LA ETERNIDAD DE LA NACIÓN

RAFAELGARCIABARCENASPor, Rafael García Bárcena (Tomado del Blog de Emilio Ichikawa)

Son muchos los que al leer o escuchar la atribución de eternidad a la nación consignan su protesta con más o menos vehemencia. ¿Cómo es posible que pueda ser eterna la nación, ni como entidad colectiva deviniente en el tiempo, ni como forma de asociación entre los seres humanos? Si perecen los individuos al término de un ciclo que pasa por infancia, juventud y madurez, ¿por qué no han de sucumbir también las naciones como entes sujetos al deterioro del transcurrir temporal? Si el mundo evoluciona hacia formas de asociación que tienden progresivamente a una mayor integración humana, ¿por qué empeñarse en que la forma nacional constituya el último límite de la integración política cuando es notorio que una integración política y económica de todos los grupos humanos en términos de sociedad mundial supone una mayor eficacia y un mayor rendimiento de las energías del hombre y de los recursos a su disposición?

Planteada la cuestión en estos términos nada habría que replicar a las tesis que postulan la condición relativa y perecedera de la nación como esquema formal de asociación humana y como individualidad real y existente que se desarrolla a través de tiempo. Pero, ¿está efectivamente planteada la cuestión en sus verdaderos términos? ¿Se tiene en mente la nación en todas sus dimensiones, y sobre todo, en su dimensión más profunda, cuando se la considera, formal o materialmente, como una simple estación de tránsito o como una transitoria asociación de seres humanos? ¿Puede hablarse de eternidad de la nación cuando solo se la supone constituida por ingredientes vulnerables a las  agresiones inexorables de tiempo?

Si la nación no fuera más que eso, nada podría impedir que sucumbiera a su turno como sucumben los seres vivientes llegados al término de las posibilidades fisiológicas, y si no fuera más que un escalón o grado intermedio a estructuras de más jerarquía, nada podría impedir que a su turno se le diera una buena muerte a tal forma de asociación política, para dar paso a la más rica y comprensiva estructura social ecuménica.

Pero estando el hombre dotado de funciones de más profundidad y trascendencia, el enfoque de lo nacional tiene que ser muy otro. No es menester postular ningún género de sobrevivencia metafísica, para poder referirnos con sentido a la vida espiritual y hasta a la inmortalidad del individuo cuyo espíritu alcanzara una elevada jerarquía. ¿No es inmortal Sócrates, lo mismo que Platón y Aristóteles? ¿No es inmortal Jesús de Nazaret, lo mismo que José Martí? Estas figuras están incorporadas perennemente -mientras haya humanidad en el mundo- a la existencia de la especie, porque su mensaje brotado de lo más hondo y lo más alto de su espíritu tendrá significación siempre para algún individuo humano. Es esa misma dimensión del espíritu la que nos permite hablar de inmortalidad de la nación sin expresar ningún contrasentido. Un solo ejemplo basta: ¿No es inmortal Grecia, el espíritu helénico que nos conmueve desde hace más de dos mil años?

El hecho de constituir la nación, al mismo tiempo que una coordinación de seres caracterizados biológicamente, una empresa común de desarrollo espiritual, da lugar a que se exija el contemplarla también como instrumento de realización cultural. En este sentido, lejos de ser algo cuya desaparición se debe propugnar en aras de una integración universal de lo humano, constituye su vigorosa individualidad, su peculiaridad irreductible, algo con que necesita contar la humanidad como un todo, para realizar sus propios fines.

La singularidad de lo individual, lo mismo que la singularidad de lo nacional, constituyen la garantía de que el aporte cultural que se ofrece a la sociedad o a la humanidad es único e insustituible, porque proviene de una perspectiva intransferible y auténtica.

¿Qué sería de una sociedad en que todos los individuos vinieran condicionados a pensar las mismas cosas, en que todos tuvieran iguales concepciones y vocaciones, en que todos idearan las mismas construcciones técnicas? ¿Qué sería de una humanidad en donde todos los grupos humanos hicieran el mismo aporte cultural, condicionado por una perspectiva idéntica? El estancamiento y la aniquilación del individuo y de la sociedad, de la nación y de la humanidad.

Para impedirlas, en cualquiera de sus grados, es indispensable que el individuo acentúe su singularidad sin dejar de ser la sociedad; y que la nación acentúe su singularidad colectiva sin dejar de ser el mundo. De ese modo podrá hacerse inmortal -en cierto sentido, eterna- la nación que traiga en sus entrañas alientos de eternidad. (Aparecido en “La Calle”, 20 de Junio de 1945).

NOTA 1: El documento lleva en la parte superior derecha esta nota manuscrita de Rafael García Bárcena Jr.: “Alguien pasó esto a máquina, posiblemente Alfredo Valladares”.

NOTA 2: Transcripción para su publicación digital, por Emilio Ichikawa.

IMAGEN: Rafael García Bárcena: filosofía.org

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