LA CORRUPCIÓN COMUNISTA

Por Vicente P. Escobal

¿Existe alguna característica en la corrupción de los regímenes comunistas? ¿Cuál es la diferencia entre la descomposición moral en un gobierno democrático y la que impera en un sistema comunista? ¿Qué papel desempeñó la corrupción en la desintegración del imperio soviético?

Los gobiernos comunistas poseen una especial interpretación de la moralidad, de los valores cívicos y éticos. El ciudadano debe observar un comportamiento “militante”, una integración total y su incondicional respaldo.  La más mínima señal de disidencia es interpretada como una acción antisocial, y la oposición política comporta el más severo de los castigos, incluso el de la muerte.  Los fundamentos de la moral, el civismo y la dignidad se subordinan  a las interpretaciones de los censores y los policías del pensamiento.

La hoja de servicios al régimen es el único aval, la puerta a través de la cual se accede a encumbradas posiciones: el individuo tiene la obligación de satisfacer su infinita deuda de gratitud con el Estado, incluso la de su propio talento. “Soy lo que soy gracias a la revolución”. “Dedico este galardón al Comandante en Jefe”. ¿Cuántas veces hemos escuchado estas indignidades éticas y profesionales? Se trata de una variante de la corrupción: la del espíritu, la de la autoestima, la del sometimiento y la abulia.

Bajo esas circunstancias, al ciudadano se le presenta un cruel dilema: la subordinación o el ejercicio de la duplicidad moral.  La duplicidad moral envuelve a quien la ejerce en una atmósfera donde impera el instinto animal de la supervivencia, la conquista de un objetivo sin meditar sobre sus consecuencias y echar a un lado los escrúpulos bajo el dogma “el fin justifica los medios”.

¿Se puede hablar, entonces, de una “moral comunista”?

La historia de finales del siglo XX y principios del XXI se ha encargado de confirmar que la corrupción, unida a otros factores de naturaleza política, económica y social, jugó un destacado protagonismo en el colapso del comunismo a escala global.

Los regímenes comunistas, a fin de asentarse en el poder, erigieron la corrupción como una forma de gobierno. Desde la toma del Palacio de Invierno por los bolcheviques rusos en 1917 hasta el derribo del Muro de Berlín por los demócratas alemanes en 1989 la historia de esos regímenes tiene como elemento básico la corrupción.

Aquella fatídica muralla se derrumbó   cuando los pueblos de Europa del Este, sometidos durante décadas al comunismo, tomaron conciencia de los horrores de aquel sistema y dejaron de creer que el marxismo leninismo se trataba de un acontecimiento irreversible de la historia.

Seria evidentemente absurdo creer que un régimen capaz de controlar el más mínimo movimiento de los ciudadanos, que se jacta de poseer una admirable maquinaria de vigilancia y espionaje, que según sus apologistas ha sido capaz de penetrar las más altas esferas de los servicios de inteligencia de Estados Unidos, no esté al tanto del desempeño de sus burócratas.

Para la contrainteligencia castrista constituye una obsesión escrutar en lo más íntimo de los individuos: instalar micrófonos, cámaras ocultas e incluso construir un sofisticado sistema para conservar olores en una base de datos es una práctica habitual de los represores del pueblo cubano.

La dictadura cubana ha enfilado su macabro arsenal represivo y propagandístico contra los defensores de los derechos humanos y los demócratas de la resistencia interna y ha desatado contra ellos una brutal campaña de descredito que nada tiene que ver con la publicitada “batalla de ideas”.

La gran contradicción de la dictadura cubana es su vocación de inquisidora del pensamiento social y su incapacidad de poner orden dentro de sus filas.

Las Damas de Blanco son atropelladas por las turbas mientras la burocracia gobernante desangra a la nación y pone en cuestionamiento la pureza de las ideas y las intenciones por salvar el socialismo y perfeccionar el modelo.

¿Quién le produce más daño a un país:   un grupo de mujeres indefensas portando gladiolos en sus manos y exigiendo libertad o un montón de funcionarios corruptos amparados en sus leyendas y sus medallas?

La corrupción en Cuba no solo ha deteriorado la moral ciudadana y estimulado el envilecimiento del individuo, sino que ha gravitado muy negativamente en el desarrollo económico de la nación, al margen del probado fracaso de ese tipo de régimen. 

En el terreno de la moralidad y el buen gobierno supone, además, un desacato e incluso una subversión de los métodos formales. Los extremos increíbles a los que llega el nivel de corrupción imperante en la sociedad cubana han dejado en pañales a las más prominentes organizaciones mafiosas. Y es una corrupción que no solo por su alcance, sino además por sus características y sus métodos, suele hasta resultar ridícula. La corrupción convierte al individuo en un ser irresponsable y distorsiona su protagonismo social poniendo en entredicho el imperio de la ley o Estado de Derecho.

De un modo más general, la corrupción ha erosionado la cuestionable institucionalidad de la dictadura, ya que se desprecian los procedimientos, se desvían los recursos y se venden y compran los puestos y cargos estatales. Al mismo tiempo, la corrupción ha sido un factor sobresaliente en la legitimidad de aquel sistema, apartado como está de los valores democráticos, particularmente la confiabilidad y el prestigio.

¿Cómo interpretar la profunda perversidad  que se da en un militante del Partido Comunista con una alta responsabilidad en la administración pública, sujeto a un hipotético compromiso de servicio a sus conciudadanos, firmante de una proclama inherente a la “moral de los cuadros revolucionarios”,  qué ha sido capaz de exigir a sus subordinados  la mayor austeridad  mientras él, actuando en las sombras y enmascarado en  sus credenciales políticas estafa, desvía recursos, falsifica documentos, soborna  y comete las más incalificables acciones criminales? ¿Cuál es la lección que todos debemos extraer de semejante conducta?

Los patéticos apologistas de la dictadura se desgarrarán las vestiduras echando mano a la deslustrada tesis de que ningún país se salva de la corrupción por muy democrática que sean sus instituciones y muy ilustre su sistema judicial. Pero lo que no dicen es que la llamada revolución ha presumido desde que usurpó el poder de la pulcritud de sus funcionarios, de su irreversible voluntad de borrar de la faz de la tierra cubana todo vestigio de corrupción.

Algo similar se está verificando en Venezuela donde se ha instalado un régimen mafioso, narcotraficante, tramposo, corrupto y terrorista que goza del beneplácito de la dictadura cubana, enmascarado en la cuestionable solidaridad latinoamericana. Los gobiernos decentes, libres y democráticos han comenzado a lanzar sus señales de desaprobación a la dictadura chavista e incluso han tomado la feliz iniciativa de negarle a Nicolas Maduro su participación en la Cumbre de las Américas.

El creador del estado soviético, Lenin, afirmó que “salvo el poder todo lo demás es ilusión”. Es decir, la corrupción constituye una estrategia para salvar y mantener el poder, que se utiliza como “comodín” en determinados momentos de crisis y tensiones para purgar a los incómodos. Recuérdese en 1989 el publicitado caso Arnaldo Ochoa. Y aquella funesta orden dada a los intelectuales cubanos por el dictador Fidel Castro: “Dentro de la revolución, todo; contra la revolución, nada”, un remedo de lo dicho por Benito Mussolini, ideólogo del fascismo: “Todo en el Estado, nada fuera del Estado, nada contra el estado”,

El comunismo es el padre de incalificables desgracias entre ellas la corrupción, y sus partidarios, sus hijos más fieles.

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