¿“INTERCAMBIOS CULTURALES”? A PROPÓSITO DEL FESTIVAL ARTES DE CUBA: DE LA ISLA AL MUNDO

Por Vicente P. Escobal-Especial para Nuevo Acción

Cuando Cristóbal Colón y otros conquistadores llegaron a América durante el siglo XV se produjo un intercambio de culturas. Aquellas huestes trajeron su filosofía, valores, idioma, religión, arte, moral, leyes, educación, costumbres y experiencias. Hubo, sin lugar a dudas, el encuentro de dos culturas cuyo resultado derivó en la superioridad de la aportada por los conquistadores, aunque este criterio no es absoluto pues los nativos americanos también hicieron sus aportes, muchos de los cuales han predominado hasta nuestros días.

Las relaciones entre las sociedades han tenido una gran utilidad no solo a nivel político o económico sino, además, a nivel cultural.  La cultura no es patrimonio exclusivo de ninguna sociedad, etnia o ideología.  Un intercambio entre las culturas aumenta la capacidad de aprendizaje de los pueblos, así como la comprensión y aceptación de sus diferencias. Las culturas, cuando se aíslan, se desvanecen y solo quedan de ellas, si acaso, fragmentos y anécdotas.   La globalización de la economía trae aparejada la globalización de la cultura.

Desde la antigüedad el ser humano experimentó la necesidad de interrelacionarse con sus semejantes.  Primero a través del   intercambio de bienes de uso y consumo y con el paso de los siglos esa elemental necesidad dio origen a los grandes intercambios científicos y tecnológicos.  Hay quienes afirman que la originalidad científica y tecnológica es pura ficción pues en cada descubrimiento, en cada innovación o en cada invento están presentes experiencias ajenas.

Las iniciativas promovidas a ambos lados del Estrecho de la Florida con el propósito de fomentar los intercambios culturales entre Estados Unidos y Cuba plantean, desde mi punto de vista, una gran contradicción. Los diseñadores de ese proyecto se basan en la necesidad de acercar a ambos pueblos, obviamente distanciados por barreras éticas, ideológicas y políticas.

Desde esa perspectiva podría pensarse que los emigrados cubanos renunciaron definitivamente a su cultura y adoptaron otras formas de manifestación en su lenguaje, costumbres, prácticas, códigos, normas y reglas de la manera de ser, vestimenta, religión, rituales, criterios de comportamiento y sistemas de creencias. Es decir, dejaron de ser cubanos. Dejaron de venerar a la Virgen de la Caridad del Cobre, de escuchar a Benny More, Celia Cruz, Olga Guillot o la Sonora Matancera. Dejaron de deleitarse con su gastronomía y de conmoverse cuando escuchan su himno nacional o emocionarse al distinguir entre otras la bandera de la estrella solitaria. Su bandera.

Se nota una gran distancia conceptual, humana y espiritual entre quienes fomentan esos intercambios.

El cubano íntegro y consecuente con su historia y sus costumbres mantiene un arraigo inamovible con sus valores y no es necesario que ningún “promotor” le lleve su cultura al ámbito del mercado, sujeta a las leyes de la oferta y la demanda.

La idea de que los artistas e intelectuales residentes en Cuba –  muchos de ellos abiertamente admiradores de la dictadura e incluso firmantes de fatídicos documentos de respaldo a los fusilamientos –  conseguirían un espacio en la conciencia del exilio cubano, resulta una imperdonable infamia.

Hay una gran distancia entre un intercambio cultural honesto y aquel donde predominan sórdidos intereses comerciales, económicos y propagandísticos.

El exilio cubano no ha perdido su identidad nacional pues mantenemos vivo nuestro sentimiento de pertenencia a la Patria añorada, unidos por la historia y las tradiciones, y más recientemente por nuestros fusilados, nuestros desaparecidos y nuestros encarcelados. Para nosotros la Patria no es un ente extraño, lejano ni olvidado y no necesitamos que nadie nos enseñe a acercarnos a ella ni a amarla. Nadie puede manipular nuestros sentimientos. Los valores de la cultura están íntimamente unidos a los valores de la libertad.

Si las autoridades estadounidenses sienten la necesidad de brindar a la tiranía cubana un trato excepcional para defenderse del peligro de un éxodo masivo, los cubanos del exilio tenemos la responsabilidad histórica y moral de hacer prevalecer nuestra cultura y nuestros valores y, sobre todas las cosas, tener bien claro que la auténtica integración entre los cubanos no depende de un trovador, un poeta, un humorista o un cineasta.

No podemos permitir que una elite cultural, divorciada del más mínimo compromiso con su pueblo y amparada en cuestionables principios constitucionales y jurídicos, pretenda imponernos sus dogmáticos argumentos.

La estrategia de los “promotores culturales” carece de una visión integral del papel y del lugar que ocupa la cultura y de su conexión con la libertad y la democracia.

Un intercambio cultural, para que sea genuino, debe estar orientado al encuentro de dos culturas que llegan a relacionarse estrechamente y en muchos casos domina la más fuerte ya sea a través de la imitación, del aprendizaje y de la experiencia.

En los hábitos alimenticios, las diversas formas de expresión, el diseño de plazas y ciudades, estilos de vida, manifestaciones artísticas, y otras particularidades de la vida en América, se evidencia la indiscutible huella de España. Otro tanto ocurre en el Brasil conquistado por los portugueses o en las islas del Caribe donde están presentes señales muy concretas de las culturas holandesa, francesa o inglesa.

Los intercambios culturales perfeccionan y enriquecen las sociedades, mucho más en un mundo como el nuestro, convertido en una aldea tecnologizada.

No estamos en aquella época en que la cultura se consideraba un sistema perfecto y coherente que lo explicaba todo. Han terminado los tiempos en que se contraponían la llamada “cultura popular” y la “cultura ilustrada”, es decir la “civilización de las elites” y la “barbarie de las masas”. Hoy día la cultura se inserta en todas las actividades humanas y constituye, por definición, una vocación planetaria.

¿Qué puede aportar a la cultura cubano-americana la anticultura del castrismo intolerante y represivo?

No mienten quienes afirman que los artistas cubanos se mueven en una atmósfera de doble moral y que el oportunismo ha promovido en ellos y entre ellos antivalores éticos y morales. Y están en lo cierto quienes defienden esta opinión, porque el castrismo ha absorbido de manera creciente la esfera cultural a tal extremo que no puede hablarse de una nueva cultura cubana tomando como referencia el antes y el después de 1959, porque se ha producido una erosión, una ruptura de los antiguos conceptos que concedían al arte – y al artista – absoluta libertad creadora.

Cuba es un modelo de hipertrofia cultural presente y verificable en el deterioro de la vida social, intelectual y el empobrecimiento espiritual de nuestra nación.

Los intercambios culturales Cuba-Estados Unidos no se basan en la dignificación de la cultura sino en una creación maligna dirigida a su politización cuyo objetivo es crear conflictos, tratar de confundir a muchas personas y, finalmente, promover divisiones entre los diferentes sectores y corrientes de pensamiento del exilio.

Para un creador lo fundamental es su obligación con la ética, al margen de sus ideas políticas, religiosas, e incluso, sus preferencias sexuales. Pero cuando de la cultura se trata se impone una definición, un serio compromiso moral donde las reglas del juego no sean impuestas por el oportunismo, la doble moral o un cuestionable apolitismo. Hay una contradicción abismal entre cultura y civismo cuando se trata de enmascarar prebendas personales

Es necesario recordar a los artistas cubanos que llegan a Miami y a otras partes de Estados Unidos que el dolor que sacude al exilio no es justamente de naturaleza cultural. Sus raíces se extienden más allá de lo económico, de lo político e incluso de lo emocional, y no van dirigidas contra un artista en particular o contra una manifestación de su talento.  Esas expresiones deben entenderse, incluso, como una justa consideración a las viudas y los huérfanos, a los hermanos y los sobrinos, a los nietos y los abuelos de aquellos que perdieron, no propiedades como suele decirse, sino la vida frente a los pelotones de fusilamiento o en las incalificables mazmorras castristas.

¿Quién gana – o qué se gana – y quién pierde – o qué se pierde con los intercambios culturales entre Cuba y Estados Unidos? ¿Qué aportan al diferendo Washington-La Habana? ¿Qué contribución brinda a las víctimas del régimen de donde parten aquellos que actúan en los teatros de Miami? ¿Cómo interpretar ese enrevesado concepto – más ideológico que cultural – de “contacto pueblo a pueblo”?

Pretenden borrar los tiempos donde el vilipendiado Miami constituía el punto de partida de todas las calamidades que ensombrecen a Cuba y que hoy tratan de convertir en el escenario perfecto para expresar, incluso, su vocación castrista. Han ofendido a la mujer del exilio, al anciano del exilio, al inclaudicable combatiente del exilio. Han tratado de echar lodo sobre nuestras leyendas, nuestros héroes y nuestros mártires.

No aportan absolutamente nada porque la filosofía que inspira a aquel sistema parte de una noción materialista, antidemocrática, de una ideología que pretende gobernarlo y decidirlo todo, que se manifiesta en las golpizas a los opositores democráticos y la intolerancia a las ideas renovadoras. Un sistema que frena la creatividad y congela las aspiraciones y los pensamientos. En términos más amplios aun, un sistema que ha promovido entre los cubanos un universo de superficialidades, donde el ocio, la indolencia, el oportunismo y la criminalidad destruyen los valores morales y culturales más elevados.

Un Comentario sobre “¿“INTERCAMBIOS CULTURALES”? A PROPÓSITO DEL FESTIVAL ARTES DE CUBA: DE LA ISLA AL MUNDO

  1. Importante texto, hay que darle difusión si se puede.
    Cuando Cuba era libre, su música, medicina, arte, diplomáticos, escritores, arquitectos, intelectuales, etc eran reconocidos en todo el mundo desde Heredia hasta Mañach, pasando por Brindis de Salas el violinista, Amalia Pelayes, El Trio Matamoros, etc, etc.

    A la isla visitaban grandes exponents de la cultura universal, de las más avanzadas técnicas donde eran recibidos por un entusiasta y entendido público. Esto de ahora de “intercambio cultural” es para mi otra manera más de lucrar con la tragedia cubana, y de paso adelantar la agenda de los de la extrema izquierda. Pícaros todos. El hecho que en Miami ya ni se inmute nadie cuando ese elemento viene a actuar, cantar, exhibir o dar conferencias y después se lleven jugosas ganancias es una vergüenza. Recuerdo perfectamente en los años ochenta el escándalo que dimos frente al antiguo Centro Español cuando intentaron traer a Rosita Fornés. Unos años después no solo se presentó en otro teatro/cabaret, sino que le dieron recepciones exquisitas. Ahora llegan unos raperos o regaetoneros o como demonios se llamen y se llenan los locales cuyos dueños son hijos o nietos de vulgares asesinos castristas. Felicito al articulista una vez más por su excelente labor. Gracias.

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