IGUALITARISMO; ERROR DE LAS REVOLUCIONES

Por: Licenciado Frank Braña Fernández

Revolución no es una palabra comunista, aunque se apoderaran de ella, significa cambio social fundamental en la estructura de poder o la organización en un periodo relativamente corto o largo; del latín revolutio, es decir una vuelta; ha marcado las vidas e historia de la humanidad desde su existencia. La intelectualidad debate actualmente que se considera revolución y qué no. Los orígenes de la misma pueden ser de diferente índole, tecnológico, social o político; llegando a estremecer los cimientos de cualquier estructura incorpora o lleva implícita las ciencias sociales, sociología y ciencias políticas.

En lo político desde la Revolución Francesa en 1789, pasando por la bolchevique de 1917 hasta las actuales revoluciones sociales, han sido termómetro para definir épocas y etapas del desarrollo, cada cual marcando sus características propias con detractores y admiradores pero en su mayoría cometiendo un error común ampliamente explotado por los promotores de la misma; hacer confundir la igualdad con el igualitarismo.

La igualdad está reflejada en la Declaración Universal de los Derechos Humanos y en el Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales; da la posibilidad a todos de luchar por lo que se quiere, de trazar perspectivas presentes y futuras basadas en el respeto y la democracia sin exclusión, es incentivo para la creatividad y el auge de la economía bajo la competencia así como de la inversión y mercado.

El igualitarismo pregonado para enardecer a las masas y llevarlas confundidas a donde se quiere, pretende que todos son iguales pero basados no en el esfuerzo, inteligencia o virtudes individuales sino por decreto de los que ostentan el poder, lo que conduce al estancamiento de la economía, a la mediocridad del desarrollo del pensamiento y la manipulación del individuo.

Baste un simple ejercicio para determinar la diferencia; si usted toma tres individuos y a cada uno regala 100 dólares, todos harán cosas diferentes y se proyectaran al futuro o presente según su prioridad o perspectiva aun cuando tengan los mismos derechos y posibilidades, es decir igualdad; pero como todos tendrán resultados diferentes, no puede obligarse a cada individuo a vivir y disfrutar los mismos igual que los otros porque se convierte en igualitarismo y resulta en desestímulo para el hombre y por ende la sociedad.

Siguiendo ese patrón que además no es válido para la élite dirigente, queda confirmado que igualdad e igualitarismo son antagónicos y su manipulación en función de las masas constituye victimario de todo proceso social.

Toda revolución que confunde la igualdad con el igualitarismo y no estimula al individuo por su esfuerzo está condenada al fracaso y termina subyugando, transformándose de renovadora en un freno social.

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