LA CARTA SOBRE LA MESA

CARTADEMOCRATICAINTEAMEICANA

JORGERIOPEDREPor, Jorge Riopedre

La Carta Democrática Interamericana no me es ajena. Me encontraba presente en la III Cumbre de las Américas celebrada en Quebec, Canadá, en abril de 2001, cuando aprobaron la elaboración del documento, y cinco meses más tarde cuando la Carta fue suscrita en Lima, Perú, por los 34 países miembros de la OEA, excepto Cuba, el fatídico 11 de septiembre.

Permanecí paralizado ante la pantalla del televisor que recogía las terribles imágenes de los ataques terroristas a las torres gemelas de Nueva York. Fueron momentos de tensión y rabia contenida por el zarpazo alevoso de unos fanáticos que deseaban (y desean) la destrucción del mundo occidental.

Restablecida la calma después de la conmoción inicial por aquella visión catastrófica, los cancilleres presentes en el cónclave hemisférico se manifestaron solidarios con la delegación norteamericana presidida por Colín Powell, que a pesar de la urgencia por regresar a Estados Unidos resolvió permanecer en Lima hasta llevar la gestión a feliz término.

Sin embargo, los auspicios de la Carta Democrática Interamericana no eran buenos. Desde su nacimiento en la Cumbre de Quebec, la Carta tropezó con la ojeriza del entonces presidente de Venezuela, Hugo Chávez, empeñado en añadir al principio rector de democracia representativa el concepto democracia participativa, instrumento fundamental de su futuro sistema político a imagen y semejanza del modelo cubano, orientación que permitía a Fidel Castro gobernar desde la plaza sin someterse a la voluntad de la asamblea legislativa.

Tres medidas eran necesarias para neutralizar un mecanismo hemisférico tan peligroso para ellos como la Carta Democrática: cambiar las reglas del juego democrático en base al criterio populista; ganar adeptos a cambio de petróleo; y crear una OEA paralela sin Estados Unidos y Canadá: La Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños, CELAC.

Por consiguiente, a menos que ocurra algo inesperados, el voto de numerosos miembros de la OEA se halla comprometido por el soborno chavista. No obstante, el Secretario General de la OEA, Luis Almagro, merece reconocimiento público por asumir la responsabilidad de su cargo al invocar el artículo 20 de la Carta Democrática Interamericana sin reparar en intrigas ni peligros.

Sin embargo, dicho artículo consiste en gestiones diplomáticas destinadas a promover la normalización de la

institucionalidad democrática, proceso que podría alargar o difuminar el revocatorio apoyado por cientos de miles de venezolanos.

De todos modos, Almagro ha hecho lo correcto al utilizar los medios legales a su alcance para emplazar a la cúpula gobernante que oprime a Venezuela, aun cuando no hay garantías de que tenga éxito. Así son las cosas de la vida, a veces toman tiempo, mucho tiempo, como este instrumento hemisférico que nació en la misma fecha que los enemigos de los valores occidentales atentaban contra Estados Unidos. Después de tan larga espera, parece un buen auspicio que alguien haya decidido poner la carta sobre la mesa.

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