¡GRACIAS INFINITAS!

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HUGOBYRNEPor Hugo J. Byrne

Apenas eran las diez de la noche en Pasadena, California. Eso quiere decir que la Bestia fue llamada a su residencia permanente el 25 de noviembre, al día siguiente de la tradicional celebración del Día de dar Gracias en Estados Unidos. Nada más apropiado que “Black Friday”, la verdadera apoteosis del capitalismo, para que se le abran de par en par a Fidel Castro las puertas rojas del infierno.

En su permanente morada lo recibirá su admirado colega Satán y en ella se revolcarán juntos en la caldera más hirviente y fétida. Nada más consonante con esa tradición americana de dar gracias a la Divina Providencia por el muy tardío mutis de uno de los más crueles tiranos de la historia contemporánea. En nombre de todos cuantos asesinó, encarceló y oprimió espero que haya encarado una agonía lenta, indigna y dolorosa. Nada se ha perdido. Cómo dijera John Edgar Hoover sobre la muerte del enemigo público número uno, John Dillinger, “no hay romance en la muerte de una rata”.

Dicen los santurrones hipócritas y los sepulcros blanqueados como el llamado “Papa Francisco” (el atorrante Jorge Bergoglio), que no es cristiano alegrarse de la muerte de un semejante. A eso contesto que nunca hubo la menor semejanza entre mi persona y quien afortunadamente ya no es persona, en el caso muy remoto de que alguna vez lo hubiera sido.  Además, si para ser cristiano es necesario callar hipócritamente lo que siento, prefiero no serlo. En esto estoy en perfecta comunión espiritual con Hatuey, el indígena rebelde que prefirió el martirio de ser quemado vivo antes que doblegarse a la voluntad perversa de los sangrientos verdugos de su pueblo oprimido.

La libertad es, al igual que la vida, la dádiva de Dios y es por eso que estamos obligados a defender ambas. De nada sirve una sin la otra. El forjador de la nacionalidad cubana aprendió a la tierna edad de dieciséis años, como arrastrar un pesado grillo de hierro mientras quebraba pedruscos de una cantera, usando un tosco pico que sus jóvenes brazos apenas podían levantar.

Quizás no supiera hasta entonces José Julián Martí el precio de la libertad. Pero no cabe la menor duda de que en ese momento lo supo. Ese conocimiento hizo de él un verdadero apóstol de la libertad, a la que dedicara una vida ejemplar y ofrendara una muerte heroica. Pero no debía mencionar el nombre de Martí en el mismo contexto que el de la Bestia.

Observemos algunas de las características más acusadas del monstruo que, a diferencia de los villanos de ficción quienes resucitan con frecuencia, felizmente ya no existe. Castro fue truculento y criminal desde la cuna: su enfermizo deseo de imponer su criterio a la humanidad se reflejó en el obsesivo complejo de usar violencia con ventaja. Descubrió temprano que el uso de las armas de fuego a traición garantizaba el éxito. Es irónico que los mismos capitostes del aquí llamado “liberalismo”, enemigos acérrimos de la segunda enmienda de la constitución, profesen una veneración enfermiza por un miserable quien nunca se sintió como un hombre completo si carecía de un arma de fuego cargada y a su disposición.

En cuanto tomó en sus manos un arma cuando niño, Fidel Castro mató a mansalva y por placer. Usó una vieja escopeta que irresponsablemente su padre había dejado vacía, pero con varios cartuchos accesibles y cercanos. El gallego Ángel Castro, veterano de la guerra contra la independencia de Cuba en el Ejército de la Colonia, estaba bien familiarizado con las armas y usaba una pistola .45 a la cintura cada vez que salía de su finca. Varias gallinas pagaron la irresponsabilidad del gallego. No hubo más estragos porque tampoco había más cartuchos. Entre sus íntimos Fidel Castro afirmaba que ningún hombre está completo sin un arma de fuego, pero que nunca debe portarse una si no se tiene el propósito firme de usarla contra otra persona.

Durante sus interminables discursos de la Plaza Cívica (rebautizada como “de la Revolución”), Fidel Castro cargaba su pistola en bandolera. En sus conversaciones más íntimas, acostumbraba sacarla de la cartuchera y ponerla sobre el podio o la mesa más cercana, siempre apuntando hacia los interlocutores. Quizás fuera un recordatorio no muy sutil sobre quién tendría la última palabra.

Sin embargo, la vesania sangrienta de los Castro no siempre se manifestó mediante el uso de armas de fuego. Tengo un video VSH, del actual “Presidente” Raúl Castro, en el que éste alardeaba jocosamente ante militares extranjeros de haber “operado de apendicitis”, junto a su hermano Fidel, a varios infelices patos de su finca. Usaron para la “cirugía” navajitas de afeitar.  En medio de risotadas alcohólicas “la china de los ojos tristes” (como lo llamaba el finado Otto Meruelos), describía “el sangrero” (“neologismo” castrista) y a la vieja Lina Ruz, propinándoles latigazos con un cinturón del gallego.

Se confunde mucho el coraje con la audacia y el éxito personal con el triunfo político. Estoy seguro que la bestia murió muy satisfecha de la posición preeminente que mantuviera hasta el final en Cuba y de su paso por el mundo como personaje histórico. Estoy seguro que su interés personal y aspiraciones vitales eran profundamente antagónicos a la libertad, dignidad y bienestar de Cuba y de su futuro.

Valiente nunca fue: ello lo demuestra su comportamiento en el asalto al Cuartel Moncada, en el que arengó a sus hombres desde cubierto y se fugó sin haber puesto un pie dentro de la instalación militar. Su comportamiento en la Sierra Maestra, donde sólo participó de una acción de guerra, en la que sólo disparó el primer tiro desde muy lejos con su notorio rifle de mira con telescopio. Su comportamiento en un panel de televisión de CMQ, cuando reculara palideciendo ante la prominente y agresiva quijada del embajador español Lojendio (ver foto que encabeza este artículo). Su comportamiento al ver desde las oficinas del edificio dedicado a la Reforma Agraria, la explosión en forma de hongo del carguero “La Coubre”.  Un testigo presencial con quien hablé hace muchos años, me describió su apariencia entre asombrada y temerosa, caminando de un lado para otro como buscando una vía de escape. Al mismo tiempo gritaba histéricamente que los yanquis nos atacaban con armas nucleares.

Y ¿ahora qué? ¿Cuáles son nuestras realidades ante esta situación, no por esperada menos rebosante de incertidumbre?

Dos cosas han ocurrido potencialmente muy positivas a la causa de la libertad de Cuba y el mundo. La primera fue el 8 de noviembre, con la derrota electoral de Clinton y en consecuencia, de Obama. La segunda el 25 del mismo mes, con la muerte del tirano-verdugo Fidel Castro.

El dictador substituto carece de las aptitudes de su hermano y sufre de otras graves debilidades. A diferencia de Fidel Castro y de acuerdo a quien fuera su secretario  en el Ministerio de las FAR durante muchos años, Raúl casi no lee. Se entera del acontecer a través de sus edecanes. La noción de que es un político “práctico” y muy capaz de implantar reformas políticas es totalmente absurda. Siempre fue servil a los dictados de su hermano Fidel. Además tiene una bien ganada historia de afición a la botella y problemas de salud a consecuencia de ello. Por algún tiempo y por órdenes de su hermano y amo, ambos jugaron hipócritamente a la farsa de “good cop & bad cop”.

Ahora el subalterno Raúl, quien quería ser torero de joven y en vez de matador terminó en matarife, se ha quedado solito como mandamás de Cuba. Rodeado de supuestos incondicionales entre los que hay muchos en quienes no confía, no tiene alternativa a mantener el presente sistema totalitario, e incluso recrudecer la represión.

El cambio de administración en Washington no favorece los intereses del Régimen. Sin embargo, hay que tener cuidado. Los mitos tienen la tendencia a perdurar y el de las noventa millas no es excepción.  Ese es tema esperará otra ocasión, cuando tengamos una pista más sólida.

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