LA BICICLETA

por Esteban Fernández

Yo creo que yo debo haber tenido nueve años cuando yo comencé con la pejiguera de que yo quería una bicicleta. Creo que dije “Yo necesito una bicicleta” unas cien veces. Fíjense que dije “necesito” no “yo quiero”, lo cual hoy en día me hace pensar que fue una manipulación a mis padres.

Mi madre decía: “Esteban, el muchacho QUIERE una bicicleta” y yo invariablemente respondía: “¡No, no es que quiera, sino que la necesito!”

Pasaron dos 6 de enero y no recibía nada, y yo redoblaba la matraquilla de la bicicleta. Mi padre me hacía el cuento del niñito que sus padres le dijeron “Pepito, si no dices una sola mala palabra durante la visita que viene esta noche a cenar te regalamos una bicicleta”.

“Durante la comida a Pepito se le escapó un “coño”, sus padres lo miraron seriamente y dijo: ¡Sí, ya sé, se jodió la bicicleta!”. Con eso me querían decir que yo no me había portado lo suficientemente bien para merecer la bicicleta.

Pero, el próximo 6 de enero recibí una bicicleta toda desguabinada, de uso, maltrecha, mohosa. Mi cara a legua reflejaba mi decepción. Hasta sentía mis ojos aguados. Pensé: “¡Qué clase de basura me han traído!”

Pero sólo atiné a decir: “Esto tiene que ser un error, yo vi esa misma bicicleta en el patio de la carnicería de al lado, arrumbada contra unos arbustos” …

El viejo dijo: “Está bien voy a la casa de mi hermano Enrique a ver si te la dejaron allá”. Enrique Fernández Roig era rico y muy tacaño, pero cuando papi lo presionaba soltaba el billete.

Efectivamente, a las dos horas regresa papi y me dijo: “Sí, los Reyes están locos, la dejaron en la casa de mi hermano”.

Corrí, cogí mi bicicleta y ni regresé a mi casa, me fui a recorrer todo el barrio, y hasta me fui a dar una vuelta en el parque. Pasé por el Colegio de las Monjas para que las muchachitas religiosas me vieran en mi precioso y “nuevo de paquete” medio de transporte. ¡Vaya!

De ahí en lo adelante se convirtió en mi fiel compañera, difícilmente que nadie me hubiera visto en Güines sin ella. Era MI ÚNICA PROPIEDAD. La cuidaba, la limpiaba, la engrasaba, la lucia, era preciosa. ¡Era Niagara!

Créanme que al salir de Cuba además de mis seres queridos, mis familiares, mis amigos, y mi perra Yeti, sentí extraordinariamente dejar mi bicicleta.

Le dije a mi hermano: “Carlos Enrique, cuídamela, yo regreso pronto, no la saques mucho para la calle porque no quiero que estos desgraciados   fidelistas se quieran quedar con ella”. Y nunca la olvidé. Nunca jamás.

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