fuerza”.

Gente muy allegada a Fidel Castro han asegurado en Miami – la última trinchera de los cayos pisados – que “El Príncipe”, junto a “El Padrino”, era uno de sus libros de cabecera y que podía recitar capítulos enteros de ambas obras.

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