LA DESCONFIANZA

por, Esteban Fernández

La desconfianza entre los cubanos -al igual que el paredón, las torturas y las hijodeputadas- no la inventaron los castristas. Siempre existió, pero les aseguro que en menor cuantía.

Permítanme ponerles un ejemplo que muchísimas personas no cubanas no entenderán: Dos individuos son interna y radicalmente anticomunistas. Pueden conocerse por 20 años sin que ninguno de los dos se entere, ni se explaye jamás de los sentimientos contestatarios del otro.

Simple y llanamente porque si uno le expresa al otro sus verdaderas ideas, el otro está en la obligación de delatarlo a las autoridades por temor a que se trate de un engaño por miedo a ser acusado de tirarle una toalla y de “estar de acuerdo con su amigo” y ser detenido. Es decir, los dos piensan igual pero desconfían uno del otro.

Cuando yo vivía en Cuba, al principio de haber sido instaurada la tiranía, lo primero que verdaderamente me horrorizó fue notar el miedo de algunos padres a declararse anticastristas y a franquearse delante de sus niños. Por dos motivos: uno porque al ser los hijos adoctrinados en las escuelas podían convertirse en sus delatores. Y dos, porque si convencían al niño de compartir sus ideas entonces las expresaba en público y se metían en problemas.

Nada espantaba más al pueblo cubano que ver a un tipo por la televisión siendo entrevistado y dar lujos de detalles de la forma que había infiltrado a los movimientos anticastristas MRR, MRP, 30 de Noviembre, MDC, etc. Y la cantidad de presos -a cumplir hasta 30 años de cárcel- que había logrado.

Un hombre de mi pueblo vino y con tremendo misterio me dijo: “Visita mañana por la mañana al Brage Yacht Club con varios de tus compañeros del Instituto que piensan igual que tú y les voy a entregar 10 ametralladoras Thompson para atacar la jefatura de la policía”.

Sólo le contesté con un: “¿Tú estás loco o qué?” Antes de dos semanas lo vimos entrar en la Dulcería Quintero vestido de completo uniforme verde olivo. Me hizo simplemente un gesto de saludo con la cabeza, yo lo ignoré y pensé: “No, no es loco, es hijo de puta”.

Gracias (o por culpa) de esta gentuza fue que llevaron a paso de conga al pueblo cubano a tener “dos caras”, a ser hipócritas, y lograron convertir al pueblo más rebelde y sincero del mundo -y quizás irreverente- a ser unos carneros y acostumbrarse completamente a ser dócil y aterrorizados en expresar una sola nota discordante con el sistema imperante.

Y lo más correcto sería pensar que al salir de Cuba nos íbamos a librar de la desconfianza imperante en nuestra nación, pero de eso nada, porque los aparatos de inteligencia y contra inteligencia del régimen a través de más de 50 años han logrado infiltrar a todos y cada uno de los esfuerzos realizados para dañar al desgobierno cubano. Y han logrado que gente -como yo mismo- solo crea ciegamente en un pequeño grupo de compañeros de lucha.

Pero nosotros seguimos expresando públicamente nuestros sentimientos anticastristas, mientras hay otros que llegan últimamente y siguen teniendo terror a decir cómo piensan y hay que prácticamente sacarles con un cincel la más ligera crítica contra aquello. No solamente por estar adoctrinados sino por mantenerse aterrorizados, por tener muy arraigado en su ser la desconfianza, y por el temor que se les perjudique el viaje de regreso allá.

Pero, como en Cuba hasta eso se ha deteriorado, el otro día hablé con un recién llegado de Cuba y me sorprendió diciéndome: “Oye, eso se acabó allá -porque no hay una oposición beligerante y guerrera- y la desconfianza mía era no dejar pasar a ningún vecino cerca de mi refrigerador y me tumbara un pedazo de carne de puerco que yo había comprado de contrabando.

Y como colofón les pregunto: ¿Ustedes no han visto que hoy en día infiltran a una organización pacifista y cuando el “agente se destapa” no condenan a nadie a 20 años porque a nadie le pueden demostrar una sola acción que ponga en peligro la subsistencia de la dictadura?

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