FORT JACKSON

entradadefortjacksonencarolinadelsur

Entrada al Fuerte Jackson, en Carolina del Sur (foto: archivo de Aldo Rosado-Tuero, miembro de la Compañía A-4-1- de las Unidades Cubanas del US Army # UC50- 303-733)

hugobyrneinfortjacksonPor Hugo J. Byrne 

A todos mis compañeros de armas: a los que aún viven y a la memoria de los que pasaron.

Un excelente trabajo de Esteban Fernández, muy a propósito para la pasada conmemoración del 10 de Octubre ha sido inspiración para estas notas. Antes de entrar en el tema, es importante advertir a los lectores que para describir la vida militar objetivamente es preciso usar lenguaje de cuartel. Los lectores muy sensibles, quienes se sientan ofendidos por palabras demasiado “castizas”, no deben leer esto.

En segundo lugar, tanto Estebita como yo fuimos forzados a esperar antes de ser admitidos por el Army. Él por demasiado joven y yo por demasiado viejo. Tenía entonces 28 años y ahora 82. No nos conocíamos antes de coincidir en California. Esteban ganó peso en Ft. Jackson. Yo adelgacé tanto que al regresar a la vida civil la ropa ya no me servía. Imposibilitado de comprar nueva ropa, fui a un sastre remendón barato y por supuesto, cubano. “¿Estás loco? ¿Cómo puedo arreglar unos pantalones cuyos bolsillos traseros se superponen?” Cuando llegué a las barracas pesaba 169 lbs. Cuando mi separación 142. Me vestía aún con el uniforme militar y unas pocas ropas usadas que compré en “Saint Vincent de Paul”.

Cuando nos bajamos del tren en el Fuerte Jackson, yo llevaba las órdenes del grupo y debía entregárselas al primer oficial que viera. No había ninguno, sólo un sargento que nos ladraba órdenes y empujaba a los rezagados. Nos pusieron en fila india delante de un mostrador en un almacén para entregarnos nuestros uniformes, ropa interior y dos pares de botas. El soldado a cargo de esa función simplemente nos miraba y escogía las tallas, sin tomar medidas. Eso a veces creaba problemas.

Me dieron el sombrero más grande que tenían y en mi bien desarrollada cabeza “de pensador”, quedaba cómodo. De alguna manera uno de los muchos chuscos cubanos cambió mi sombrero por el de otro soldado, un negro bajito y flaco. Durante la primera formación ante la barraca donde vivíamos (tercer pelotón) encontré mi sombrero tapando la cabeza del otro pobre hasta la nariz y apenas sostenido por sus orejas. Se lo cambié por el suyo, que sólo me cubría la coronilla.

Antes de ocupar nuestros asignados aposentos recibimos la primera arenga del sargento a cargo del tercer pelotón. Se llamaba González y era un puertorriqueño de New York, capaz de comunicarse bastante en español: “¿Se creen soldados? Ustedes son pura mierda. Los soldados marchan como soldados y ustedes parecen un baile de putas. Pero no se preocupen de eso, yo los haré los más mejores”. A partir de ese momento llamábamos nuestro pelotón el de “los más mejores”: Marchábamos al compás de “Cementerio de los vivos es el Tercer pelotón. Nos levantan a las cinco y a las seis la formación. Sound off; one, two, etc. y el estribillo era “los más mejores, los más mejores, etc.

Después de esa recepción tan acogedora, lo que vino fue mucho peor. En las mañanas antes de las 5:00 am González, nos despertaba pateando las literas y soplando un condenado, estridente silbato, interrumpiendo los pitazos sólo para gritar: “¡se acabó la noche, p’arriba soldados!”

Ese primer día resultó frío para hombres crecidos en clima tropical. De común acuerdo muchos se enfundaron en el “field jacket”. Yo salí en camisa. Inmediatamente nos enviaron de vuelta a todos y tuvimos que regresar sólo con el “t-shirt”. Durante la formación antes de la carrera (el objetivo era cuatro millas, pero esa mañana sólo corrimos dos) el “First Field Sargent”, otro puertorriqueño llamado Meléndez, nos dijo que allí no había frío, que eso era sólo en Ft. Knox y que lo de Ft. Jackson eran “brisas tropicales”. Mientras tanto yo miraba una llave de agua de la que colgaba una gota congelada.

Durante todo el trayecto de la carrera, cuando pasábamos frente a un gran tanque de agua en dirección a lo que bien pronto llamaríamos la “loma de la miseria”, el condenado González corría delante de nosotros y, a veces corría en reversa mirando hacia atrás y riéndose se de nuestra lentitud. Como cubanos teníamos que desquitarnos y lo hicimos.

El sargento González, al frente del tercer pelotón, dormía al final de la barraca en el nivel superior y tenía una habitación privada con llave y ventana. Nos apostábamos debajo de esa ventana y le dedicábamos todas las noches una serenata improvisada con música de la “Chambelona”. El acompañamiento era de tambores y una trompeta. Pero el estribillo era así: “Aé, aé, aé la chambelona: González no tiene madre porque lo parió una mona” Aé, aé, aé la chambelona. Que la mujer de González tiene una teta de goma” y así sucesivamente. Nunca se dio por enterado, aunque cuando nos oía siempre cerraba la ventana hasta en los días de calor.

Se desquitaba cada mañana pateando las literas y soplando el silbato hasta ponerse mofletudo. A veces le dábamos motivo para odiarnos. Entre nuestros soldados los había insoportables. Entre ellos un guajiro que creía y temía la presencia de fantasmas, creando situaciones ridículas a causa de ello.

Otro había llegado de New York con la apariencia falsa de un potentado (traje caro de tres piezas, corbata, sobretodo y sombrero). Era experto en electrónica y tenía una cara más dura que hecha a la orden.  El tipo  se las arregló para poner un micrófono entre el colchón y el bastidor de la litera del guajiro de los fantasmas. En medio de la noche una voz de ultratumba empezó a llamar al supersticioso montuno por su nombre. Este se levantó muy agitado y se armó con la pala de cavar trincheras: “¡voy a matar al hijo de esa gran puta, coñoo!” El tremendo escándalo atrajo a González, totalmente desvelado a causa de nuestras cotidianas serenatas.

El sargento agarró al guajiro por el cuello con ambas manos: “¡muere!”, le gritaba frenético. Entre varios logramos separarlos y calmar a González quien parecía que se había vuelto loco. Realmente, esa fue la única vez que vi a González perder totalmente los estribos. Lidiando con algunos de aquellos cubanos se enloquecería hasta Mazantín el torero.

En el “bivouac” (vivac, campamento de campaña) sin embargo, todas las actividades transcurrieron perfectamente. Nuestro Company Commander era un primer teniente de apellido Bosch, Por lo general la posición de líder de una compañía es reservada para capitanes. Pero Bosch, un gringo del este, probó ser un soldado entre soldados. Lo demostró con creces haciendo todo el entrenamiento básico de infantería a la par con todos nosotros. Cuando el Capitán Malavé (un mejicano americano, al que bautizamos “Mala Fé”), lo substituyó temporalmente, supimos la diferencia: Malavé nos acompañaba, pero sentado en su jeep con su chofer. Una vez en la ciudad de Columbia, vi pasar a “Mala Fe” en el jeep. Yo estaba fumando un tabaco caro y no quería tirarlo. Mientras mordía el tabaco me cuadré y lo saludé militarmente. Hasta este día dudo mucho haber cumplido exactamente con el estricto protocolo militar. Mala Fe me miró con asombro, no contestó mi saludo y el jeep pasó de largo.

Cada pelotón se supone que tenga un oficial. El tercer pelotón tenía un segundo teniente, cuyo nombre no recuerdo. Era hispano, pero creo que no hablaba español. También era un tipo insignificante. En una ocasión durante un vivac, yo no me había afeitado. El teniente se me acercó: “soldado, usted no luce que se haya afeitado hoy. ¿Se puede saber por qué?” Me rasqué la cabeza. Cuando empezaba a hilvanar una excusa tonta fui interrumpido por el sargento González, quien dirigiéndose al teniente dijo: “señor, este hombre se afeita hasta tres veces al día, pero la barba le crece muy rápido”. El teniente miró a González, quien sonreía y después a mí. Meneó la cabeza y se largó. Me volví a González, quien sólo dijo, “Byrne, me debes una cerveza”. Apenas podía aguantar la risa.

Otro sargento era un diminuto indio mejicano cuyo nombre he olvidado, pero a quien todos los cubanos conocían por “Tijuana”. Tijuana tenía la costumbre irritante de gritar “cállese la boca”, cada vez que creía que alguien hablaba en las filas. Una vez varios soldados trataron de esconderse detrás de un pequeño promontorio, pero Tijuana los vio: “¡esos cabrones que están escondiéndose, vénganse para acá!” Uno de ellos fingiendo el acento mejicano y tapándose detrás de otro soldado para evitar ser identificado le gritó: “¡cállese la boca!” “¡madre chingada!”, ripostó Tijuana, sin saber a quién.

Cuando me presenté de voluntario ya era hombre con responsabilidades mucho más importantes que mi persona. Sin embargo, a diferencia del gobierno federal, el Ejército norteamericano nunca me defraudó. Al contrario, creo que me ayudó a continuar la misión primaria de mi vida. El embuste y bellaquería de Kennedy y sus cófrades no se reflejó en la conducta del General Charles D’Orsa, jefe militar del fuerte, ni entre los más humildes soldados cómo los sargentos González o Tijuana.

Clasificamos con resultados notables usando armas como el M-1(Garand), el Browning Automatic Rifle (BAR) y la ametralladora Cal.30 enfriada por aire. Como parte del entrenamiento básico ninguna de esas viejas armas están todavía en uso.

Una vez durante el entrenamiento básico me sentí febril. Fui al llamado “sick call” y me ingresaron al hospital del Fuerte. Tenía los glóbulos blancos muy bajos. Me tuvieron primero en un pabellón con pacientes en sus camas a ambos lado de un largo corredor, como en las películas de guerra de mi niñez. De repente se apareció la primera mujer que veía desde que tomara el tren en Coral Gables. Créanlo o no los lectores, era una rubia bellísima, con un uniforme blanco y una cofia con dos barras de plata verticales (nada menos que Capitana). Se dirigió directamente a mi cama. Creí soñar. Su apellido era Ellis y era doctora en medicina. Todos me miraron con envidia. Sonrió, me tomó el pulso y hablamos brevemente sobre mi estado de salud. Después se fue tal como vino y los otros me hicieron toda clase de bromas. Otro Doctor que me atendió era el Jefe del Hospital, Coronel Jacobs. Cuando los glóbulos subieron lo suficiente, me dieron de alta, justo a tiempo para permanecer en la misma compañía. De haber pasado dos semanas en el hospital, por reglamento habría tenido que ingresar a una compañía diferente, extendiendo mi servicio. Regresé justamente antes de la orden de desbandar las unidades. Algunos soldados sacaron los tambores formando una conga, con un trapero de farola. Bosch aguó la celebración: nos puso a recoger colillas.

El tiempo borra todo implacablemente. Mi último recuerdo de Fort Jackson fue la parada final en la ciudad de Columbia, unos días antes de regresar a Miami y a mis niñas. Imaginé que era el desfile de la victoria en Cuba, “al fin libre y pura como el aire de luz que respiras”, como cantara Heredia. Cuba libre de todas sus coyundas. Los curiosos vitorearon a los soldados cubanos. No miré a nada sino al frente.

De vuelta en el área de la compañía oí el comentario de otros dos soldados.” ¿Viste a Byrne?”, dijo uno con tono burlón: “ese cabrón parecía un prusiano”. El otro dijo “bien por él, así debimos marchar todos”. ¿Perdí mi tiempo? Quizás. No me arrepiento.

Un Comentario sobre “FORT JACKSON

  1. Hugo J. Bryne.
    Magnifico articulo Hermano Hugo. Me llevo a los años cuando era parte de la Guardia Nacional y despues La Marina de Guerra…(U.S. Navy). Tus palabras me causanron a veces risas cuando recuerdo los apodos que le poniamos a los que estaban a cargo! GRacias por compartir con nosotros. Nosotros, lo que hemos pasado por “Boot Camp”….agradecemos esos recuerdos…hoy con risas.
    Respetuosamente, un fuerte abrazo lleno de Cubania,
    Henry Agüeros Garces
    Viva Cristo Rey,
    Viva Cuba Libre NACIONALISTA!

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

Help

WordPress theme: Kippis 1.15