LA BENEVOLENCIA CON LA BELLEZA.

por Esteban Fernández

Es injusto, triste, ilógico y a veces hasta tonto, pero es cierto que los seres humanos tratamos mejor a la belleza que la fealdad. Inclusive lo hacemos hasta con el reino animal. Tratamos mil veces mejor a la ardilla que al ratón.

Mea culpa: Yo, como la mayoría de los seres humanos, no estoy exento de cometer ese error de apreciación y siendo el encargado de la Casa de Cambios de Cheques de Canoga Park se apareció una muchacha bella, rubia, de ojos grises, cara angelical, cuerpo exuberante, eso que llaman “bocatto di cardinale”.

Nunca lo olvidaré, traía un cheque de mil doscientos dólares de una compañía que jamás había escuchado su nombre antes.

La muchacha inmediatamente me inspiró confianza, casi ni miré el cheque observándola a ella. A la velocidad de un cohete le puse el cuño, hasta con pena le pedí su licencia de manejar para sacarle una copia, le pedí que lo firmara y le cobré el mínimo que podía cobrarle.

Pensé que ahí se acabaría el asunto, pero -para alegría mía- al otro día se me apareció con otro cheque. Esta vez de mil quinientos dólares.

Normalmente eso -dos cheques dos días consecutivos- debe levantar una bandera roja de precaución, pero ¿Quién iba a imaginar que una muchacha -que hasta me parecía traía una arueola sobre su cabeza- iba a mancharse sus bellas manos cometiendo un burdo delito? Y pan, volví a cambiarse sin apenas verificar nada.

Ya ustedes perfectamente saben lo que viene a continuación: los dos cheques rebotaron como pelotas de balón-cesto.

No encontraba la forma de justificar ante el dueño de la empresa mi grave error Me dio mucha pena decirle que se lo cambié única y exclusivamente porque parecía una modelo o una corista del Cesar Palace de Las Vegas…

Este me dijo molesto: “Okay, vete a la estación de policía de la Vanowen y presenta el caso contra esta delincuente”. Y allá me fui a regañadientes completamente seguro -todavía- de que esta finura de mujer iba a regresar a devolver el dinero. Pero de eso nada.

A las dos semanas se apareció un joven agente del “Departamento del Tesoro”. Yo no sabía que esa gente se ocupaba de billetes falsos y fraudes con cheques. Primera noticia.

Le entregué una copia de su licencia de manejar y le dije atrevidamente: “Oficial, cuando usted encuentre esa muchacha no sabe el trabajo que le costará meter en la cárcel a esa preciosidad”.

Me miró completamente molesto, parece que representaba una falta de respeto mi insinuación.  Simplemente y de mala gana me dijo: “¡Mida sus palabras, YO SOY UN PROFESIONAL!” Me quedé pasmado y apenado.

Más o menos dos meses más tarde volvió el agente a interesarse por otro cheque falso. Al fin, después de pensarlo mucho, me atreví a preguntarle en qué había terminado el caso de la rubia bonita.

Entonces él fue el lució apenado, apenas me miró a los ojos cuando casi en un susurro, me dijo: “Ah, sí, me casé con ella”.

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